El gólem y el Mustang

«¡¿Se imaginan a un gólem conduciendo un Mustang?! Yo tampoco, hasta que aprendimos a conducir juntos.
Todo comenzó en 1965. Mi padre cruzaba la frontera de Estados Unidos con México a bordo de uno de los primeros Mustang. Yo lo esperaba impaciente en casa de mi madre. Mi maleta estaba hecha desde hacía tres días, cuando él llamó para contarme que había comprado el auto más fenomenal del mundo y en el que emprenderíamos nuestro primer viaje de vacaciones solos.»

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