
«En poco tiempo, el gólem empezó a crecer. De alguna manera fue alimentándose de terrones de barro y polvo de ladrillo. Héctor me lo advirtió, pero no le hice caso. Dijo que el gólem parecía más alto y fuerte con el paso de los días, y comenzaba a asustarlo; además, un par de veces lo sorprendió espiándonos.»
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