
De la fiebre taurina entre intelectuales, músicos, literatos y otros artistas, queda en el anecdotario la breve carrera en los ruedos de un jovencísimo Pedro Cruz Mata, que con el tiempo se convertiría en el tenor Pedro Vargas. Fascinado con la tauromaquia y armillista de corazón, el también actor hace un pacto con el matador Pepe Ortiz, en el que se compromete a enseñarle a cantar a cambio de los secretos de las lidias.
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