
«Cuando lo vi, mija, se me fue el alma a los pies. ¿Yo pa’ qué lo quería de vuelta? Se lo dije e intentó golpearme, pero saqué mi sartén -ese que es de puritito hierro-, y me defendí. Lo bueno fue que llegó mi hija Azucena con el novio y tuvimos que apaciguarnos, que si no le reviento los sesos…»
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