
Un cirio, ubicado a los pies del catre, ilumina la habitación. La luz la estrecha y le da un aire mortuorio. Me hace dudar de mi corporeidad. ¿Habré muerto? Un escalofrío me recorre y compruebo que estoy viva. No sé qué hago aquí ni por qué me trajeron. No hay ventanas. Podría ser una celda, pero la puerta está entreabierta. ¿Podré irme? Solo escucho el crepitar del pábilo. Huele a cera y a tierra mojada.
Intento descubrir dónde estoy, cuánto tiempo llevo de pie. Sé que tardé en cambiar de postura y en quitarme la bolsa que me cubría la cabeza, en descubrir que no había nadie conmigo ni vigilándome. Recuerdo a las otras mujeres que también fueron aprehendidas. Algunas lucharon, otras solo se dejaron arrastrar. Grabé en mi memoria algunos de sus rostros antes de que nos cegaran. ¿Alguna habrá memorizado el mío? De los nombres, no tengo ninguno: somos anónimas. ¿Dónde estarán? ¿Nos separaron cuando se detuvo el convoy, o solo yo fui apartada del grupo?
Aun no decido qué hacer. Estoy confundida y exhausta. Una parte de mí quiere salir del cuarto, huir ¿hacia dónde?, no importa. Otra parte, quiere tenderse en el catre. Quizás solo sea un mal sueño y si cierro los ojos podré despertar y volver a mi cama, a mi casa, a abrazarme a la seguridad de los míos.
Un estruendo me sobresalta. Busco desesperadamente un lugar para esconderme. No hay dónde. ¿Bastará con apagar el cirio? Me aterra la oscuridad. Opto por encogerme cerca del vértice de la puerta y espero. Vuelve el silencio, nada sucede. Me tranquilizo y reparo en la muda de ropa que yace sobre el catre. ¿Estuvo siempre ahí?
Vuelvo a estar de pie, entre el cirio y la puerta. Nunca había tenido tantas dudas y preguntas en tan poco tiempo. Me siento tonta. La puerta sigue entreabierta; debería huir, pero si es una trampa de cazadores furtivos, ¿sabría pelear por mi vida? Nunca he sido valiente, no tendría por qué empezar ahora. Yo ni siquiera me resistí a la captura. Las magulladuras que tengo son consecuencia del accidentado camino, del chocar con los otros cuerpos y de la metálica estructura del convoy.
Intento concentrarme en un plan, pero solo puedo imaginarme como esclava sexual; en una especie de circo romano; en un experimento sociocognitivo o del algún loco genetista; en una prisión bizarra; en una pesadilla vívida; en el limbo; de camino al infierno.
Tal vez sí morí y rencarné en hámster, pero mi psique me hace negarme a mi nueva realidad alterando mi percepción de las cosas, porque solo conozco lo humano. Si es así, hubiera preferido ser un gato. A mucha gente le gustan los gatos y a mí me fascina la vida de los gatos. Nunca elegiría ser un perro, hay demasiada baba y estridencia.
Debería examinar el catre y la ropa de cerca, quizá mejore mi impresión de ellos. Los colores no me gustan, son opacos, deslucidos. Mi tono de piel se apagará, ¿eso le importará a alguien? A mí me importa. Alguna vez me dijeron que mis colores son los cálidos y brillantes; los tonos fríos no me van. Cambié mi guardarropa y mi maquillaje, funcionó, aunque ahora, en estas circunstancias, de nada sirve.
El piso es de tierra. Mis tripas gruñen. ¿Cuánto tiempo llevo sin comer? Me siento en el suelo, lejos del cirio y del catre. Quiero llorar. Me siento sola; tengo hambre y sed. Cabeceo entre mocos y lágrimas. Los ojos me pesan. Logro abrirlos. Hay una bandeja con algo caldoso a mis pies, un trozo de pan y una especie de atole. ¿Estaré alucinando?, ¿quién lo trajo?, ¿querrán envenenarme? Si no como, de todos modos, moriré. Si hay veneno, la muerte llegará antes. Me veo vomitando y retorciéndome en el piso hasta que la convulsiones cesan. Recapacito. Si quisieran verme muerta lo estaría hace mucho, por qué se tomarían tantas molestias para asesinarme. Mi muerte habría sido más efectiva y económica cuando los paramilitares nos encapsularon a mí y a las otras mujeres, solo tenían que dispararme a la cabeza como lo hicieron con los hombres. Una ejecución rápida y limpia. Las testigos ya no existimos y los cadáveres, es casi seguro, tampoco. ¿Cuántas personas sabrán que desaparecimos?, ¿a cuántas les importará?
Como. Debo sobrevivir para entender y descubrir qué está pasando. Subiré al catre y dormiré. ¿Soñaré que soy libre?, ¿despertaré en mi cama? Mañana, si hay mañana, saldré por esa puerta. Me lo prometo. Apago el cirio y me entrego a la oscuridad.
Por Angélica Ponce