
Dejé de rezar
y encontré un falso Dios.
Tenía tus manos,
tu sexo,
tus labios
y astillas de mis huesos como dientes.
Me prestó un corazón.
Soñé con tu regreso.
Cambié las flores
y el incienso.
No sirvió.
Llegó tu impostor.
Lo odié. Me odié. Te odié.
Lloramos.
Por Angélica Ponce