Apuntes cotidianos e intrascendentales

I

En mi cabeza conviven colores varios, tonos múltiples y una rebelión canosa. También se gesta una pilosa insubordinación en la que si se cae o se corta un pelo, cual hidra de Lerna, cinco rijosos lo sustituyen. Mi frente amplia es engañosa, un delirante precipicio para enfatizar gesticulaciones que distraen de una mata abundante y pesada que cae por debajo de la cintura. Serpiente de hilos capilares que duerme, a veces enmarañada a veces lacia; que se encrespa y lanza chispas; que se harta de mí y se aferra a cualquier superficie dando tirones.

No es gratuito. En el último año y medio no he pisado una peluquería. Sigo pensando sí lo haré. Me aburren esos lugares.

II

Tengo ojos grandes y ligeramente rasgados. Herencia otomí. Pestañas largas y, cual carboncillos, espesas. También, cejas mutiladas por una perniciosa pinza de depilar. Mi visión es múltiple y por ende cansina. Desde el nacimiento soy corta de miras, con un dejo de curvatura irregular de la superficie de la córnea y el cristalino, según diagnostica la oftalmología y cita la Real Academia de la Lengua. La nitidez me viene de una superposición de cristales que me han permitido andar por el mundo sin tropezarme o caer, al menos hasta hace un par de años… Me alcanzó la franja etaria de la madurez corpórea y sus revoluciones. Mis ojos han requerido nuevos ojos para mirar de cerca y otros para mirar de lejos. Mi médica les llama progresivos. Yo, tortura. No terminamos de atinarle al enfoque de lentillas. “Llegaste tarde”, me dice, “el deterioro suele presentarse a edades más tempranas”. No sé si sentirme ofendida o halagada.

III

¿Tendré calor en invierno? Honestamente no me desagrada la idea de omitir el arreglo de mi termostato corporal ahora que comienza a presentar algunas irregularidades. No soy buena vistiendo “de” frío. Mis capas de telas, tejidos y grosores se asemejan más a la indigencia que a un estilo innovador o chic. Soy #team calor. Amo las telas vaporosas, los shorts, las sandalias, las faldas y los vestidos cortos, incluso ahora que mis curvas, temperamento y elevación de temperatura me asemejan más a la estructura del planeta Tierra y a su comportamiento estridente como respuesta al calentamiento global.

Quizás el alejamiento de la luna -ese cuerpo celeste asociado a lo femenino, a las mareas y a los ciclos fértiles-, me esté volviendo más terrenal, y hasta me regale la posibilidad de convivir cómodamente con temperaturas de 10° centígrados. Hasta 2024 mi punto de congelación se situaba en 18 grados.

IV

Empiezo a prepararme para mi involución y los efectos gravitatorios. Soy mi propio astronauta. No es sencillo ni de aceptar ni de hacer. Aunque soy vanidosa, me confieso más perezosa que vanidosa. No hablaré de cuáles otros pecados capitales soy rehén. Dice mi endocrinólogo que si mantenemos a raya a los triglicéridos, el colesterol y el estrés, mientras regulamos el cortisol y me ejercito, no tendré que renunciar a los placeres de Dionisio. Mi dermatóloga coincide en el diagnóstico, el tratamiento y hasta en la dieta que me impuso su colega. A veces me sale bien, otras no, solo sé que mi propósito de 2026 será el mismo que el de 2025: poner en el dispensador de agua, ahora sí, el garrafón de veinte litros. ¿Lo lograré?

Por Angélica Ponce