Aurelia

Mi familia es numerosa. Se mire hacia el lado materno o paterno, esta se extiende hasta el infinito. No importando las bajas, año con año sigo conociendo parientes. Y no hablo de los sobrinos nietos o los anexados, sino de aquellos contemporáneos consanguíneos habitantes de otras latitudes.

Curiosamente, igual que mi mamá, todos sus hermanos tuvieron una primogénita. Ellos mismos, en su familia primaria, tuvieron como hermana mayor a Aurelia. Mi tía murió cuando yo era púber. Aunque la recuerdo muy poco, a ella le debo un montón de primos geniales.

Buena parte de su vida la pasó en Temoaya, Estado de México. Tenía un jardín enorme lleno de flores, plantas y árboles frutales. Cocinaba delicioso y sus tortillas eran únicas. En algún momento, como el resto de sus hermanos, migró a Ciudad de México con su marido y algunos de mis primos. Como mujer de campo optó por el campo y se instaló en Xochimilco. Tenía cerca las cosas que le gustaban y que le recordaban a su tierra. Con frecuencia la veíamos, hasta que enfermó. Mi mamá aumentó sus visitas, pero sin nosotros.

Cuando murió mi tía, mi mamá se puso muy triste pero siempre buscó apapachar a mis primos. Ellos habían perdido a su mamá y sabía lo que eso dolía, sabía lo frágil que te vuelves cuando te quedas en la orfandad materna.  

En Temoaya, donde descansan los restos mortales de mi tía y de mis abuelos maternos, se acostumbra levantar una cruz a los nueve días del entierro. Hay una misa y luego los dolientes partimos en procesión hacia el cementerio con una cruz bendecida y muchas flores. En la cruz de metal o piedra está inscrito el nombre de quien muere y la fecha del deceso, a veces también la de nacimiento y alguna inscripción adicional. Esta cruz sustituye a la provisional de madera que yace en la tumba.

La misa de mi tía estaba programada para las 7 de la mañana, así que me levantaron a las 6:30 para llegar a tiempo. No hubo desayuno. Ese vendría después de regresar del camposanto. La eucaristía duraría en promedio unos 50 minutos, más una caminata de otros 20, a los que habría que sumar otros 40 en el cementerio. Calculé mi ingesta de alimentos hacia las 10 am. No ocurrió.

Ni en la misa de las 7, ni en la de las 8, mi tía fue mencionada ni la cruz bendecida. Fue hasta las 9 de la mañana cuando se reparó la omisión y Aurelia tuvo su rito. No desmayé, pero sí moría de hambre. Sopesando el hueco en mi panza con el dolor de mi familia, opté por aguantarme.  

El cementerio está en una colina. Tiene una bellísima vista y es un lugar muy tranquilo. Solo escuchas el viento y el movimiento de los árboles. Tanta es la quietud que el llanto a veces se confunde con murmullos cuando estás lejos de donde se generan.

Con toda mi familia reunida alrededor de la tumba de mi tía Aurelia, las personas encargadas de levantar la cruz comenzaron su trabajo. Al finalizar, mi prima Vicky, la primogénita, rompió en llanto y sus hermanos le siguieron, junto con mi mamá y sus hermanos. Yo estaba a unos pasos atrás de ellos, demasiado inquieta, porque mi panza comenzaba a gorgorear. Tenía mucha hambre.

Hubo abrazos, llanto y muchos mocos cuando, de pronto, un rugido salió de la boca de mi estómago. Juraría que el rugido resonó en cada rincón del cementerio. Mi familia se pasmó y todos voltearon a verme. Sentí cómo me sonrojaba. Quería desaparecer. Entonces Vicky estalló en una carcajada. Fue a besarme y a abrazarme, mientras pedía que me llevaran a comer. Mi prima me había salvado. Mi tío Damián, hermano de mi mamá y de mi tía Aurelia, también me abrazó, diciendo que él se haría cargo y así lo hizo, me llevó a desayunar junto con mis hermanos y primos más pequeños. Solo los mayores y los hijos de mi tía Aurelia se quedaron a despedirse.

Luego de la vergüenza que pasé y que seguro le hice sufrir a mi mamá, recordé y aún recuerdo, cómo se le iluminó la cara a Vicky, y estoy segura que fue la misma que puso mi tía desde su tumba. Pensé y pienso que les sacudí un poquito de su dolor o eso quiero creer…

Por Angélica Ponce