Bocadillos antes del fin del mundo

Aquí estoy, escribiendo por última vez e ignorando sí habrá un mañana. Ni siquiera sé si vale la pena dejar estas líneas, si esta necesidad estúpida de registrar los últimos momentos de mi existencia es más importante que disfrutar de un habano y un buen brandy.

Tampoco es que esta misiva pueda llegar a alguien que me ame o mínimo que le importe, hace mucho que rompí los últimos lazos de una vida de afectos; qué tan cierto será si le llamo a esto “misiva” y no carta. No tengo a quién darle adioses o disculpas. Qué tan patético ha sido mi paso por el mundo que ni siquiera envidias o rencores pude conservar. Y heme aquí escribiendo mis últimas palabras. ¿Será que puedan ser leídas?

Aunque llegué huyendo de un atraco mal planeado, nunca imaginé morir como eremita, ni mucho menos sacrificarme y pasar a la historia como un héroe. Sobre todo, porque ni siquiera sé si tendrá sentido mirar cómo se alimenta la bestia mientras agonizo o si seré suficiente para cubrir su hambre y sumirla en el letargo que les dé a otros la oportunidad de acabar con ella.

Lo que ahora sucede de un modo u otro me lo busqué, tal y como lo predijo mi madre, cuando burlé a las autoridades y llegué aquí como velador. Ella sabía que tarde o temprano terminaría “de mala manera”. Dijo que estaba condenado, maldito. Quizás por eso intento darle un giro a esa muerte ojete y culera que me espera, y no por redimirme o salvar a la humanidad, sino por hacer rabiar a mi madre, dándole tiempo a otros de demostrarle que como especie merecemos la extinción y ningún Dios puede salvarnos de nuestra propia naturaleza destructiva. Pues bien, aquí estoy ganándome la muerte para darles tiempo a ustedes de revolcarse en sus propios errores y recibir el fin que merecen, de darme la razón frente a mi madre. Y para celebrarlos voy por ese habano y ese brandy, que es casi la hora de salir a alimentar a la bestia…

Por Angélica Ponce