
Yo, María Carlota de Bélgica, emperatriz de México, tengo ochenta y seis años y aún busco en mis sueños tu enjuto cuerpo, Max. Fuiste y serás el amor de mi vida, aunque tu sangre y tu corazón me hayan envenenado.
No me cansaré de beber mis lágrimas porque muerta estoy de sed. Tu insolente traición, tu dejarme sola, tu sucumbir al vacío en Querétaro que me dejó hueca y mirándome en el abismo de dos canicas oculares que sustituyeron a tus ojos con la muerte.
¡Qué lejos están las faldas del cerro y sus nopaleras mexicanas de las fuentes de Roma!, ¡qué lejos me lleva la nostalgia y el exilio europeo!
Hoy soñé con esos panecillos cobrizos bañados en miel que tanto te gustan, esos que te hicieron olvidar a nuestros biscuits. Decías que los preferías porque te recordaban a nuestros indios: morenos, dulces y complejos. Cuántas cosas pueden cambiar con una hendidura en la mantequilla e infusiones silvestres. Te volviste cazador de estampas, flores y mariposas. Yo, en una regidora sin título.
¿Te dijo alguien que inventaron el automóvil? Aun no me acostumbro a desplazarme en esas máquinas pesadas y sin gracia. Extraño los crines y colas entrelazados con listones, de los caballos. La marcha elegante, imponente. Hoy las calles se miran iguales, aturdidas entre fierros.
También se inventó el fonógrafo, un instrumento curioso que atrapa las voces y la música; las reproduce una y otra y tantas veces como dura una velada o un día de campo a la orilla del lago de Chapultepec. Me imagino juntos.
Del Imperio sigo recibiendo noticias. Hoy vino el mensajero. Llegó cargado de recuerdos, de cartas y de sueños.
Max, ¿tú conociste a Walt? Dice que es descendiente tuyo. No me lo creo. Conozco a todos los nobles europeos y juro que en los libros reales no figura ningún Disney.
¿Por qué te cuento de él, de un extraño, si desconfío de mi propia familia? Porque quiere construir un reino en el norte de América. ¿Te imaginas, Max? No tiene corona, ni linaje y aun así sueña grande. ¡Cómo no abrazar a un inocente, a un crédulo!
Sabes otra cosa, Max, este joven tampoco quiere dinero, ni armas, ni ejércitos, porque tiene un ratón que puede sostener el imperio. Fue por él que me buscó. Le dijo que toda corona necesita una reina madre y yo, siendo Carlota Amelia de Bélgica, emperatriz de México y de América debo reclamar mi realeza, preparar princesas y construir una corte.
A Walt le gusta mi espíritu borbón, pero más mi piel nevada de flor de los Jardines de Miramar, y eso quiere para sus princesas, una piel tan blanca como las vírgenes de Marmion y tan aromática como la milenrama, y si son nativas, que rebosen de una tez oscura como el cacao de Soconusco y perfumada como la vainilla de Papantla[1].
Te confieso, Max, no sé si sabría, sí podría vivir fuera de Europa, si mi espíritu quebrado por los siglos, por las tempestades y los desmoronamientos de las dinastías resistirán la construcción de un nuevo imperio, porque allá, en América, de donde soy emperatriz, no llegué a conocer el norte.
El sol de la vieja Anáhuac ha secado mi piel y mi temperamento, ahora mismo no sé si tengo la voluntad de experimentar otras tierras, otras gentes. No sé nada de California, ni de la tal Cenicienta, ni de Pocahontas, ni de Aurora, ni de Blancanieves, ni de ninguna otra princesa. Tampoco sé si existe el tan poderoso ratón.
Sin embargo, Max, he de confesarte que no resistí la tentación de dibujar un castillo y copié el boceto de Neuschwanstein, de tu querido Der Märchenkönig, para enviárselo a Walt. ¿Te acuerdas de Baviera?
A veces me sueño entre cosmos bipinnatus y vuelvo a creer que es posible regresar a América, mi tierra prieta, esa que me arrebató el corazón y puede devolvérmelo. Dice el ratón que si miro una estrella fugaz debo pedir un deseo y este se concede. Es por eso, nada más que por eso, te lo juro, Max, que dicen que estoy loca.
En estos años de ausencia, seguro te han contado que loca dejé México abordo de la nao Eugénie, que en un arrebato pedí izar el blasón imperial mexicano a cambio del francés y que me atrincheré en una bodega. Son puras mentiras. Aunque sí es cierto que solo bebo agua de lluvia.
Imagina, Max, qué dirán si me atrevo a cruzar el océano, llego a América y construyo el imperio con el que sueñan un hombre y un ratón.
Por Angélica Ponce
[1] Del Paso, Fernando. Noticias del Imperio. FCE, México, 1987.