Conflicto de intereses

Hasta ahora, solo dos veces me había enfrentado a una disyuntiva deportiva -casi existencial- por un hombre. Soy débil cuando alguien me gusta, lo confieso. Esas dos veces guardé mis principios y sucumbí ante la belleza y talento masculinos, traicionado a dos equipos: uno como jugadora y otro como aficionada.

En mi defensa, la primera vez que pasó, yo tenía 16 años. Era pésima deportista, con máster en torpeza en balones. Mi complexión y estatura tampoco ayudaban: era flaca como palo de escoba y aún no alcanzaba mi estatura definitiva: 1.60 metros. Parecía un púber de 12 años.

Odiaba las actividades deportivas, bueno, practicarlas. Siempre he sido ratón de biblioteca y más hábil con los lápices y los colores que intentando crear estrategias de ataque, defensa y contrataque en una cancha. Mi espíritu deportivo solo me ha alcanzado para ser hincha.

Acababa de entrar a la prepa y eran obligatorias las clases de deportes. El día que traicioné la camiseta, tocó basquetbol. Los equipos eran mixtos y debía enfrentarme con el chico que me gustaba que, para colmo, tenía la sonrisa más linda del mundo y formaba parte de la selección. Así de bueno era.

Todo fluía maravillosamente en el partido. Yo solo corría de un lado para otro, fingiendo bloqueos y recuperaciones de balón. Entre miradas de reojo al chico de mis sueños, me cuidaba de no quedar cerca de la zona de anotación para evitar que me lanzaran algún pase. Lo que no contemplé -les digo que soy mala pensando en posibles escenarios y estrategias deportivas- fue que me dejaran sola.

Cuando el equipo contrario se dio cuenta de mi vulnerabilidad, anuló mi existencia. Dejé de ser un peligro hasta que alguien me vio como oportunidad. Mis compañeros notaron cómo me ignoraban y comenzaron a observarme como el as bajo la manga. Seguro miraban demasiadas películas deportivas, en las que los peores jugadores de la escuela salían triunfantes. 

Estando en la cancha del equipo contrario sin cobertura, me lanzaron el balón. Lo increíble fue que lo atrapé y llegué hasta la zona de anotación. Ahí, el chico que me gustaba se paró frente a mí. No me interceptó ni hizo ningún intento de atajar el tiro, solo me dedicó la sonrisa más bonita que había visto nunca y yo le entregué el balón en las manos. Me hizo un guiñó y corrió directo a anotar. No encontró resistencia. En mi equipo estaban más pasmados que yo. La mitad de la clase me odió y la otra mitad se mofó de la escena por mucho tiempo. Cuando acabó el partido, el chico se acercó a mí y me besó en la mejilla. Sonreí toda la semana.

En 2011 tendría mi segundo momento de debilidad masculina. Aunque un poco menos de lo que me pasa ahora y que me pone en conflicto en Navidad. Soy aficionada al soccer y amo al club universitario de Pumas.

En 2003, luego de casi dos años de haber llegado a México, Miguel Ángel Calero se convirtió en el arquero estrella de Pachuca y me encantó. Disfrutaba cada una de sus apariciones en la cancha y nunca tuve conflictos de interés. Si jugaba contra Pumas, yo seguía fiel a los universitarios, hasta que el portero anunció su retiro para el 22 de octubre de 2011.

Mi hermano Alejandro, también aficionado a la escuadra azul y oro, sabía de mi debilidad por el arquero colombiano, y como se acercaba mi cumpleaños me invitó a Pachuca a verlo en su último partido. Yo no cabía de la felicidad. El encuentro era contra Pumas.

Enfundada en mi outfit universitario, nos sentamos con otros pumas. Apenas salió Calero a la cancha me puse a gritar como loca de la emoción, junto con la gente de Pachuca. Sin darme cuenta que la gente, en mis gradas, me miraba con recelo.

¿Les conté que el hombre era hermoso y un gran arquero?

Mi desvergüenza no paró ahí. Incluso creo que me gané el mote de villamelón[1] del soccer. Lo mismo aplaudía las jugadas de Pumas que las atajadas de Calero. Era como si solo me emocionara ver el balón en movimiento sin importar hacia donde corría. He de decir que terminé exhausta y con apenas voz de tanto gritar. Ni siquiera recuerdo el marcador[2], lo que sí tengo perfectamente grabado fueron las vueltas que dio el arquero, entre ovaciones, luciendo sus pectorales tras despojarse de la casaca tuza y lanzando besos y abrazos a las gradas.   

La Navidad de 2024, me pone en un apuro semejante. Esta vez por culpa de la NFL.

Soy aficionada tardía al fútbol americano. Cuando le entendí, decidí que debía tener un equipo y adopté a los Steelers. No por sus títulos ni por sus números, sino porque me gustó su quarteback: Ben Roethlisberger. Aunque también me enamoré de Jerome Bettis y Troy A. Polamalu.

Durante muchos años, los domingos, los dividí entre las corridas de toros y los partidos de futbol americano. Nunca miré a nadie más, aun cuando Bettis y Polamalu se fueron[3]. Tampoco cuando los Acereros comenzaron a decaer. Mi apego solo empezó a tambalearse cuando Roethlisberger anunció su retiro en 2022. Al principio no me di cuenta, permanecí estoica o casi.

Una de mis apps favoritas es Instagram. Aunque no tengo un eje temático en las cuentas que sigo. Un día me topé con un reel de la NFL y me llamó la atención una jugada de los Chiefs, así que di el salto a Kansas City. No debí hacerlo. Me enamoré de Patrick Mahomes.

Tengo debilidad por los quarteback.

Volví a ser regular de la temporada de americano sin sufrir a los Steelers. En Instagram comencé a seguir la cuenta oficial de Mahomes. Así pude llegar muy contentita a los últimos Super Bowl, sin claudicar cuando los Acereros quedaban fuera. No sé en qué momento bloqueé los enfrentamientos entre Acereros y Chiefs, hasta esta Navidad. Supongo que tiene que ver con el hecho de que Netflix transmitirá en vivo el encuentro.

Hace apenas unos meses, le confesé a mi amigo Paco Peña mi doble romance. En mi cumpleaños me regaló mi outfit de Kansas, que estrenaré el 25 de diciembre. Años atrás, me obsequió la gorra de los Steelers. Quizás también la use: antes, durante o después del encuentro.

Por lo pronto me he resignado a reafirmar mi título de villamelón, pero esta vez del futbol americano.

Por Angélica Ponce


[1] De acuerdo con el Diccionario del Español de México, un villamelón es aquella “persona que gusta de la corrida de toros y opina acerca de ella sin conocer bien el arte y la técnica: ‘El mal espectáculo en la plaza sucede frente a un público cada vez más villamelón, al que le importa un bledo que lo estafen’.”
[2] “Pachuca y Pumas empatan sin goles en despedida de Calero”. Fuente: Notimex.
[3] El retiro de Jerome Bettis fue en 2006 y el de Polamalu en 2015.