
La casa huele a manzana con canela, pienso en Marisa, era su infusión favorita. La mía es la de jengibre con lima y miel. Tiene dos años que no veo a mi hermana mayor. La extraño. Aunque tengo a Erika, nuestra relación no es muy buena. Ella es la menor de las tres y la más fastidiosa. Apenas me da espacio. Siempre quiere saber qué hago, dónde estoy, si ya comí, si duermo bien, si salgo con alguien. Es como si no tuviera vida y quisiera apropiarse de la mía. Cuando comienza a fastidiarme con sus interrogatorios, le digo que debería ocuparse de sus asuntos y dejarme a mí con los míos. Es inútil, siempre vuelve con la misma cantaleta. Es como si le hablara a un muro. No escucha. Me harta…
Dejo mi maleta en la puerta y voy a la cocina. Alguien está preparando la infusión de Marisa. Sé que no es mi madre, porque ella no volverá a casa en dos meses. Tampoco mi padre, porque mi mamá le quitó las llaves y le prohibió regresar después del divorcio. Él le teme y es incapaz de desafiarla. Seguro es Erika.
No me equivoqué. Está ahí, a media cocina, bailando y cantando. Ni siquiera ha notado que la miro y la juzgo desde la barandilla del comedor. Parece una muñeca linda y feliz. No tengo ánimos de hablar con ella. Sé que terminaremos peleando. Pienso en irme, pero el aroma de la infusión me detiene. Dudo. Quiero una taza. Erika me descubre y se abalanza sobre mí. ¡Es tan empalagosa! Me resisto. Me vence y me dejo caer. Rodamos juntas sobre el piso. Ríe como loca. Me dibuja una sonrisa sobre mi mueca de disgusto y me besa la frente. Se levanta de un salto y me jala hacia una silla. Mientras me sirve una infusión humeante y me convida una chocolatina.
Antes de que pueda agradecerle, Erika comienza a vomitar palabras. Le digo que padece incontinencia verbal. Muere de risa, pero no se detiene. Nunca he entendido de dónde le sale tanto parloteo. Al menos, esta vez no es un interrogatorio. Se trata de ella y de su vida en Sayulita. Su estilo hippie es más salvaje ahora, pero no me desagrada, le sienta bien. Se ha tatuado una libélula en la espalda y en su pantorrilla derecha un símbolo extraño, que según dice, nos representa a Marisa, a ella y a mí. De cuando éramos inseparables.
De pronto siento una profunda tristeza. Erika lo nota y, de inmediato, saca su teléfono y me enseña fotos de su gato. Es extraño, a ella nunca le gustaron las mascotas y ahora, de pronto, tiene un felino viviendo con ella. Le puso Magnum, porque huele a chocolate con vainilla. El peludito llegó un día y así, sin más, se quedó. Me riñe un poco porque no he ido a visitarla. “Debes ir -dice-. El mar cura el alma y un corazón roto… conozco a un chico que da clases de surf que ¡¡uff!!, te remienda todo lo que tengas que arreglar”, remata la muy loca. Apenas atino a decir: “pronto”, cuando ya está con otro bombardeo de cosas. Dejo de escucharla, creo ver a través de la ventana a Marisa y me levanto de golpe. Erika voltea sorprendida y me toma de las manos. Sabe qué vi y por qué estoy triste. Me recuerda que nos amaba, pese a que eligió irse. “No es culpa de nadie que ya no esté” -dice-. Sé que tiene razón. Aunque compartíamos el mismo espacio y no supe leer su cansancio el día que murió, tarde o temprano habría terminado con su vida.
Erika me abraza y me vuelve a sentar. Me muestra otra vez su celular, pero esta vez con las fotos de una Marisa sonriente. Le ha hecho un altar de flores. Es la primera vez que mi hermanita y yo hablamos de Marisa, reímos y lloramos muchas veces. La sentimos con nosotras compartiendo su infusión favorita. Antes de irme a mi cuarto, mi hermana saca de su cartera un relicario. “Es de la abuela -dice-. Me lo dio mi mamá cuando supo que nos veríamos tú y yo en casa. Ábrelo, tiene nuestras fotos. Bueno, la mía es un pegote que saqué de otra imagen, porque yo no había nacido cuando a Marisa y a ti se las tomaron. Y como también soy su hermana me les colé, recortando a nuestros progenitores -señala con satisfacción y sarcasmo-. Guárdalo, es para ti. Para que nunca olvides que siempre estaremos unidas aunque ya no estemos juntas”.
Por Angélica Ponce