Cosas de noctámbulos y diurnos

Cae la tarde
y el cielo se incendia.
Agónico sol
que evade la penumbra.
Miedo perenne a fundirse
en noche estrellada.

Salta el conejo de la luna,
mira al infinito
con sigilo algodonado.
Bebe el néctar de los dioses,
masca lechugas y zanahorias,
se pierde entre girasoles.

Luciérnagas de lluvia,
en medio de la nada,
sorben la eternidad.
Juego vítreo,
donde la muerte no existe
y los tamarindos duermen.

Enamorados fugaces,
que pepenan trozos de sueños,
sin barca, sin mares,
con luto menguante.
Oídos que ven,
ojos que escuchan a la distancia.

Arácnida red
de señuelo perpetuo.
Cuerpos opacos,
caen sin armonía.
Festín de sobrevivencia,
en húmedo vaivén.

Polillas zumban
y se sacrifican.
Se cumple el ciclo,
retoña el bulbo
del sereno.
Se anuncia el día.

Otra vez la noche
y su bostezo.
Pernocta el conejo,
la luna reposa.
Se espabila el día,
el sol florece.

Lilith cultiva jazmines,
teje colibrís
y recorta mariposas.

Por Angélica Ponce