Crea fama y échate unos vinitos

Mi relación con el vino nació con el toreo y se afianzó con el periodismo. Fue un encuentro enérgico, casi bronco, pero muy sexy. Demasiadas sensaciones juntas, en las que la adrenalina, extasiada por el gusto final en boca, terminó por consolidar nuestro romance.

Al principio pensé que había llegado un poco tarde, porque mi familia no es aficionada a los toros ni tampoco al vino, luego me di cuenta de que tenía la edad perfecta. Era adulta, trabajaba y tenía dinero. Podía embarcarme en mis propias exploraciones. Me hice de una bota española y aprendí a beber de ella sin derramar una sola gota de vino.

Entre los cruces y las torceduras que se van presentando en el camino, un día me encontré investigando, aprendiendo y escribiendo sobre vinos. Lo mejor: me pagaban. Fue un periodo que disfruté tanto que llegué a considerar especializarme en el tema. Me contuve. Mi lista de futuras y potenciales especialidades era demasiado amplia para agrandarla.

Opté por el modelo autodidacta. Me armé una pequeña biblioteca de vinos y bebidas espirituosas y, con el tiempo, una modestísima cava; además de entrarle con singular alegría a catas con expertos y otras que yo solita me inventaba. Las más divertidas fueron las segundas. Hubo y hay mucha experimentación.

Puedo decir que soy afortunada. Tuve varios cómplices que, para mi satisfacción, cooperaron con el aprendizaje. Un par de ellos, con curiosa ingenuidad, se pusieron en mis manos y mis gustos y hoy día, son bebedores de vino. Otros, llegaron catados e hicieron sus aportes, ampliando las posibilidades de terruños, estaciones, regiones, uvas, tipos, temperaturas y maridajes que, incluso, se extendieron a los destilados.

Casi todas las personas que gustamos del vino, también amamos comer, y de ese grupo, en su mayoría somos carnívoros. En un date, mi convidado me llevó a un restaurante de cortes y me pidió que eligiera por él. Era nuestra segunda cita y aún no conocía sus gustos, así que le pregunté que si quería vino. Dijo que sí. Pedí la carta de bebidas y seleccioné una botella de tinto y dos caballitos de tequila. Él sonrío. Fue una gran tarde. Mucho tiempo después me enteré que él, hasta ese día, nunca había sido afecto al vino y mucho menos a terminarse una botella en una comida. Aunque ahora ya no estamos juntos, sé que sigue disfrutando, de vez en vez, de los caldos.

También una amiga sucumbió, por mi culpa, a los encantos de Baco. Ella le entró por las pastas y el pescado. Departimos en un restaurante italiano y me pidió que eligiera la bebida. Cosa que hice. Cuando llegó la botella de vino blanco a la mesa, mi amiga solo atinó a decirme, entre risas, que estaba loca, que jamás nos la terminaríamos sin salir borrachas. Le sonreí y le dije que confiara: “si empiezas a sentir mareo, te lo llevas a casa, lo refrigeras y luego te lo bebes de a poco”, y rematé con un guiño. Fue una deliciosa comida de chismoseo, en la que nada quedó de aquel vino. Ella, por cierto, es team ginebra y ahora ama los vinos blancos y rosados. Debería de pedir comisión a la industria vinícola o, al menos, un descuento. De vez en vez recibo solicitudes de recomendaciones de vinos para regalos o eventos especiales, y cuando salgo con la gente que quiero y me quiere, me dejan elegir. Sigo aprendiendo, buscando opciones y si todo sale según lo planeado, pronto les contaré de lo que me encontré en el Valle de Napa.

Por Angélica Ponce