Cuentos

El convento

«Santa está obsesionada con las monjas que viven a las afueras del pueblo. Afirma que son brujas y pretende desenmascararlas esta noche. Quiere que asaltemos el convento junto con Manuel. Intento persuadirla, pero es inútil. Sé que terminaremos hurgando entre celdas y repositorios. Solo espero que no nos atrapen. No quiero ser marcada como una delincuente por la policía ni por la Iglesia y, mucho menos, por mi madre, que es una mujer de temer.»
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Cosas de hermanas

«La casa huele a manzana con canela, pienso en Marisa, era su infusión favorita. La mía es la de jengibre con lima y miel. Tiene dos años que no veo a mi hermana mayor. La extraño. Aunque tengo a Erika, nuestra relación no es muy buena. Ella es la menor de las tres y la más fastidiosa. Apenas me da espacio. Siempre quiere saber qué hago, dónde estoy, si ya comí, si duermo bien, si salgo con alguien. Es como si no tuviera vida y quisiera apropiarse de la mía.»
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El viajero

«Una mano me distrae. La veo emerger del bolso de una chaqueta. Miro su dorso. Parece un bosque japonés que, entre venas y cicatrices, entremezcla arbustos enanos con raíces de viejos árboles. Imagino la sensación que obtendría al recorrerlo con las yemas de los dedos. El dueño de la mano, me sorprende mirándola fijamente y pregunta: ‘¿te gusta?’.»
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El vidente

«Cuando al Edgar el ojo se le va de paseo está mirando de cerquita a la muerte. ¿Te acuerdas cuando tembló y se cayó la torre de la iglesia aplastando la casa parroquial? Pensamos que el cura había pasado a mejor vida y resultó que no, andaba todo muy cuco visitando el pueblo vecino. Y ¿te acuerdas quién sí fue acogido por la Santa Gloria? Ajá, Lucho, el hijo de doña Lola. Estaba re’ joven.»
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Castigo

«-Comencé a escribir para joderte, para arruinar tu carrera. Escribiendo tu escandalosa vida el mundo sabría que no eres el talentoso escritor, ni el encantador marido, mucho menos un hombre que vale la pena. El mundo sabría quién eres.
«-¿Y qué pasó? Tus libros fueron un éxito.»
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El testamento

«Además de mi padre, mi abuela tenía seis hijos más y quince nietos. Nada indicaba que yo heredaría su casa. Nunca fui su nieta favorita ni la más cercana. En los últimos meses, cuando la visitaba apenas recordaba mi nombre y de quién era hija. Todos nos sorprendimos cuando se leyó el testamento. Mis primos me odiaron, especialmente Susana y Tonatiuh; también mis tíos.»
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El circo de Mariana

«La obsesión de Mariana por el circo, la llevó a tatuarse uno en la espalda. Aunque me aterra, siento una fascinación mórbida por él y de vez en vez lo miro a hurtadillas. Tengo la impresión de que cada tanto sus personajes cambian de posición, accesorios y rutinas, principalmente los monos. Un día perdí mi reloj y creí verlo en una de sus muñecas peludas. Mariana me riñe, dice que estoy loco…»
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La sazón

«Cuando lo vi, mija, se me fue el alma a los pies. ¿Yo pa’ qué lo quería de vuelta? Se lo dije e intentó golpearme, pero saqué mi sartén -ese que es de puritito hierro-, y me defendí. Lo bueno fue que llegó mi hija Azucena con el novio y tuvimos que apaciguarnos, que si no le reviento los sesos…»
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Mi mejor compra de señora

«El divorcio me arrebató no solo la idea del amor eterno, sino mi estabilidad emocional y financiera. Empecé a hacer compras de señora. No eran placenteras. Más de una vez mi alacena se quedaba vacía, mientras vegetales agonizantes se eternizaban en la nevera. Fue un año difícil.»
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Náufraga

«El agua está fría. Mi cuerpo se entume. Estoy cansada. Pienso soltarme, dejar de aferrarme a la boya que flota hacia ninguna parte. Han sido demasiadas horas, susurra el océano. La noche es oscura, armónicamente calma y acogedora, me invita a cerrar los ojos, a fugarme de mi cuerpo.»
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El duende de la lavadora

“Me mudaré a la lavadora
y ahí viviré solito.
Si haces bien lo que te pido,
y me dejas telas brillosas en trocitos,
más unos ricos dulcecitos,
nunca perderás un calcetín ni un hijo.
A cambio, cuidaré de tu cartera
para que no le falte billetito.”
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Pueblo fantasma

Cuando Emilio me dijo que iríamos a un pueblo abandonado, supe que no tendría un fin de semana romántico y tranquilo; en el mejor de los casos tomaría buenas fotos y, quizás, me haría de algunas historias de aparecidos. Nunca dimensioné hasta donde nos llevaría la obsesión de mi novio por los fenómenos paranormales.
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Un cuento de Navidad

Ella está feliz. La envidio. Me pidió que hiciera un esfuerzo por pasarla bien con mi padre. No sabe lo que dice: duerme en un lugar bonito, no tiene que pescar su comida ni lavar platos, tiene internet e irá al teatro.
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Gabriel

Mientras acomoda la cámara lo observo. Pocas veces es tan meticuloso y entregado. Incluso haciendo el amor nunca es tan cuidadoso. Es despreocupado. Alguna vez pensé que era falta de experiencia o interés. Hoy sé que es su forma de querer.
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El funeral de mi abuela

Mis desgracias comenzaron con la muerte de mi abuela, a quien se le ocurrió morirse una semana antes de que yo tuviera mi sepelio. Hasta el último de sus días se empeñó en boicotear mis planes. Tal vez por eso no sentí pena, al fin y al cabo, no debía morirse, era yo quien tenía que estar en ese féretro.
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El canto del tecolote

Ifigenia tenía fama de bruja. Aunque nadie creía que se trasformara en guajolote y volara entre tejados, o que chupara las molleras de los recién nacidos para hinchar su vientre con la sangre caliente y bailar desnuda entre los montes, o que se vistiera de blanco para matar hombres infieles en medio de los campos o a pie de carretera a medianoche, nadie se atrevía a desafiarla.
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Bocadillos antes del fin del mundo

Aquí estoy, escribiendo por última vez e ignorando sí habrá un mañana. Ni siquiera sé si vale la pena dejar estas líneas, sí esta necesidad estúpida de registrar los últimos momentos de mi existencia es más importante que disfrutar de un habano y un buen brandy.
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Alteraciones de un encierro

Recuerdo a las otras mujeres que también fueron aprehendidas. Algunas lucharon, otras solo se dejaron arrastrar. Grabé en mi memoria algunos de sus rostros antes de que nos cegaran. ¿Alguna habrá memorizado el mío? De los nombres, no tengo ninguno: somos anónimas. ¿Dónde estarán? ¿Nos separaron cuando se detuvo el convoy, o solo yo fui apartada del grupo?
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Stephen y Maka 3

Stephen cierra los ojos; escarba en su mente buscando alguna imagen que le alivie el dolor, pero solo encuentra rabia y miedo. Los últimos tres días fueron una pesadilla que comenzó con la huida de Maka, del psiquiátrico.
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Stephen y Maka 2

«Maka yace sin vida en el interior de la casa. La torción de su cuerpo hace dudar que alguna vez existieran huesos y articulaciones sosteniendo la piel, parece una representación cubista al pie de la escalera. Tiene los ojos fijos en ninguna parte y un hilillo de sangre y baba saliendo de su boca.» (Segunda de tres partes)
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Stephen y Maka

«El paramédico apura el paso. Dos camilleros lo siguen. Medio cuerpo está fuera de la casa. Demasiados cortes; unos más profundos y certeros que otros. Es increíble que tenga pulso, piensa el rescatista que tiene listo el cuerpo para su traslado. Llueve.» (Primera de tres partes).
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El gólem y el Mustang 3

«Héctor y yo supimos que habíamos llegado al lugar correcto cuando vimos huir a decenas de personas. Un incendio arrasaba una pequeña comunidad de casas de cartón. Olía a petróleo, a pasto quemado y almizcle. Entre el humo renegrido, cenizas, gritos y empujones, un anciano vociferaba la destrucción del mundo. A sus espaldas el gólem se abría paso derribando vigas.»
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El gólem y el Mustang 2

«En poco tiempo, el gólem comenzó a crecer. De alguna manera fue alimentándose de terrones de barro y polvo de ladrillo. Héctor me lo advirtió, pero no le hice caso. Dijo que el gólem parecía más alto y fuerte con el paso de los días, y comenzaba a asustarlo; además, un par de veces lo sorprendió espiándonos.»
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El gólem y el Mustang

«Mi padre cruzaba la frontera de Estados Unidos con México a bordo de uno de los primeros Mustang. Yo lo esperaba impaciente en casa de mi madre. Mi maleta estaba hecha desde hacía tres días, cuando él llamó para contarme que había comprado el auto más fenomenal del mundo y en el que emprenderíamos nuestro primer viaje de vacaciones solos.»
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El caniche fantasma

«Todo comenzó cuando me excomulgaron. Descubrí que no se necesita hacer mucho para que la Iglesia te dé una patada en el culo y te echen del paraíso antes de conocerlo. En mi defensa, yo solo estaba jugando.»
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Una historia feliz

«Las luciérnagas juegan a ser estrellas. Mantos de fluorescencia, fugaces. Han pasado cinco días y no quiero irme. Volver a la agonía de la rutina me inquieta. Sin embargo, no sé si podría acostumbrarme a vivir aquí, permanentemente quieta, mirándolos impasibles y bellos. No tengo un espíritu dócil. Ellos sí, ahora sí.»
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Eva

«Eva se acostumbró al arrullo de los viajes. En el día se mantenía despierta apenas lo necesario. Era en las noches cuando exploraba su entorno y reconocía a sus acompañantes, aunque estos casi siempre estuvieran abandonados al cansancio.»
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Madame Nonúo

«Comenzó a trazar los destinos de Aries, Géminis y Leo según sus estados de ánimo. Más de una vez, les ponía pequeños obstáculos a los Virgo, Piscis y Acuario, pero siempre fue condescendiente con los Tauro, los Libra y los Capricornio, aunque sus consentidos eran Escorpio, Cáncer y Sagitario.»
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En la piel del otro

«Además del fuego, le gustaba el breve sonido de la cerilla para crearlo. La sensación rugosa sobre la lija. El olor a pólvora y el hilillo de humo. El calor abrasando la madera. La ceniza salpicada en los dedos. La posibilidad de destrucción.»
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El día que Maximiano dejó las armas

«Un escalofrío lo recorrió. Salió huyendo. Entonces se dio cuenta que estaba atrapado entre los dos cuartos. El hombre que vio ¿no existía?, ¿fue un espectro?, ¿una alucinación?, ¿la culpa proyectada por quejarse de los gritos de la desconocida que paría, del vagido y la muerte del recién nacido?, ¿una premonición?…»
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El barrilete

«Después de varios años fuera, regresar no fue sencillo. Ahí estaban las calles que recorrí cientos de veces. Todas iguales, con ese olor a leña quemada que se te pega en la ropa y el cabello. Los adobes asomados de las paredes, sostenidos por una amarillenta cal. Los techos bajos y toscos. Las puertas roídas y sus trancas. ¿El tiempo se detuvo o fui yo?»
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El amor de Isabela

«Al principio pensé que estaba ocupada en sus cosas, pero me alarmé cuando no contestó mis llamadas ni me abrió la puerta el par de veces que caí de sorpresa por su casa. Temí haberla herido lo suficiente como para que no quisiera saber de mí.»
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Carlota en el País de las Maravillas

«No me cansaré de beber mis lágrimas porque muerta estoy de sed. Tu insolente traición, tu dejarme sola, tu sucumbir al vacío en Querétaro que me dejó hueca y mirándome en el abismo…»
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Porno rosa

Me gustan tus contracciones, cómo tus músculos succionan mis dedos. Tus piernas abiertas. Tu pubis revuelto y moreno. La cálida y breve oquedad entre tus nalgas…”. 
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