De libros malditos a maldita sea…

Si se trata de objetos malditos, los libros ocupan un lugar muy particular en mi edad temprana. Ahora tengo 48 años, pero cuando tenía alrededor de 10 me topé con un juego que me dejó varias noches sin dormir. A través de él se intentaba de contactar a un espíritu para predecir el futuro. La invocación se hacía con un libro sostenido en el aire por un hilo y unas tijeras abiertas. El ente del inframundo poseía el ejemplar y lo giraba hacia la izquierda o a la derecha, para afirmar o negar el dicho o la pregunta que se le formulaba. Entre mi grupo de amigas, todas estas consultas eran escolares o de amor.

No se trataba de ningún libro en específico, podía ser cualquiera. Tampoco las tijeras exigían alguna particularidad. Solo el cordón debía ser rojo o negro.

Me gustaría decir que dejé la práctica por aburrimiento, pero no, lo hice porque me expulsaron del grupo y porque me asusté. En algún momento comencé a imaginarme qué pasaría si realmente un espíritu fuera capaz de poseer el libro, ¿cuándo lo liberaría?, y si era un demonio ¿me seguiría a casa?, ¿podría hacerme daño o a mi familia o a mis amigas?, ¿me iría al infierno? Intenté preguntárselo sin éxito. La última vez que participé en el rito, el ente no quiso contestarme. Una de mis amigas dijo que lo había molestado con mis preguntas, que por eso el libro permanecía quieto y ya no hablaría conmigo.

Tras una nueva ronda de inquietudes de otra de las participantes, sin respuesta, fue evidente que yo debía marcharme para que el caprichoso espíritu se aligerara y siguiera respondiendo. Cosa que hizo, según me contaron después, apenas dejé la jardinera donde se hacían las consultas. Eso solo significaba una cosa: el ente era un maldito orgulloso.

Conforme avanzaba el día, mi indignación se convirtió en miedo. De pensar en un libro poseído por un espíritu ojete, pasé a encontrarme -en mi imaginación- con el mismísimo demonio. Tuve tantas pesadillas que mi madre terminó por llevarme a la iglesia para que platicara con el cura. Me escuchó con paciencia y solemnemente. No me regañó ni me impuso penitencia, solo me hizo prometerle que no volvería a jugar con el libro y a rezar antes de dormir. Funcionó.

Luego crecí y me dediqué a buscar historias de horror. Sé que parece que no aprendo, pero soy débil y sí, me gusta asustarme con los relatos y las ficciones. Así que fue en mi etapa universitaria cuando me he pegado un tremendo susto con otro libro: El exorcista.

La cinta basada en la novela de William Peter Blatty, se había estrenado en 1973. Un par de años antes de que yo naciera. La vi en video hacia 1995, para entonces ya era una película de culto y yo ya tenía más que desarrollada mi obsesión por leer las novelas o cuentos de las pelis que me cautivaban. Conseguí la historia en fotocopias y el soundtrack, grabado en un cassette. Leía después de comer y tomar una siesta, y antes de comenzar con mis tareas universitarias. Una mañana que me quedé sola en casa y no fui a la escuela -no recuerdo por qué- decidí seguir con mi lectura de El exorcista, pero acompañada con el soundtrack de fondo.

¡¿Qué podía salir mal?!

Me preparé palomitas, puse el cassette y me acomodé en uno de los sillones individuales de la sala. No sé en qué momento me dormí ni por cuánto tiempo, pero empecé a tener sueños muy extraños hasta volverse terroríficos. Mi propio grito me despertó. La música seguía. Me levanté de un brincó a parar la cinta y dejé regadas mis hojas impresas en el suelo. Me salí de la casa y me senté en las escaleras que dan al patio, hasta que llegó mi mamá. Era un día bonito, con mucha luz. Mi madre pensó que solo estaba ahí porque me gustaba pasar horas bajo el sol. Luego me reprendió por el desorden en la sala. No le conté de mi susto, ni de que días después me deshice de las fotocopias y el cassette.

Decidí darme un tiempo antes de retomar mi afición por flagelarme y pospuse la lectura de La semilla del mal, de Ira Levin, luego de ver El bebé de Rosemary, también en video. La adaptación de Roman Polanski me hizo darme cuenta que no estaba lista para la novela. Lo comprobé muchos años después cuando pude leerla, asustarme y dormir sin pesadillas.   Siendo incapaz de renunciar a mi masoquismo, busqué una alternativa a lo paranormal para caer rendida a los pies de Bret Easton Ellis con American Psycho. Amé la novela y luego a Christian Bale en la cinta de Mary Harron, que sí vi en el cine. Con Bret cambié el miedo por la ansiedad y las urbes, logrando que los asesinos seriales se abrieran un espacio en mi librero.

Por Angélica Ponce