De última hora

De niña quería ser pintora. También cuentacuentos, maestra, abogada y astronauta. No sé en qué momento se me metió en la cabeza ser periodista, ni mucho menos escritora y heme aquí con un espacio de recreación y fluctuación de escritos.

El 30 de agosto, Histeria Kitsch cumple su primer año. Ha sido un ejercicio interesante y retador. Mi musa anda encantada tratando de atrapar al duende, aunque a veces se me va de farra y nomás no quiere cooperar; aun así, la llevamos bien.

Por desgracia el ilustrador y monero RL de Histeria Kitsch, a quien le tengo un profundo cariño y agradecimiento por este año, se jubiló, así que no tuve más remedio que empezar a dibujar. Mis primeras ilustraciones ya las vieron en “Cosas de piratas”. Esta es la segunda entrega.

Pocas personas sabían que dibujé muchos años. Se enteraron cuando recuperé el ejercicio hace muy poco tiempo, primero coloreando y después copiando para mis redes sociales. Sin ningún empacho puedo decir que soy muy diestra con los colores y reproduciendo imágenes, aunque no tan hábil para crear dibujos originales. Veamos cómo le va a la nueva sacudida de neuronas y aflojamiento de falanges para que fluya la creatividad. 

Tengo tres pintores favoritos: Toulouse-Lautrec, Remedios Varo y Diego Rodríguez de Silva y Velázquez. Y no, no estoy negando a Frida Kahlo, ni a Vermeer, ni a Klimt o Georgia O’Keeffe, mucho menos a Goya, a Dalí, a Juan Soriano o a Rufino Tamayo, ni a todos los impresionistas ni prerrafaelitas, a ellos también los amo con locura. Para ser precisa, no solo a ellos, podría sumar páginas y páginas enumerando a todos los artistas plásticos que me fascinan, pero son estos tres europeos, los que me sacuden las entrañas y me hacen feliz cada vez que miro una de sus obras y me recuerdan que un día yo también quise ser pintora.

La primera vez que fui al MET, iba buscando una exposición de Impresionistas y casi no los veo. Llegué a las 11 de la mañana al museo y pese a que me advirtieron que pidiera un mapa para no perderme en la inmensidad del edificio, omití la recomendación y me extravié muchas, pero muchas horas. No me arrepiento, perderte ahí es encontrarte con muchos mundos y pedacitos de historia. Un vigilante me ayudó a llegar, con la advertencia de que tendría menos de una hora para recorrer la sala Impresionista. Vi muy poquito de los europeos, pero me enamoré de los estadounidenses de los que sabía nada, ni siquiera de Mary Cassatt, que se codeó con la crème de la crème francesa y a quién adopté de inmediato, así como a Childe Hassam.

He de confesar, sin embargo, que mi mejor experiencia la viví en el MoMA. Es uno de mis museos favoritos junto con el MUNAL. Es mucho más pequeño que el MET y su curaduría mucho más amable. Ahí vi El grito, de Edvard Much; si en ilustraciones es impactante en vivo tiene una fuerza que te pasma. También conocí la etapa cubista de Diego Rivera, no me gustó, pero siempre es interesante descubrir las influencias e intercambios que se dan entre artistas. Entre picassos, mirós y guaguines me encontré con trabajos monocromáticos de Olga Acosta, y me encantaron. Tenían un trazo sencillamente complejo.

Sigo sin entender mucho a Warhol, aunque el personaje me encanta. Y sí, sí vi a sus Marilyn Monroe y sí, sí las pondría en mi sala, pero me gusta a secas. Curiosamente no me pasó lo mismo con Roy Lichtenstein, a él sí que lo amé, igual que al Spiderman, de Sigmar Polke. Bendito Pop art. Quizás, después de todo, pinto mi alma a través de mis ojos y del trabajo de otros. Y, aunque, ya no está en mis planes vivir de la plástica, ni perfeccionar mi técnica, sí le voy a poner mucho empeño y cariñito a mis trazos, casi tanto como a mis escritos. Así que esta es la novedad del segundo ciclo: los monitos.

Por Angélica Ponce