El amor de Isabela

Isabela es mi tía favorita, tan opuesta a mí que nos adoramos. Es la hermana mayor de mi papá y más católica que el Papa. Hace mucho que renunció a salvar mi alma y a mandarme mensajes con pasajes bíblicos, en cambio comenzó a obsequiarme pequeños objetos religiosos.

A lo largo de varios años he coleccionado estampas de vírgenes, santos y querubines, además de escapularios, producto de sus travesías por templos y lugares santificados. Todos están perfectamente guardados en una cajita de concha nácar, que yacen en el fondo de mi clóset.

Cuando Isabela me preguntó qué hacía con aquellos objetos le dije que los guardaba en un espacio íntimo y significativo para mí, lejos de la vista de curiosos y de cuanto personaje quisiera cuestionar mi religiosidad.

No sé bien cuándo comenzó este ritual, quizás aquella vez que en un mercado de pulgas me puse a regatear inútilmente por un exvoto. Isabela, viendo la fascinación que me despertó la pieza de metal pintada al óleo, y la avaricia del vendedor, se ofreció a pagar el insultante precio. Me negué arrastrándola lejos, sin saber que al día siguiente regresaría a comprarlo. Tampoco sirvió, el pequeño cuadro había sido vendido por el triple del precio que no quise pagar. Al menos eso fue lo que le restregó el vendedor a mi tía, cuando ella le ofreció un pago doble por la placa.

La imagen de agradecimiento a la Guadalupana mostraba a una mujer recién casada con un ebrio redimido. Una historia nada original que me atrapó por sus torpes trazos, su ingenuidad y su gran corazón lleno de faltas de ortografía.

Supongo que Isabela lo asumió como una devoción oculta, como esa iluminación cristiana de acercamiento silencioso a Dios. Nada más lejos de la realidad. Me gustó por ser ese objeto de arte popular capaz de vivir en armonía con la pequeña colección plástica que viste mis paredes. Tenía el lugar perfecto para él.

Pasaron unos años y yo había olvidado el incidente, pero no Isabela. Fue cuando comenzó a viajar y a conseguirme las imágenes religiosas. Ritual que no se detuvo hasta que le conté que las guardaba en mi cajita de los tesoros. Primero pensé que se sentía engañada o decepcionada. Dejó de buscarme un par de semanas. Al principio pensé que estaba ocupada en sus cosas, pero me alarmé cuando no contestó mis llamadas ni me abrió la puerta el par de veces que caí de sorpresa por su casa. Temí haberla herido lo suficiente como para que no quisiera saber de mí.

Me equivoqué.

Isabela se había propuesto encontrar un objeto que me recordara a ella y, mejor aún, que lo luciera en mi casa y llegaste tú, la cosa más fea que la chingada, así que deja de mirarme. No te soporto.

– Pues tírame, o que, ¿no te atreves?

– Sabes que no puedo.

– ¡Ja!, ¡sí te gusto!, ¡sí te gusto…!

– Ya te dije que no. Eres estúpidamente feo, si no te tiro es porque Isabela te sustituiría con otro igual o más aberrante que tú.

– No te creo.

– Ternurita, ¿pensaste, que eras el primero? No, no te equivoques, eres el tercero en sucesión. Cuando me deshice del primero, fui muy feliz. Estuve radiante por días. Acariciaba el espacio vacío imaginando con qué llenarlo.

– ¡Y se te cebó!, ¡lero, lero… lero, lero!

– Cállate, no fue gracioso. Un día cualquiera, tu antecesor estaba plantado ahí, burlándose de mi carota. Lo tomé entre las manos para arrojarlo al cesto de basura, pero Isabela me detuvo. Pensó que yo estaba fascinada con el objeto y no me cansaba de verlo, de estudiarlo.

– Me encanta tu tía, tiene un gusto exquisito. Mira que elegirlo a él y luego a mí. Seguro mi antecesor era tan majestuoso como yo…

– ¡Ya te dije que te calles! Isabela no sabe nada de mis gustos. Tú, eres el mejor ejemplo de ello. Mira esta casa, ¿adónde diablos encajas? ¿Qué, no vas a decir nada? ¿Ya te ofendiste?

– No, no me importa lo que digas. Por tu tía estoy aquí y aquí seguiré. Solo me quedé pensando en cómo te deshiciste de él.

– ¿Por qué? ¿Te da miedo que te pase lo mismo?

– No seas ridícula, solo es curiosidad.

– Eso mismo pensó él. Nunca imaginó que podría terminar en la basura y ahí acabó hecho trizas. ¿Ahora sí te preocupaste? ¡¡Bu!!

– ¡Que no! ya vas a contarme o qué…

– Pues sí, terminaré de contarte: Discutí con mi pareja y lo lancé a la calle junto con sus cosas.

– ¡Uf!, ¡qué intensa y poco original! No es que quiera que me pasé, pero tendrás que ser más creativa para tirarme sin que lastimes a tu I-s-a-b-e-l-a.

– ¡Qué chistosito! Sabes que esta batalla la tengo perdida. Isabela seguirá sustituyendo tantos jarrones como yo los rompa. Así que llegamos a este punto: tú sales cuando ella viene de visita y regresas al sótano apenas se marcha. Es un buen trato, ¿no?

-Por Angélica Ponce