El caniche fantasma

Todo comenzó cuando me excomulgaron. Descubrí que no se necesita hacer mucho para que la Iglesia te dé una patada en el culo y te echen del paraíso antes de conocerlo. En mi defensa, yo solo estaba jugando. Nunca fue mi intención que las hostias se pusieran rosas, ni que supieran a alcohol, tampoco que quedaran como migas. Es sabido que el vino es la sangre de Cristo y el pan, su carne, y se toman simultáneamente durante la liturgia. En mi lógica, si los juntaba antes de la comunión solo les imprimía un toque de sabor, no una injuria.

Quizás se me fue un poco la mano. Me acabé el vino de consagrar y las hostias se convirtieron en un amasijo y aunque quise arreglar el desastre, no me alcanzó el tiempo para que el párroco ofreciera la misa. Enloqueció y sin que yo pudiera decir o hacer nada vociferó una latae sententiae.

Enmudecí. Mi alma ardería en el infierno.

Salí de la iglesia cabizbaja, casi podría decir que sentí cómo la gracia de Dios me abandonaba. Algunos de mis amigos me dijeron que era una exagerada, que eso no sucede porque un sacerdote loco me gritase una excomunión. Me explicaron que hay todo un proceso canónico y legal para quitarle a uno la virtud. Pero mientras averiguaba, mi suerte sufrió un revés. No es que yo fuera la persona más afortunada del mundo, pero sí estaba bien cuidada.

Digamos que soy una especie de panda: bonita, esponjocita, graciosa y tremendamente torpe, como los pandas. Mi sobrevivencia por 17 años, con apenas algunos rasguños, se la debo al buen trabajo de Jerónimo, mi ángel de la guarda. Sé que debo o debía caerle muy bien, porque más de una vez tuvo que hacer malabares para que yo no engrosara las filas de aquellos que a diario tocan las puertas de San Pedro.

En más de una ocasión, me ayudó en momentos difíciles para componer o ajustar circunstancias que me favorecieran. Jerónimo es un gran ángel y lo extraño. Incluso cuando tuvo que abandonarme, procuró no dejarme sola. Y no, no escucho voces. Ni tengo un trastorno siquiátrico, ni consumo estupefacientes. Tampoco veo gente muerta, ni tengo amigos imaginarios, pero sí un perrito fantasma. Sé a qué suena esto, pero es más racional de lo que parece.

Después de ser excomulgada pasé días sin dormir bien. Invariablemente sufría pesadillas. Mi vida amorosa que siempre había sido un desastre se convirtió en un asco. En mi trabajo, que era el lugar donde mejor fluía y tendría un ascenso, de pronto me echaban porque yo era menor de edad, cuando a los 15 -según ellos- no lo habían notado. También, un día cualquiera, casi me mata un aire acondicionado que cayó a unos pasos de mí, cuando lo instalaban. Esa fue la señal de que nada iba bien, así que hice lo que cualquier persona sensata y desesperada hace en esos casos: acudí a una médium.

Con los cien pesos que me quedaban, llegué a una casona de la colonia Roma por la que siempre pasaba para ir al trabajo, luego de mis clases. Muy cerca, por cierto, de la iglesia de la que me echaron. No entré a la primera: incluso estando ahí, frente a la puerta y cerciorándome que la tirada de cartas me costaría mis últimos 100 pesos, dudé entre comerme unos tacos o convencerme que me había jodido la vida. Di tres vueltas a la cuadra, antes de decidirme. Me armé de valor.

Me recibió un hombre calvo, risueño y mayor, como de unos 50 años de edad. Me preguntó mi nombre y si quería que me viera Adelina, la bruja madre. Volví a dudar, pero ella salió antes de que yo pudiera dar media vuelta e irme.

El lugar era extraño, olía a esencias dulces y herbales. Las luces eran ambarinas y tenues. Había santos, vírgenes y muchas imágenes que no reconocí. Sin embargo, no había crucifijos o rosarios, ni nada que remitiera a la crucifixión. También había muchos altares pequeños y uno principal con comida, juguetes, alcohol, flores y telas satinadas y de terciopelo, oscuras y brillantes. Más que miedo sentí curiosidad. Incluso olvidé que estos sitios tampoco le gustan a la iglesia y acudir a ellos también está penado, pero qué más podía perder.

Adelina me condujo hasta su oratorio. A diferencia del camino que pasamos hasta llegar ahí, éste estaba bien iluminado. Era pequeño. Tenía una mesa con un mantel rojo y motivos dorados, dos sillas, un balde de agua, una vela y un juego de cartas. El cuarto estaba pintado de azul cielo y tenía una sola imagen femenina -que no supe identificar-, en un altar con un chocolate y flores. La bruja madre se persignó y me invitó a sentarme frente a ella.

Sin dejarme decir nada, Adelina me dijo que sabía que yo la estaba pasando muy mal, que Jerónimo, mi ángel de la guarda (ahí supe su nombre) le había contado todo, pero por cien pesos ella me tiraría las cartas y así yo entendería lo que el destino me tenía deparado. Ahora que, si yo aportaba 500 pesos, podría hacer tres preguntas.

Guardé silencio. Sabía que no tenía 500 pesos, así que opté porque las cartas me contaran lo que ellas quisieran. No era un tarot, era una baraja española. Eso me decepcionó un poco, aun así, esperé impaciente a que Adelina terminara de barajar y comenzara la lectura. Para mí sorpresa, lo primero que me dijo es que tengo las alitas del amor cortas, pero si quería -por 500 pesos más- podría preguntarles a las cartas cómo hacerlas crecer. Como no era mi prioridad el amor y tampoco tenía dinero, le pedí que siguiera.

Lo siguiente fue una explicación rebuscada de envidias y complots laborales. Eso me interesó más, aunque tampoco dije nada. Luego, vendría mi racha de mala suerte. Ahí casi lloré y le confesé a la bruja madre que no tenía dinero, que por eso solo me bastaba saber que mi vida se iría a la mierda. Ella me sonrió y cerró la lectura. Antes de despedirme, la bruja madre me dijo que me tenía dos regalos, uno de ella y otro de Jerónimo. El primero era una limpia energética con yerbas, huevo, cantos y rezos. El segundo, un caniche.

-Un qué, -pregunté.

-Un caniche -dijo Adelina risueña-, es decir, un perrito.

-Yo no puedo tener un perrito, -respingué.

-Pues vas a tener que aceptarlo porque él te ha adoptado. Además, es el regalo de Jerónimo. Me ha dicho que le han prohibido cuidarte, pero que no quiere dejarte sola, así que te ha traído al caniche. Dice que se llama Peluso, como tu primer perrito.

-Y ¿dónde está?, -pregunté resignada a llevarme al cachorro.

-Junto a ti. No ha dejado de brincotear alrededor tuyo. Le caíste bien.

-Es broma, ¿verdad?

-No, no es broma, es un caniche fantasma. Él va a cuidarte hasta que Jerónimo pueda volver contigo. Dice algo de estar intercediendo a tu favor. ¡Ay, niña!, no sé qué hiciste, pero él confía en poder arreglarlo. Mientras tanto -Adelina se agachó e hizo un ademán simulando una caricia en el aire-, Peluso, pórtate bien y ponte muy atento que esta niña va a necesitar mucha ayuda. Y tú, -se volvió hacia mí- trata de enmendar lo que desarreglaste.

Cuando salí de con Adelina, me sentí más tranquila. Llegué a casa y lloré y lloré y lloré hasta quedarme dormida. En mis sueños conocí a Peluso, es tan esponjocito y adorable como yo. Siento que nos conocemos de toda la vida. Jugamos mucho. Al despertar supe que estaba en buenas patas, luego de que abrí mi correo y me encontré con la noticia de que me habían dado la beca para la que había aplicado seis meses antes de mi excomunión. No sé cómo obtendré el dinero para pagar mi vuelo, mientras queda listo mi trámite de residencia y me lo reembolsan, lo que sí sé es que Peluso viajará conmigo y viviremos por un tiempo en Nueva York.

Por Angélica Ponce