
La obsesión de Mariana por el circo la llevó a tatuarse uno en la espalda. Aunque me aterra, siento una fascinación mórbida por él y de vez en vez lo miro a hurtadillas. Tengo la impresión de que cada tanto sus personajes cambian de posición, accesorios y rutinas, principalmente los monos. Un día perdí mi reloj y creí verlo en una de sus muñecas peludas. Mariana me riñe, dice que estoy loco, que si veo modificaciones en las imágenes es consecuencia de su musculatura, la formación y deformación de alguno que otro pliegue de su piel, queratosis o sudoraciones, “una irritación o desplazamiento natural y efímero”. He querido creerle, pero no dejo de sumergirme en sus alucinaciones.
La primera noche que dormimos juntos, tras el tatuaje, tuve pesadillas. Me soñé cayendo del trapecio. Caía y caía y caía y caía. No había red, solo fango. El barro me atrapaba e intentaba ahogarme, sumergiéndome y atando mis tobillos con finas, pero poderosas raíces. En cada intento por salir, me topaba con el hocico peludo y rosado de un cerdo masticando esqueletos. Sentía sus fauces y aspiraba su pestilencia. Con cada crujir se cimbraban mis tímpanos, hundiéndome en un desesperante tinnitus. Me abandoné por cansancio y estuve a nada de desfallecer, cuando restalló el despertador. Nunca estuve tan feliz de escuchar su crepito. Lo dejé timbrar hasta que Mariana me lanzó un reproche.
En el desayuno nos burlamos de mi sueño. La camiseta del pijama y el largo cabello de Mariana apenas dejaban al asomo algunos trazos del tatuaje. Quise verlo. Ella se rehusó, pero me mostró su dibujo en papel. Era impresionante su realismo. Lo recordé en su espalda y lo recorrí en mi memoria. Cuando regresó con el tatuaje desde Los Angeles, le ayudé con su cuidado por casi dos semanas. Vi cómo las pequeñas costras coloridas iban revelando los personajes, los animales, los carros y la carpa.
La primera vez que me habló del tattoo, no imaginé que iría a un estudio en California, mucho menos que el diseño fuera tan grande. Pensé en una carpa pequeña o un elefante o un domador de leones, pero no en todo un circo cubriendo su espalda. Era la primera intervención que haría a su cuerpo. Ni siquiera tenía un piercing o perforaciones en las orejas; detestaba las agujas. Ocupar su piel como lienzo, a los treinta y tantos años, sonaba a ocurrencia. Me equivoqué.
Cuando Mariana me llamó llorando, después de la primera sesión, creí que no regresaría al estudio y volvería a México. Imaginé su espalda bocetada y su piel enrojecida. Con cada hipar la veía frágil y enroscada entre mantas y almohadones. Le sugerí claudicar. Dijo que no, había decido tomárselo como un desafío. Volvió tres veces más al estudio, hasta concluir. Regresó una semana después.
La segunda vez que tuve una pesadilla, regresé del trabajo y ella dormía. No quise despertarla, yacía bocabajo con parte de la espalda descubierta. Su cabello acrecentaba la desordenada melena del león y la sombra enfurecía sus ojos. Parecía mirarme, aparté las hebras capilares y la mirada del felino se endureció. Sentí miedo. Trastabillé y decidí cubrirlo con la sábana. Salí de la recámara. Fui por un trago de whisky y me arrellané en uno de los sillones de mimbre de la terraza. La noche era cálida. No había luna. Después de un tercer trago, me fui a la cama. Mariana apenas me notó.
Según los especialistas del sueño, la etapa REM es la cuarta y última del ciclo, y es también en la que experimentamos los momentos oníricos vívidos. El mío comenzó con el día en que conocí a Mariana. Yo conducía un programa de radio y ella era publirrelacionista de una disquera. Nos vimos en un café por la promoción de uno de sus artistas. Me enamoré de ella apenas la vi.
En mi sueño, nos besábamos y ella me llevaba al circo. Ahí la perdía. Salí a comprar palomitas y no supe volver a las gradas. Empecé a deambular por laberínticos y eternos pasillos. Escuchaba las risas y los aplausos de la gente, pero cada vez que atravesaba puertas volvía a un punto muerto. Era desesperante. Cuando casi me rindo, apareció un espejo y me miré en él. Mi pecho sangraba y tenía un gran hueco donde debía estar mi corazón. Mi reflejo clamaba por ayuda. Instintivamente me llevé las manos al tórax. Estaba completo. Quise tocar a mi yo del espejo, pero el cristal se reventó. Pude librarme de las astillas y salí corriendo hacia ninguna parte, mientras un barritar de elefantes tiraba paredes, apagando las luces. Sentí la oscuridad al acecho. En mi huida me topé con una arena de payasos y pelotas enormes, que buscaban aplastarme entre las mofas de maquillaje y pelucas. Una bola plastificada me atrapó y suspendió abierto de brazos y piernas. Un enano me vendó los ojos con un paño traslúcido y corrió hasta un payaso que sostenía un arco y flechas. El mismo enano se giró hacia mí y comenzó a lanzarme cuchillos. Algunos atravesaron mi piel, pero no fueron sino las flechas las que realmente me hicieron daño. Dice Mariana que grité. Ella fue la que me sacó de la pesadilla, justo cuando una flecha estuvo a punto de atravesar mi cabeza. Hay quien dice que si mueres en un sueño no vuelves al mundo de los vivos. No quiero averiguarlo.
Aunque a Mariana le siguen pareciendo divertidas mis pesadillas, piensa que me he obsesionado con su tatuaje y que solo saco a relucir mis traumas. Puede que tenga razón. De niño me extravié. Estuve dando vueltas entre callejuelas buscando a mis padres. Al no lograrlo, emprendí el regreso a casa solo. Creí poder hacerlo. En el camino me topé con un remedo de carpa circense. Me acogieron los payasos, quizás sin mala intención, pero tampoco con muchas ganas de ayudarme. Al principio fue divertido, luego las bromas y juegos me hicieron llorar. La mujer del mago me rescató y me llevó con la policía, ahí mis padres llegaron por mí. En mis pesadillas de la infancia, los payasos siempre eran malvados y me perseguían, querían secuestrarme para alimentar a los leones. No recuerdo cuándo dejé de soñarlos, pero sí sé que me abstuve de acercarme a ellos.
Cuando se lo conté a Mariana me reprochó no habérselo dicho antes del tatuaje, o en algún momento cuando me hablaba de su fascinación por los circos. Yo me escudé en mi amor por ella. Para Mariana los circos representan algunos de los momentos más felices de su infancia, al lado de su abuelo. Si bien la idea me incomodaba, escucharla contar una tarde circense me gustaba.
Ese día no nos bañamos juntos y Mariana no se desprendió de su bata hasta asegurarse que yo no vería su espalda. Lo sentí como un castigo más que como una muestra de consideración o cariño. Por la noche, llegó más tarde que yo a la casa. Se coló a la recámara y se puso una sudadera para dormir. Cenamos juntos y apenas hablamos. Yo estaba exhausto. Me fui a la cama y Mariana se quedó leyendo en la terraza. No sé en qué momento me alcanzó. Esa noche no soñé y cuando desperté Mariana hacía el desayuno. Se había vestido y maquillado. Había puesto la mesa y cantaba. Me besó y me convidó a sentarme. Mientras me bañaba, ella se lavó los dientes, me besó en la ducha y se marchó antes que yo.
Hacia la tarde recibí un mensaje de Mariana recordándome el cumpleaños de Carlos, su mejor amigo y novio de mi hermano. “¡Qué suerte, ¿verdad?!”, ironizaba.
Era extraño salir con mi hermano y su novio en plan de parejas. Creo que él compartía el mismo sentimiento que yo. Ambos parecíamos accesorios de los mejores amigos. Más de una vez me sentí inseguro e ignorado. Nunca se lo reproché a Mariana, habría sido estúpido. Carlos amaba a mi hermano como no podía amar a mi novia, aun así, no dejaba de sentir celos de su relación.
Llegamos a casa pasada la medianoche. Mariana no paraba de hablar y de sonreír. Me gusta esa ligera embriaguez que la desinhibe. Nos besamos largamente y nos desprendemos de la ropa. Hacemos el amor y nos tendemos desnudos y abrazados en el sofá. Sé que despertaré con una contractura, pero lo vale. Me aferro al cuerpo de Mariana.
El frío me despierta. Me levanto del sillón y la veo dormir. Amo la belleza y serenidad de su rostro. Decido no despertarla. Busco mi celular y me dirijo a la recámara por unas frazadas. No prendo las luces, es un pasillo que conozco perfectamente, lo he recorrido infinidad de veces. Estoy descalzo. Tropiezo y, por no caer, piso algo viscoso. La sensación es de asco. Sin apoyar el pie, voy al baño. Miro la sustancia, parece gelatina o mermelada de grosella. Me limpió con una toallita húmeda. No es suficiente. Debo lavarme. Abro la llave de la regadera, la cañería tose. No hay agua, solo asquerosos escupitajos. Salgo de la ducha maldiciendo. Tomo las toallas del fregadero para asearme.
Levanto la cara y me topo con mi reflejo. Me veo enfermo y a mis espaldas un ser famélico devora a un tigre de bengala, su piel apenas retiene una combinación de masa amorfa y vísceras. Está abierto en canal. Reprimo un grito de horror y volteo para asegurarme que la criatura no me ha visto, pero es entonces que me doy cuenta que no estoy en mi baño, ni en mi casa, sino en la arena de un circo. Los reflectores se encienden e iluminan al monstruo. Hay redobles y vítores. Luego una pausa. Debo escapar, pero cómo y adónde, lo ignoro. A unos metros, entre el ser y yo, aparece una chistera. Corro hacia ella. Un conejo gigante me intercepta y derriba para esconderse y dejarme fuera. Aún así logró colarme tras él, salvándome del carnívoro ente que me ha descubierto y corre a cazarme. Caigo en picada al vacío. Siento que voy a perderme en la oscuridad o morir estampado en alguna superficie. Imagino a un grupo de forenses levantando mi plasta de sesos, carne bofa y sangre. Me angustia pensarme como un gargajo que será removido del concreto, con palas. Aprieto los ojos, supongo que no hay nada más que hacer.
Suena mi celular. Es mi hermano quien me ha sacado del trance. Despierto y estoy en el baño, sentado junto al escusado. Estoy desnudo. Tengo el culo entumecido y mojado con mis propios meados. Me avergüenzo de mi mal viaje etílico, de mi estupidez y de ser feliz con la tragedia romántica de mi hermano. Ha peleado con Carlos y debo salir a buscarlo para llevarlo a casa de mis padres o traerlo conmigo. Me repongo. Voy a la sala y Mariana sigue dormida. Tiene la espalda descubierta y veo a los personajes del circo burlarse de mí. No lo soporto. Despierto a Mariana y la llevo a la cama. Estoy molesto con ella. Le arrojo un pijama para que se vista, le aviso que iré por mi hermano. Ella apenas presta atención. Dudo que haya entendido algo. Me besa en los labios y se sumerge plácidamente entre las sábanas. La odio por eso.
Salgo por mi hermano y azoto la puerta. Lo que resta de la madrugada la paso en casa de mis padres, duermo ahí un par de horas. Mi madre pregunta por Mariana, evado responder, solo le digo que la llamaré más tarde. Cuando lo hago, a Mariana parece no importarle mi ausencia, me cuenta que está con un Carlos destrozado por la ruptura. No la entiendo y me enfurezco más con ella. Ninguno regresa a casa. Es un fin de semana largo, pero el primero en el que puedo dormir sin pesadillas. Lo siento como un preámbulo de ruptura.
Sin más, el domingo Carlos y mi hermano se reconcilian y me avisan que Mariana ha vuelto a casa. Yo no estoy listo para regresar, pero no tengo una excusa para no hacerlo, aún así logro retrasarlo hasta el lunes. Había pedido vacaciones en el trabajo, así que esos días me servirán para ordenar mi cabeza y mi relación con Mariana. Me despido de mis padres y vuelvo a casa.
Pensé que Mariana me recibiría con reproches o que la vería al anochecer, sorpresivamente me recibe con vino y una comida que le ha llevado más de tres horas en la cocina. Me desarma, no puedo pelear con ella. Le beso el cuello y creo que el tatuaje ha desaparecido. Hacemos el amor. Estoy enloquecido por Mariana.
Esa noche la soñé devorando corazones. Lucía hermosa. Se acompañaba de los fenómenos del circo que tenía tatuados. Todos la festejaban, parecía un rito de iniciación donde yo no tenía cabida. Quise alejarme sin importunar, pero pisé una nariz de payaso. La celebración se interrumpió y todos voltearon a verme. Mariana, sonriente y amorosa, me tendió los brazos y yo quise que me abrazara, pero el miedo me detuvo. Había demasiada sangre escurriendo de sus manos y de su boca. Algunos corazones servidos en la bandeja, aún latían. Supe que el mío sería el siguiente. Quise correr, pero fue demasiado tarde. Estaba rodeado por la gente del circo. Me sujetaron y Mariana me arrancó el corazón, mientras el mago me tatuó junto a la mujer lagarto. Me rendí ante Mariana y el infierno de pesadillas, para mirar el mundo desde otro escenario.
Por Angélica Ponce