
Santa está obsesionada con las monjas que viven a las afueras del pueblo. Afirma que son brujas y pretende desenmascararlas esta noche. Quiere que asaltemos el convento junto con Manuel. Intento persuadirla, pero es inútil. Sé que terminaremos hurgando entre celdas y repositorios. Solo espero que no nos atrapen. No quiero ser marcada como una delincuente por la policía ni por la Iglesia y, mucho menos, por mi madre, que es una mujer de temer.
Cuando mi prima me contó de sus sospechas, pensé que bromeaba. Luego me convencí de que era una proyección de sus traumas por haber estudiado y vivido dos años en un colegio de religiosas. Por mi tía Carmina sé que no fue fácil para Santa. Me dijo que intentó escapar varias veces, pero solo pudo salir cuando se graduó de la secundaria. Eso fue hace tres semanas.
Sus padres la internaron después de que la expulsaran de la escuela. “¡Qué otra cosa iban a hacer los pobres, si no podían controlar a su criatura!”, decía mi madre para justificar la decisión de mis tíos, mientras terminaba su comentario con un “bendito sea el cielo, tú no me saliste igual que tu prima. Yo sí te hubiera partido el hocico o volteado la cara hasta que aprendieras a comportarte”.
Manuel está más que feliz con la idea de Santa. No le importa si las monjas son brujas o no. A él lo mueve la adrenalina de irrumpir en un sitio prohibido. Le llama la fortaleza de hierro, como casi todos en el pueblo. Y como casi todos, siente curiosidad por mirar qué hay dentro. Yo entré una vez. Tendría unos diez años de edad. Me impresionó mucho. Olía a humedad, a cera, a naftalina, a pasto recién cortado y a leche, también a fierro oxidado. El recinto me hizo tiritar. Las piedras volcánicas pueden ser muy frías y tétricas. Había poca luz. Los árboles la filtraban y la volvían muy tenue. Y los sonidos eran como murmullos: rezos bajos, el crujir de madera, de tezontle, de hojas secas y de gravilla, algunos pájaros y lagartijas. Si alguien levantaba un poco la voz, parecían gritos. Era intimidante hasta respirar.
Aunque Santa me quiere y antes de su confinamiento éramos inseparables, no confía en mí en temas relacionados al clero. Yo tampoco lo haría. Soy débil y me quiebro fácilmente. Si Manuel y ella me llevan es porque me necesitan. Al final soy la única que ha estado dentro del convento y, pese a recordar poco, es más de lo que Manuel y ella saben. Además, si éramos sorprendidos y capturados tendríamos mayor probabilidad de salir ilesos porque las religiosas me conocían, pues mi mamá es una de sus benefactoras.
Cuando le pregunté a mi prima por qué sospechaba de las monjas, me dijo que tenían un comportamiento raro. No eran como las religiosas donde ella había estudiado. Recibían demasiadas visitas y usaban calzado de marca y deportivos. Algunos de sus visitantes parecían políticos, otros guaruras y otros más delincuentes. “Yo creo que van por protección”, señaló Santa. También, les llevan muchas gallinas y cabras. En los alrededores siempre huele a pirul y a yerbas. Además, nunca se duermen antes de la medianoche y varias de ellas hacen recorridos nocturnos por las montañas.
Manuel también nos contó que el año pasado, durante las celebraciones de los Santos Inocentes, las monjas no participaron de la misa. Se habían atrincherado en la fortaleza de hierro, pero hubo quien juró haber visto a la Madre Superiora encabezar la marcha de las ánimas, donde cientos de almas desfilaron por el pueblo, mientras una decena de brujas secuestro y se alimentó de varios recién nacidos.
Ninguno de los dos me convenció. Argumenté que era imposible que fueran brujas. En el convento había figuras religiosas y participaban de liturgias y rezos, pisaban la iglesia y comulgaban. Si no fueran monjas no podrían hacerlo. Santa dijo que era una ingenua. “Las brujas son humanas, pueden fingir temer y adorar a Dios”, concluyó.
Entramos al convento alrededor de las dos de la mañana. Fue más fácil de lo que imaginé. Tampoco fue difícil llegar hasta el salón principal del recinto. Una luz nos indicó el lugar exacto. Había murmullos y mucho movimiento. Santa y Manuel se sentían satisfechos con el descubrimiento. Ella dijo “esos, primita, no son rezos”. Yo iba a protestar cuando Manuel nos calló. “Silencio, chicas, eso tampoco es brujería”, y nos señaló hacia algunos hombres armados y a las mujeres que armaban sobres transparentes con polvo blanco. Reconocí a una de las monjas. No llevaba ni el cabello corto ni los hábitos. Santa y yo nos sentimos decepcionadas. Luego los tres nos asustamos, podríamos desaparecer y no por causas sobrenaturales.
Salimos como entramos del convento y llamamos a las autoridades. En realidad, lo hice yo. Pues ni a Manuel ni a Santa les habrían creído. Nos escondimos cerca, mientras llegaban las patrullas. Fue un escándalo. Y mientras veíamos cómo era detenido el grupo de delincuentes, Santa remató satisfecha y con una enorme sonrisa: “les dije que no eran monjas”.
Por Angélica Ponce