El día que conocí al Mantequilla Nápoles

Nací a las 9:30 de la mañana de un día 9. Mi mamá cumplía casi 24 horas de internamiento. Se suponía que hacia la tarde noche, yo debía fustigar su vientre y hacer mi entrada triunfal de madrugada, pero qué pereza.

Seguramente pensé que se vivía muy bien entre líquido amniótico y que el mundo podía esperar.

Me mantuve muy quieta hasta que aparecieron los primeros rayos del sol. Incluso las contracciones fueron tan discretas que hubo que inducir el parto. Ese fue el primer indicio de mi poca cooperación para las apariciones públicas, mi gusto por dormir y de un subsecuente arribo tardío a los eventos familiares.

Contrario al reclamo súbito y estridente que tuve al ejercitar por vez primera mis pulmones, la práctica de deportes nomás no se me dio, ni se me da, ni se me dará. Por eso también soy aficionada tardía a varios de ellos, salvo el soccer. Crecí rodeada de la tradición pambolera en las calles y por televisión.

Mi abuelo paterno amaba el beisbol y en sus años mozos llegó a practicarlo. Yo, pese a estar pegada a él todo el tiempo, no lo entendí hasta hace muy poco. Y fue gracias a un partido en Toronto, de los Blue Jays, que me interesé en aprender. Aún no tengo equipo, ni nacional ni extranjero, y sigo asimilando las reglas, pero ya puedo ir a un estadio y disfrutar de algo más que un hot dog.

Otro de los deportes de los que estuve muy cerca fue el boxeo, tanto que José Ángel Mantequilla Nápoles estuvo en mi fiesta de XV años. El mítico boxeador cubano, aunque retirado, acababa de ser inscrito en el Salón Internacional de la Fama del Boxeo. Su figura y su nombre volvían a ser noticia quince años después de renunciar al cinturón de la Asociación Mundial de Boxeo, y 16 de haber peleado al lado del Santo, El Enmascarado de Plata, contra La Llorona.

Mantequilla Nápoles era conocido de uno de mis tíos, quién no sé cómo hizo para que tremendo púgil se apersonara en mi fiesta. Fue imposible no verlo cuando se abrió paso entre la gente para felicitarme. Yo, siendo una escuincla, lo vi enorme e imponente y solo atiné a asentir con una sonrisa torcida y casi forzada su saludo. Me moría de la pena, luego del aburrimiento.

A los pocos minutos, me porté como la adolescente que era y busqué cómo escabullirme de la conversación de adultos que estaba por iniciar. No lo logré. Mi tío intentó interesarnos a ambos sin mucho éxito: a mí, explicándome quién era el personaje, y a él, contándole mis logros estudiantiles. Ambos nos sentimos abrumados y resignados. Eso nos unió brevemente hasta que hubo quien se atrevió a interrumpir. So pretexto de saludar a mi tío y pedir que lo presentaran con el boxeador -a mí ni me miró-, el desconocido no tardó en pedirle una foto y un autógrafo.

De pronto, una fila de admiradores del Mantequilla Nápoles salió de no sé dónde y yo pude huir. Apenas volteé a despedirme con otro movimiento de cabeza y una mueca de alivio. Él me miró brevemente y sonrió, supongo que con cierta envidia porque yo lograba zafarme grácilmente de una situación incómoda, en tanto que él tenía que dedicarse a sus fans, esos que mi tío no pudo quitarle de encima.

Tenía una sonrisa linda que suavizaba sus rasgos. Lo recordé el día que murió de un infarto.

Por Angélica Ponce