
El papá de mi papá amaba el beisbol. Nadie más en la familia es aficionado. Ni yo que pasé muchas tardes y noches pegada a mi abuelo. Él nunca intentó enseñarme y yo tampoco quise aprender. Honestamente, no recuerdo haber visto algún partido completo de niña o adolescente.
Los días de juego, mi abuelo nos ignoraba a todos. Él hablaba hasta por los codos y yo también, pero durante los partidos hacía silencio. Su atención se concentraba en la pantalla. Él se sentaba en el sillón o en la cama y yo junto a él. A veces me acurrucaba y otras solo me acomodaba a su lado. Ninguno de los dos hablábamos, así que irremediablemente me quedaba dormida. Pocas veces alguien más estaba con nosotros y si así era, iban y venían por ratos. Ni mi abuela aguantaba quedarse en silencio, ahí.
Mi abuelo tenía dos equipos: uno mexicano y otro gringo, aunque en algún momento llegué a escucharlo hablar de los cubanos. Gustaba de los Diablos Rojos y de los Dodgers, aunque también hubo un tiempo en que coqueteó con los Yankees.
En sus años mozos, mi abuelo llegó a practicar beis en una liga semiprofesional y fue más de una vez a jugar y ver partidos, al hoy extinto Estadio del Seguro Social de la Ciudad de México. No llegué a ir con él. Para cuando tuve edad para no despegarme de su lado, mi abuelo ya solo veía los partidos por televisión.
Quizás si hubiera tenido más tiempo con mi abuelo, habría aprendido algo. Tuve intentos fallidos de instrucción beisbolera por amigos y un par de parejas, pero todos claudicaron. Afortunadamente y pese a esa renuncia educativa, al menos ahora sé de qué va el beisbol y puedo ver un partido sin aburrirme. No lo domino, tampoco me he aficionado y no sé si un día lo haga.
Lo que sí hice sin proponérmelo, ni siquiera imaginarlo, fue ir a un estadio y ver un partido en vivo de las Grandes Ligas de Beisbol (MLB, por sus siglas en inglés), concretamente de la División Este de la Liga Americana. Me habría gustado contárselo a mi abuelo. Me divertí y comí mucho. Me llevaron al Rogers Centre, en Toronto. Ace es una gran mascota. Como iba sin equipo e invitada por el Departamento de Turismo de Canadá (además de que me gusta el color azul y el maple) tocó apoyar a los Blue Jays y entonar su porra desde las gradas. Gran experiencia.
Los Blue Jays cumplían 40 años, así que el estadio era una locura. Además, entre sus filas tenían a un par de mexicanos jugando con ellos, ¿cómo no adoptarlos y tomarles cariñito? El equipo nació en 1977 y es el único que juega en la MLB fuera de Estados Unidos. Aunque no es el deporte número 1 de Canadá, pues el hockey es el rey y el basquetbol su segundo, tiene una afición muy aguerrida y fiel, especialmente en Toronto.
Es impresionante ver a familias enteras llegar al estadio, todos con sus playeras azules: niños, papás, abuelitos. Él mismo estadio se ajuarea de azul y se arman batucadas y asados en el estacionamiento. El entusiasmo se contagia. De ese día, no recuerdo contra quién jugaron los Blue Jays, ni quién ganó, pero sí tengo perfectamente claro que fue una gran tarde. Salí feliz y exhausta del estadio.
Tengo un par de promesas de que me llevarán a la casa de los Diablos, aquí en México, quizás entonces sí se me pegué un poquito de conocimiento beisbolero, y si no pasa, cuando menos me divertiré harto y comeré harto, también.
Por Angélica Ponce