
El 3 de enero le dejó una dádiva a Maximiano Cortázar. Ese día, Teocelo convulsionó sus entrañas e interrumpió su duermevela. Eran las 22:25 horas.
—¡Maldita sea!, ¿quién, diablos, viene a parir a un cuartucho? —gritó Maximiano, golpeando la pared de la habitación vecina.
—¡Si no fueras tan marro, no estarías en esta mugre pensión, escuchando parir a una desconocida! —se recriminó mientras experimentaba ese vacío que sube de los intestinos al ombligo, que rebota en los huesos, y lo deja a uno en ascuas con la boca amarga.
—¡Maldito vagido!, ¡maldita bilis!, ¡maldito yo!
Entonces se cimbró el suelo. El crujir de las vigas se armonizó con la estridencia del recién nacido. Los gritos de la madre y de la partera se convirtieron en sublimes notas de caos. Las paredes se quebraron. Una metralla de gravilla e inmisericordes punzones de cristales reventaron en una cortina de polvo. Maximiano Cortázar, casi noqueado, apenas atinó a volcarse a un costado de la cama. Todo fue escombros.
—No se esfuerce, amigo —dijo un hombre que acunaba un pequeño bulto, en medio del estático y lúgubre paisaje, mientras se acercaba a Maximiano para sentarse a su lado.
—Es m’ijo, ¿sabe? Su madre duerme, está descansando. La acompaña la matrona. Fue un parto largo, difícil… hasta hizo temblar el suelo… ¿Quiere verlo?
Maximiano negó con la cabeza. Tenía el cuerpo entumecido y la laringe incapacitada por los jugos gástricos en el esófago.
—¿¡No!?, —aunque sorprendido, sin reproche y tras un breve y meditado silencio, el desconocido continuó: “Tiene razón, no debemos despertar al crío. Nacer cansa… pero, ¡qué imbécil soy!, usted debe saberlo. Si se siente dolorido no se asuste. Lo revisé y no tiene daño. Ni un rasguño, nomás es fatiga. Le retiré la viga que sujetaba su pierna, pero no será cojo, la madera solo rasgó y prensó la tela. Voy a sentarme ahí hasta que m’ijo reclame a su madre y mi vieja deba alimentarlo —señaló un punto cualquiera con la cabeza—. Duerma. Luego podemos irnos.
Maximiano cerró los ojos y pensó en su suerte, en sus idas y venidas por el país, en su compromiso con el general Obregón. Agotado, dejó que la vigilia lo abandonara. Sin saber cuánto tiempo pasó, y una vez despabilado, removió los grumos de adobe, de tabique y de cemento, y comprobó que lo que humedecía sus piernas, era orina. Estaba ileso.
—¡Hey, usted! —vociferó Cortázar, mientras sus ojos se acostumbraban a la escasa luz. Vaciló unos instantes, tratando de recordar el punto donde dijo el hombre que esperaría a que el niño o la mujer despertaran.
—¿Dónde se metió el pelao?
Sin respuesta, Maximiano se dirigió hacia la amorfa masa de escombros que fuera la habitación contigua. Ahí los atisbos de la Luna le señalaron dónde mirar. Un grotesco cuadro de oscurecidas y fofas carnes revueltas, entre largos cabellos y telas, lo recibieron en la entrada. Era la partera. Lo supo porque al girar su cuerpo hacia el otro lado, tropezó con los restos de la cama y encontró a la madre abrazando a su hijo. Tan pálidos y cenizos como figurillas de mármol cinceladas a medias, sin extremidades bajas, pero con rostros inmaculados.
Un escalofrío lo recorrió. Salió huyendo. Entonces se dio cuenta que estaba atrapado entre los dos cuartos. El hombre que vio ¿no existía?, ¿fue un espectro?, ¿una alucinación?, ¿la culpa proyectada por quejarse de los gritos de la desconocida que paría, del vagido y la muerte del recién nacido?, ¿una premonición? Era mejor no pensar o, al menos, en eso que su mente no alcanzaba a responder. Debía concentrarse en salir. Sabía que no estaba lejos de la superficie, por los guiños lunares, pero debía cuidarse de no derrumbar lo que quedaba en pie, de no sepultarse si daba un paso en falso.
Un tintineo y murmullos rompieron con sus cavilaciones y recuerdos. Un haz de luz se agrandó y Maximiano vio un rostro asomarse, que gritó: “¡Aquí, aquí! ¡Aquí hay uno!, ¡y está vivo! Bájenme con cuidado. No me suelten cabrones que les parto la madre”, apuntó el ser corto, vestido de un satinado rojo y amarillo, que se columpiaba de cabeza chalando como merolico.
—Sí, sí… lo sé. Soy chaparro… bueno, quizás más que eso: enano… pigmeo, pues; pero ya quite esa cara, parece que vio un fantasma. Y si no le duele nada y puede moverse, ayúdeme a bajar para que podamos sacarlo. Tengo vértigo y… ¿Hay alguien más con usted?, ¿algún herido?
—Solo alimento para buitres.
—Bueno, esos no nos importan, muertos están y ya habrá quién se encargue de ellos. ¿Me va a ayudar o qué?, ¿seguirá ahí paradote? Ya sé que está traumado, pero entre más rápido lo saquemos, más pronto podremos largarnos. Los artistas, como yo, vivimos del aplauso en las carpas, no de ensuciarnos las manos y rasgar nuestras galas por hacer de rescatistas.
Maximiano se acercó al enano y lo sujetó de los pequeños pero nervudos brazos.
—Con cuidado que soy frágil —respingó con ironía el individuo, que en una ágil voltereta se desprendió de la sujeción de Cortázar, para caer de pie.
—Soy Asencio, arriban están El Botellas, El Napito y El Cejas, sus atentos salvadores —señaló al conjunto de tres cabezas asomadas por el hueco—. Y que conste: los más grandes artistas circenses… Pero, no sea descortés, salude.
Desconcertado, Maximiano apenas murmuró su nombre. Mirándolo de reojo y con una sonrisa sardónica, el enano prosiguió con su perorata: “¡Eh!, ustedes, mirones, agranden el hoyo que el bato es rellenito. Yo mientras encuentro un objeto para hacer una polea. Y usted, chitón, mejor ayude a buscar…” —se interrumpió cuando Cortázar le dio un par de roldanas.
—Mire, ¡qué aplicado! —arremetió Asencio—. ¡Eh!, ustedes, a chingarle que ya salimos.
No tardaron más de veinte minutos en estar fuera y Maximiano pudo ver el cuadro completo de sus rescatistas. Un disforme conjunto de complexiones y trajes de telas chillonas, enmarcados por la aurora. En otras circunstancias le habría resultado irrisorio. Estrechó sus manos y les agradeció. Aunque lo invitaron a unirse a su marcha, prefirió despedirse tras un buche de aguardiente que le ofreció El Cejas.
Entre los escombros, decenas de personas ayudaban a otros. Los cadáveres, poco a poco, eran apilados por un lado y las tiendas improvisadas de enfermería, por otro. Esto le recordó cuando irrumpió, por primera vez con esa bola de huercos, el páramo chihuahuense, tirando bala, reventando cráneos de chuchos nomás por intimidar, por perfeccionar el tiro. Recordó la adrenalina y el poder que le confiaba el arma, pero también el horror de la sangre caliente, salpicada en el rostro, del cachorro que no quiso tronarse porque lo vio a los ojos, pero que otro, un ojete jijo de puta, sí se reventó cuando Maximiano pretendió dejarlo libre. El recuerdo lo llevó al hoyo donde yacía muerto un niño y supo que no volvería a disparar un arma. Entonces se arrancó para Xalapa.
Por Angélica Ponce