El duende de la lavadora

Cuando Mariana me habló de los duendes de la lavadora no pude hacer otra cosa que reírme. Ella lloraba porque no encontraba una de sus calcetas favoritas. Me dijo que había cumplido con todo el ritual que había establecido con uno de ellos. No había fallado ni un día. Lo había surtido de trapos de colores brillantes y, además, le había dejado una ofrenda de caramelos en la repisa de la sala, muy cerca del televisor. No le conté que yo los había encontrado y me los había comido.

Lo que sí le dije es que eso de los duendes eran cuentos para niños y ella y yo estábamos más que grandecitas para creerlos. Muy seria y con su mirada inquisidora, me retó a que le explicara por qué había calcetines impares después de que el ciclo de lavado terminara, si ella había contado cada par. No supe qué responder. Mariana dio media vuelta y se fue.

Antes de que viviéramos juntas y compartiéramos las labores domésticas, menos el lavado de ropa, yo descompleté varios pares de calcetines. No le di importancia. Las pérdidas las atribuí a distracciones mundanas. No soy meticulosa.

Mariana es mi opuesto. Ella separa la ropa por color, telas y hasta prendas. Casi podría jurar que tiene inventariado su guardarropa y lleva un registro de cada prenda que sumerge en las cavernosas profundidades de agua jabonosa. No es de sorprender que la desquicie la sinrazón de los impares. Aún así no me imaginé que se tomara en serio lo de los duendes roba calcetines.

Pocas veces discutimos Mariana y yo. Aunque he de reconocer que nuestras peleas siempre están relacionadas con mi desorden en áreas comunes. A mi habitación no entra. Dice que no tolera mi caos. Yo, casi siempre, estoy metida en el suyo. Es tan ordenado y bonito que es como si vivieras en un catálogo o revista de decoración de interiores. Me gusta mucho. Ahí duermo cuando se va de viaje. Casi siempre lo tolera.

Después de que estalló el asunto de los duendes dejó de hablarme por tres días. Como disculpa, le compré un par de coloridas medias deportivas y una botella de su gin favorito. A regañadientes me perdonó. Pensé que olvidaríamos el tema luego de unos tragos hasta que me preguntó por qué no le creía. Guardé silencio unos segundos, intentando pensar en una respuesta que me sacara del apuro sin lastimar sus sentimientos.  

Para mi suerte, Mariana continúo hablando. No esperaba realmente mi respuesta, quería que entendiera su desazón y que le ayudara a desentrañar el misterioso rapto de su calceta favorita, que le dijera qué había hecho mal u omitido en su trato con los duendes.

Solo atiné a preguntar cómo había establecido el acuerdo. Me contó que había sucedido cuando se mudó a Ciudad de México. Su familia es de Huasca de Ocampo y el día que dejó su hogar, supo que no lo había hecho sola. Había encontrado, entre sus calcetines, un pequeño duende de cerámica. Mariana estaba segura de que lo había guardado en alguno de los cajones del clóset, pero no volvió a verlo. Con el tiempo lo olvidó, hasta que una noche lo soñó. En ese estado onírico, mientras jugaban en el bosque, el duende confesó que gustaba de los calcetines y los dulces, también de robar cosas brillosas y, de vez en vez, recién nacidos de aquellos que incumplían con sus demandas. Esto último asustó mucho a mi amiga, no supo cuándo ni cómo es que ella debía cumplir con los caprichos de ese pequeño ser. El duende se mofó de ella y le dijo que no tenía que preocuparse si cumplía con un insignificante rito, además, él no era un abusivo ni un ingrato, afirmó.

“Me mudaré a la lavadora
y ahí viviré solito.
Si haces bien lo que te pido,
y dejas telas brillosas en trocitos,
más unos ricos dulcecitos,
nunca perderás un calcetín ni un hijo.
A cambio, cuidaré de tu cartera
para que no le falte billetito.”

Al principio, Mariana no se lo tomó en serio hasta que perdió un calcetín en el ciclo de lavado. Lo buscó por todas partes sin éxito. Luego perdió el anillo de bodas de su abuela y más tarde su trabajo. Lloró durante semanas su suerte. Una noche volvió a soñar al duende, estaba sentado en un tronco dándole la espalda. Ella lo llamó. Él la ignoró. Ella buscaba mirarlo a los ojos y disculparse, pero él siempre se giraba. Así pasaron tres semanas.

Mariana estaba por rendirse, cuando recordó que se había ido a la cama con una bolsa de lunetas. En el sueño, fue a sentarse a las espaldas del duende, metió la mano en el bolso derecho del pijama y sacó las chocolatinas de colores. Comenzó a comerlas. El olor a dulce inundó el espacio, el duende no resistió y volteó a verla. Ella se giró dándole la espalda, escondiendo las lunetas, pero sin dejar de comer. Él suplicó por una. Hicieron las pases y retomaron su pacto. Las cosas funcionaron por varios años, hasta que aparecí yo y me comí los dulces de la ofrenda. Tuve que confesárselo a Mariana. Pensé que se pondría furiosa, pero me miró con lástima y un brillo de petulancia.

“Así que ahora me crees”, dijo. “Me alegro y no. Me libraste del duende y eso me hace feliz. No sé cómo me lo traje de Huasca, pero ya no tengo que preocuparme por hacer ofrendas, ni perder un hijo. Cuando te comiste sus dulces, él se fijó en ti y querrá vengarse. Ahora tienes una deuda y deberás arreglarte con él. Lamento que la mala suerte te haya alcanzado. Procura verlo pronto en tus sueños, porque la pérdida de un calcetín es solo el principio…”.

Me aterré. “¿El principio de qué?, ¿de mala suerte?”, le pregunté a Mariana, pero ella solo me abrazó, besó mi frente y me dijo: “ojalá solo fuera pobreza o el rapto de tu primer hijo, pero he oído que le gusta vestir de piel y que desollar es su deporte favorito”.

Por Angélica Ponce