
Mis desgracias comenzaron con la muerte de mi abuela, a quien se le ocurrió morirse una semana antes de que yo tuviera mi sepelio. Hasta el último de sus días se empeñó en boicotear mis planes. Tal vez por eso no sentí pena, al fin y al cabo, no debía morirse, era yo quien tenía que estar en ese féretro. Pero siempre tan obstinada, se había salido con la suya y mis honras fúnebres eran, ahora, las de ella.
Yo tenía planeada mi muerte desde hacía tres años, y pese a la edad de mi abuela, nada hacía suponer que se iría primero. Todo fue tan rápido y estúpido. No hubo problemas de salud. Fue culpa de un maldito jabón.
Eran las 11 de la mañana. Mi hermana Carmen y su pequeña hija Mariana habían ido a visitarla, pero mi abuela, siempre deprisa, las arrastró hacia el tianguis antes de que cruzaran la puerta. El mandado no podía esperar y menos ella, que se había inventado un romance con un joven carnicero al que sólo veía una vez por semana, y con el que aseguraba se lanzaba mórbidas miradas y uno que otro toqueteo. Y como el amor era su prioridad, ni siquiera pensó en cambiar de planes.
Casi corriendo, una Carmen sofocada no paró de quejarse, mientras una divertida Mariana veía refunfuñar a su mamá Nana, por la lentitud de su nieta, que apenas las alcanzó cuando la anciana y la niña ya pagaban un kilo de retazo con hueso y tres cuartos de kilo de bistec, entre risas y piropos del carnicero. Carmen no concebía el cuadro y no paró de hostigar a la abuela, hasta conseguir su enfado. Mi orgullosa abuela tomó a Mariana de la mano, dio media vuelta y dejó a mi hermana vociferando con la bolsa de mandado y pagando otra cuenta.
Tras varias vueltas, evadiendo a mi hermana, Mariana se cansó y quiso regresar con su madre, pero mi abuela se negó. Los gritos y jaloneos comenzaron. El saldo en la senil piel: una mordida y rasguños en manos, más un par de cardenales en pantorrillas. Y en la niña: un bofetón en la mejilla. Más deprimida que cansada, mi abuela se dejó encontrar por Carmen, besó a la sollozante niña para despedirse, y la intercambió por su bolsa de mandado. No se dejó acompañar a casa. Carmen y Mariana sólo la vieron alejarse.
Nada más llegó, hizo lo de siempre, guardar meticulosamente su despensa. Comenzó por la carne, luego los lácteos, las verduras, las frutas y las semillas al final. La noté triste y magullada. La dejé hacer sin chistar. Ni siquiera peleó conmigo por hurtar su chocolate y no recoger las migajas de la mesa. Hasta se negó a hablarme de su romance. De pronto no tenía ganas. No insistí. Terminó sus tareas. Me dio de comer y salió al patio a hablar con La Chabela, su enorme y frondoso palo de Brasil. La espíe un par de minutos hasta verla regresar, entonces corrí a arrellanarme en su sillón favorito, tomando una revista para disimular mi interés por su día y sus humores, pues sabía que solita hablaría, y lo hizo, contándome su molestia con Carmen y su decepción con Mariana. La compadecí. Aunque sólo por unos momentos, porque fue entonces cuando habló de suicidarse.
No podía creer lo que escuchaba. Mi abuela ¿suicida? Definitivamente se volvió loca –pensé-, pero aún así guardé silencio, intuyendo que se trataba de una broma o una estrategia que se había inventado para persuadirme de mi propia muerte. Seguro había averiguado mis planes, mi deseo de morir. Eso era… la muy… No conforme con obligarme a vivir con ella, tras correr a mi abuelo, ahora quería arrebatarme mi futura libertad. ¡Vaya descaro! Me levanté indignada. La besé en la frente y la dejé sola. Tenía que pensar. Ella sonrió extrañamente.
Al salir de casa, llamé a mi madre. Ella o mis hermanos, Carmen o Marco, tendrían que hacerse cargo de la abuela. Esa noche yo dormiría fuera y tal vez, sólo tal vez, también los dos venideros días. No di explicaciones. Encendí un cigarrillo y caminé largo rato antes de llegar al hotel. Estaba aburrida. Agotada.
Recordé que diseccionar la vida de los demás dejó de brindarme placer, cuando el drama tocó a mi puerta con un maletín, un perico y no sé cuántos sueños rotos envueltos en senectud. Mi abuelo necesitaba un lugar donde dormir, donde vivir, aunque entonces, ninguno de los dos sospechó que sería para siempre. Que mi abuela lo echara de casa por negarse a comer una sopa, lo sorprendió tanto como a mí. Desconcertado, apenas tuvo tiempo de empacar algunas cosas y salvar a su parlanchina mascota, pues mi abuela amenazó con despellejarla viva si se atrevía a vociferar. El mismo Pepe, debió intuir que moriría feamente si emitía sonido alguno, porque contrario a su costumbre cerró el pico y así dejó que mi abuelo completara los preparativos del exilio.
Hechos una piltrafa llegaron a mi casa y me empapé de los detalles más ínfimos de la ruptura, mientras le cedía mi recámara al abuelo y a Pepe. Un drama nacido de la nada, de la cotidianidad: que si el tubo de la pasta de dientes mal tapado, que si los calzones botados en el sofá, que si la gotera tintineante por años, que si lo gases acumulados entre las sábanas, que si la calvicie, que si la incontinencia, que si Pepe, que si… que si…
Al escucharlo por días, semanas y meses, comprendí porque lo había dejado mi abuela; estaba harta. Quería algo diferente y mi abuelo le estorbaba. Ella sola había rejuvenecido, sonreía y coqueteaba con el mundo. Y yo que amaba mi libertad, mi soledad, ahora tenía en casa al peor roomie y, junto con él, a la flotilla familiar entrando y saliendo para consolarlo y solapar su tristeza. Entre idas y venidas de chismorreo, mentirillas piadosas e insignificancias sobre la mujer que ahora era mi abuela.
Dejé mi casa en poder de mi abuelo, Pepe, mi madre y mis hermanos. So pretexto de cuidar a la loca de mi abuela, me mudé con ella y me hice del cuarto de invitados. En general, la pasábamos bien. Ambas respetábamos nuestra individualidad. Entonces cometí el error de retomar mi deporte favorito: juzgar la vida de los demás. Inmiscuirme en las entrañas de los actos de los otros, de pronto ya no me satisfizo. Todo eran nimiedades. Truculencias inexistentes, inventadas por vanidad. Pronto perdí el interés. Fue cuando comencé a pensar en la muerte. Si la vida era tan insoportablemente fútil, soporífera, quizás sentir como se escapaba, verla diluirse valdría el sacrificio de morir.
Aunque, para ser sincera, en un primer momento no pensé en morir yo. Quería alcanzar el nirvana viendo “partir” a otros. Pero como soy una buena católica, apostólica y romana, no podía convertirme en una asesina serial y andar cazando gente para mirar de cerca a la muerte; así que opté por deshacerme de animalitos. Y por supuesto que empezaría con Pepe, pero tampoco pude. Apenas lo abordé, chilló tanto que me desgarró los oídos, y entre arañazos y picotazos me desarmó en un instante. Me asustó tanto, que me persuadió de intentar eliminar a cualquier ente vivo, más grande que un perico. Y como ya había matado moscas, arañas, hormigas y gusanos, sin sacar ninguna conclusión sobre la muerte, decidí experimentarlo en mi persona.
En la habitación del hotel, vi un poco de televisión. Luego repasé el programa que diseñé para mi muerte. Lo primero era quitarme la vida, y para ello había contratado a un sicario, así no sería excomulgada, ni sufriría el incordio de morir lentamente con las muñecas sangrando, o ahogada con mi propio vómito y la cabeza metida en un retrete. Mi desaparición tendría tintes de novela policíaca. Vendrían las investigaciones, la autopsia y la entrega de mis restos. Carmen —que era la única que sabía que había comprado un servicio funerario— llamaría a la funeraria, que de inmediato se haría cargo de los engorrosos trámites, la tétrica e infaltable misa, los arreglos florales y hasta el finísimo detalle del mariachi, así mi familia sólo se dedicaría a llorarme. Sería perfecto. Cerré los ojos y me quedé dormida, sin saber que a la mañana siguiente perdería mis sueños.
Recibí la noticia sin demasiada sorpresa. Absurdamente no sentí angustia, ni pena por mi abuela, ni siquiera un poco de dolor, pero sí enojo por transferirle mis beneficios funerarios.
Durante el camino sólo pensé en mi atuendo. Qué tipo de outfit era el más adecuado: ¿pantalones o vestido?, ¿tacones o mocasines?, ¿y el maquillaje, debía usarlo?, tendría que ser a prueba de agua. Dudé.
Llegué a casa y ya la carroza se había llevado a mi abuela. Sólo me esperaban. Mis hermanos y mi madre estaban con mi abuelo. Me sentí culpable de verlos. No saludé a nadie y subí a mi cuarto a cambiarme.
No sé cuánto tiempo llevaba Carmen observándome desde la puerta. Se veía mal. Apenas la descubrí, intentó sonreírme, caminó hacia mí y se sentó en la cama, cruzando su brazo derecho por mi espalda, mientras yo terminaba de ajustarme las medias. Fue horrible sentir su dolor, pero fue peor no compartirlo.
—Lo siento mucho. Sé que estás sufriendo. No es tu culpa, fue un accidente— de pronto dijo.
—¿Mi culpa?, ¿un accidente? —pensé.
—Ella estaba sola, pero no es tu culpa. Marco la encontró, pasaría la noche con ella. No tienes que ser fuerte. Llora, te hará bien…
—¿Fuerte?, ¿llora? Yo no estaba siendo fuerte, así que pregunté: ¿cómo murió?
—¿Cómo?, ¿mamá no…?
—No, sólo dijo que viniera porque la abuela estaba muerta y colgó. Luego tú llamaste para arreglar el funeral con mi póliza. No sé más.
—Creí que… —señaló Carmen muy mortificada por tener que contarme lo sucedido—. Ella era una mujer grande y a su edad les pasan todo tipo de cosas, lo sabes, ¿verdad? —asentí—. Y sólo Dios sabe por qué hace las cosas. ¿Me entiendes? —volví a asentir, sintiéndome cada vez más estúpida por la preocupación de mi hermana ante mi silencio—. Estaba tirada en la cocina. El forense dijo que se había ahogado…
—¿Se ahogó?, ¿cómo pasó?, ¿con qué? —pregunté.
—Con un jabón, bueno…
—¿Con jabón?, —ahora sí estaba sorprendida—. Es una broma, ¿verdad, Carmen?
—No, no es ninguna broma. Según la autopsia se tragó parte del plástico del jabón. Tal parece que no controló la bolsa del detergente cuando intentó abrirla con la boca; aspiró el jabón y en su intento por jalar aire se tragó el plástico que le obstruyó la garganta.
—Vaya, así que no se suicidó…
—¿Cómo? —preguntó mi hermana.
—Digo, que seguro sufrió.
—No, el perito dijo que fue una agonía muy breve, y yo quiero creerle.
No hablamos más. Me puse los zapatos, y bajamos a la sala para vivir el funeral que había dejado de ser mío. Pude llorar. Ha pasado una semana y posponer mi deceso habría significado otros tres años de arduo trabajo, y nadie me garantizaría que a alguien más no se le ocurriría morirse, por eso seguí adelante. Me morí. No como quería ni como merecía, pero qué más da. Mi abuela se ve radiante. Sonriente me recibe. Y descubro cuánto nos amamos.
Angélica Ponce