El gólem y el Mustang 3

Segunda parte

Héctor y yo supimos que habíamos llegado al lugar correcto cuando vimos huir a decenas de personas. Un incendio arrasaba una pequeña comunidad de casas de cartón. Olía a petróleo, a pasto quemado y almizcle. Entre el humo renegrido, cenizas, gritos y empujones, un anciano vociferaba la destrucción del mundo. A sus espaldas el gólem se abría paso derribando vigas.

No intentamos acercarnos. Ahora que sabíamos dónde estaba y qué hacía el monstruo, decidimos vigilarlo y trazar un plan para exterminarlo. No podíamos atacarlo de frente. Aunque lo sorprendiéramos, estaba acompañado y no sabíamos si eso significaba un peligro adicional o era solo un obstáculo.

Subimos al coche de la mamá de Héctor para escondernos y mirar. Lo robamos de su casa para seguir al gólem, apenas nos dimos cuenta que el Mustang había desaparecido. Cuando rodeábamos el desastre, en medio de un campo de terracería descubrimos el auto de mi papá. Quise recuperarlo o al menos verlo de cerca, pero Héctor me detuvo. “Ya habrá tiempo”, dijo.

Mientras, esperábamos a que el fuego menguara. Vimos al viejo y al gólem acometer contra lo poco que quedaba. El monstruo de arcilla era cada vez más alto y más fuerte. Sin embargo, el hombre era más aterrador. No solo por su aspecto desaliñado, ni por sus gritos, amenazas e insultos. Su rostro estaba desencajado y sus ojos eran los de un maníaco.

Cuando se percataron de que no quedaba nada vivo o de pie. El viejo se acurrucó entre los brazos del gólem, que yacía sentado mirando los restos de su obra. Aunque algunas brazas todavía crepitaban, ambos estaban en paz. Parecían dos sobrevivientes de un naufragio mirando el barco hundirse.

No sé cuánto tiempo pasó, ni en qué momento Héctor y yo nos quedamos dormidos. Nos despertó el motor del Mustang. El viejo echó a andar el carro sin el gólem, pero no llegó muy lejos. El monstruo apareció de la nada y arrancó al hombre del auto, junto con la portezuela del conductor. Sentí como si me hubieran arrancado una pierna. Mis padres iban a matarme. Me escurrieron lágrimas de impotencia y dejé escapar un gritillo.

Creo que me escuchó el gólem y dejó de destrozarle el cráneo al viejo. Levantó la portezuela y corrió a alcanzar el Mustang, que iba directo a estrellarse contra unos matorrales. Cuando lo detuvo, ambos descansamos. Sé que el monstruo no tenía expresiones faciales, pero podría jurar que sonrío tras salvar el auto.

Héctor y yo seguimos expectantes los movimientos del gólem. Lo vimos regresar a los escombros y hurgar entre ellos, luego volver con herramientas hasta el Mustang. Le devolvió la puerta y acarició la cicatriz de pintura roída. Se subió al auto y se enfiló hacia la carretera. Fue difícil mantener la distancia sin delatarnos. He llegado a pensar que siempre supo que estábamos detrás de él, pero no le importó.

Poco a poco fui identificando el camino, íbamos rumbo a la playa donde lo había creado. Me asusté mucho pensando que destrozaría el pueblo y el hotel donde había pasado las mejores vacaciones de mi vida. Sin embargo, evitó a la gente y llegó hasta una de las playas más apartadas. Estacionó el auto y camino hacia el mar. Se sentó en la arena y ahí se quedó muy quieto.

Héctor y yo seguíamos sin un plan para acabar con el monstruo. Debíamos improvisar algo y pronto. Todas las ideas que cruzaron por nuestras cabezas parecían absurdas. Ni siquiera llevábamos un gato hidráulico o una llanta de refacción. Cuando escapamos tras el gólem, nunca se nos ocurrió armarnos con algo. Salvo una lámpara de mano y un destornillador que encontramos en el coche de la mamá de Héctor, no teníamos nada.  

Mientras le dábamos vueltas y más vueltas a nuestros planes. Dos niñas corrieron rumbo al monstruo, llevaban una mascada, unas gafas de sol y un sombrero en la mano. Cuando las vimos, no pudimos ni gritar ni detenerlas. Nos paralizamos del terror cuando las niñas se abrazaron del humanoide y tras darle varias vueltas entre cantos y danzas lo vistieron con los accesorios. El gólem siguió tan quieto como nosotros. Se dejó hacer por las pequeñas, que se alejaron tan pronto como llegaron. Aliviados, mi amigo y yo nos dejamos caer en el suelo.

Había sido una idea estúpida seguir al gólem sin armas y sin plan. Nos resignamos junto con el monstruo a dejar pasar la tarde, hasta que algo ocurriera. Cayó la noche y nada pasó. El gólem seguía sin moverse. Héctor y yo tomamos turnos para dormir y vigilarlo. Cuando me tocó el turno no resistí acercarme el Mustang, salvó la abolladura de pintura el auto estaba en buen estado. Luego, no pude contenerme y me acerqué al gólem. Parecía dormir, pero no me atreví a tocarlo. Volví por mi amigo.

Cuando Héctor intentó tocarlo, el monstruo le detuvo la mano. Yo intenté zafarlo, pero cada vez era más fuerte y más sólido. Sin embargo, al intentar levantarse de la arena, las piernas se le quebraron. Durante el tiempo que había permanecido sentado en la playa, el agua del mar había bañado sus extremidades creándole costras de sal que, con el frío de la noche, las había cristalizado, impidiéndole sostener su peso. La criatura bufó al darse cuenta de lo que pasaba y soltó a mi amigo. Mientras, yo introducía mi mano en su boca para hacerme del shem. No sé muy bien cómo lo hicimos, pero resultó. El monstruo cayó de golpe partido en dos. Eso me dio una idea: corté el shem en dos partes e hice que Héctor se tragara una mitad y yo la otra.

Volvimos varios días después a casa, porque Héctor tuvo que aprender a manejar para conducir el auto de su mamá y yo el Mustang. Todos nos buscaban, incluido mi papá. Aunque él siempre juró que Héctor y yo nos fugamos solo porque sí, como una travesura de adolescencia. Nadie nos creyó que habíamos salido a cazar un monstruo.

FIN

Por Angélica Ponce

Primera parte

Segunda parte