
No hay dolor más gratuito
que el de las muelas del juicio.
Cuando son incipientes
empujan los dientes
y desequilibran la mente.
Con dolor punzante y corrosivo,
atormentan cachetes,
mordiendo la mucosa yugal.
También revientan encías,
hasta hacerlas sangrar.
Tan inútiles son estos molares,
de aparición tardía,
que no sirven para moler ni para triturar.
Son tortura de dentistas,
y sueños húmedos de cirujanos maxilofacial.
Aferradas, estridentes e insumisas,
las muelas del juicio
llegan en pares a martirizar,
y la cara, si te dejas, a deformar.
Inferiores o superiores, te las tienen que sacar.
Por Angélica Ponce