
“Cuando nombras a una criatura, sea humana
o gallina, puerca o yegua, le confieres una
identidad, una dignidad, un espacio en el mundo:
junto al nombre se regala un tiempo y un derecho
a elegir sobre el propio cuerpo.”
-Elaine Vilar Madruga, en El cielo de la selva
Amo la carne, pero odio tener cualquier tipo de interacción con el futuro filete. Traumas de infancia y adolescencia. Soy incapaz de comerme el pollo, guajolote o puerquito que viera correr minutos antes de caer presa de un cuchillo y terminar en un cazo.
Prefiero lo impersonal del empaquetado desde que un pollito que tuve de niña, terminó en un consomé. Mi madre sigue negándolo, pero sé que lo cocinó y casi me lo como. El pollito tenía toda la mala suerte del mundo, pero también tantas vidas como los gatos. Llegó a mi casa con seis de sus hermanos, que tuvieron fines distintos.
Se llamaba Tontín, era el más pequeño y feíto de todos. Lo adopté. La primera muerte que salvó fue de moquillo. Apartado del resto, lo cuidé y alimenté hasta que estuvo listo para su siguiente encuentro con la parca, cuando casi se ahoga en una pileta. El zonzo andaba correteando por el patio y en un fallido intento de vuelo se precipitó al agua. Mi madre lo rescató apenas a tiempo. Todo ñengo y con las plumas escurridas hubo que vigilarlo por días y noches, y volverlo a alimentar en el pico. Parecía que no la libraría.
Pasaron varios meses sin un nuevo incidente hasta que uno de mis hermanos lo aplastó con una maceta, sacándole las vísceras. Fue un accidente. Mientras nos correteábamos, el pollo zigzagueaba entre nosotros. Alejandro chocó con una azucena y se la tiró encima a Tontín. Pensé que lo perdía. Mi madre lo levantó y con cuidado le regresó el triperío por el pico. La naturaleza hizo el resto. Se salvó.
Conforme crecía Tontín, sus hermanos iban abandonando mi casa. Casi todos terminaron en Temoaya, Estado de México. No sé si en consomé, en mole o corriendo libres por el campo hasta la vejez. La verdad es que tampoco me importó averiguar qué fue de ellos.
Mis padres veían con preocupación como sus plantas eran picoteadas y su jardín convertido en un cagadero avícola, sin los beneficios económicos de la crianza para venta. Reconozco que no ayudaba en el cuidado del mío, así que fui advertida. Hice caso omiso. Un día cualquiera, entre semana, cuando regresé de la escuela y me senté a comer, había consomé de pollo. Apenas le di el primer sorbo, recordé que no había visto a Tontín y salí disparada a buscarlo en el patio. Su corral estaba vacío y el pollo no apareció por ningún lado. Entré furiosa a la cocina a reclamarle a mi madre, pero fui incapaz de articular palabra. Vi la olla de consomé y solo atiné a llorar y llorar y llorar. No quise comer. Más tarde mi madre me dijo que Tontín se había ido a Temoaya, con uno de mis tíos que había pasado por él. No le creí. Dejé de comer pollo por varios meses.
Maribel es un año más joven que yo. Durante muchos años fue hija única. Silvano y Alicia, sus papás, eran como mis otros papás. Con frecuencia nos cuidaban a mí a mis hermanos. En ese entonces mi tío viajaba mucho. Siempre ha sido comerciante. En una de sus vueltas a Hidalgo nos llevó a mi hermano Mauricio, a Maribel y a mí a un rancho. Llegamos alrededor de las 4 de la tarde. No habíamos comido nada desde el desayuno. Cuando le dijimos a la anfitriona que moríamos de hambre, luego de regañar a mi tío y mandar a su marido por unos refrescos, dijo que nos prepararía de comer un guajolote en molito. Fui muy feliz hasta que preguntó quién quería ayudarle a desplumar al güilo. Yo me paralicé viendo como paseaban las aves sin sospechar nada. Mi prima y mi hermano levantaron la mano. Entusiasmados atraparon y ayudaron a degollar al pavo. Yo me senté a llorar. Cenamos alrededor de las 7. Solo recuerdo que tragué cada cucharada de mi comida sin masticar.
No tengo un afecto especial por los cerdos, aunque su carne es deliciosa. Casi tanto como la de res. Mis padres decidieron que darían carnitas en mi fiesta de XV años. Lo que no me dijeron fue que el cerdo llegaría vivo a mi casa. Aunque no pasó mucho tiempo en el jardín, ni me encariñé con él o le puse nombre. No pude comérmelo. Olía riquísimo, eso sí, pero apenas pensaba en él se me iban las ganas de probarlo. Lo único bueno fue que no sobró nada. Todos los invitados fueron felices.
Por Angélica Ponce