El testamento

Además de mi padre, mi abuela tenía seis hijos más y quince nietos. Nada indicaba que yo heredaría su casa. Nunca fui su nieta favorita ni la más cercana. En los últimos meses, cuando la visitaba apenas recordaba mi nombre y de quién era hija. Todos nos sorprendimos cuando se leyó el testamento. Mis primos me odiaron, especialmente Susana y Tonatiuh; también mis tíos. Incluso, alcancé a ver en mi papá un dejo de resentimiento cuando me nombraron a mí y no a él.

Mientras se repartían objetos varios, dinero, alhajas, guajolotes, borregos y cerdos, la notaría parecía romería. Aunque hubo algunas muecas y envidias tras las asignaciones, todos aceptaron la voluntad de la abuela cuando se dieron cuenta de la omisión de mi nombre, junto con los de Susana y Tonatiuh. Solo quedaban un terreno para siembra, un tractor y la casa que, todos juramos, serían para ellos. Entre murmullos y a hurtadillas me miraron con lástima. Fue muy incómodo. Yo no esperaba nada. Sabía cuál era mi lugar en el corazón y la mente de mi abuela: ninguno. Sin embargo, me sentí humillada.

Cuando le dieron el terreno a Susana, la cara se le descompuso. Sus pequeños ojos comenzaron a perderse en sus regordetas mejillas, que crecían y crecían entre resoplidos, poros y venillas rojas. Tonatiuh fue incapaz de ocultar su alegría, el desconcierto y enojo de la prima no hizo más que avivar su optimismo. Erguido y sacando el pecho tras escuchar su nombre, espero a que le dieran algo más que el tractor. Como no pasó, envalentonado preguntó si no había algo más. Fueron los segundos más largos que Susana y él experimentaron. El notario revolvió papeles y repasó su lista de bienes. “No hay nada más para usted, joven”, dijo antes de retomar el cierre de la lectura.

Vi a un Tonatiuh incrédulo fundirse con la silla y a una Susana recuperarse. Mi prima, de golpe, cortó su soponcio. Sus ojillos se abrieron como platos, expectantes y esperanzadores. Regresaba a la jugada. Había renunciado a su vida para cuidar a la abuela, cuando ésta se rompió la cadera y perdió su independencia. Ni sus hijos, ni Tonatiuh -que era el consentido-, ni ningún otro de los nietos, lo hicimos. Era lógico que la casa fuera para ella, pensamos. Hasta ese punto, yo era la única que se iría con las manos vacías. Entonces, sucedió. Mi nombre fue pronunciado y junto con él la palabra casa. Susana se derrumbó. La vi derretirse. El ambiente perdió su júbilo y se volvió rancio. Mi familia enmudeció. A todos nos asaltaba la misma pregunta: ¿por qué a mí?

Primero escuché murmullos, luego griterías que argüían demencia senil y embrujos. Pensé que mi padre se pondría de mi lado, pero ni a él le parecía justa la decisión de mi abuela y se justificaba frente a sus hermanos y sobrinos, mientras me exculpaba. Mi familia hablaba de mí como si yo no estuviera. Borró mi presencia y con ello mis ganas de rechazar la herencia. Cuando se hartó el notario del cacaraqueo lo interrumpió, argumentando que tenía que dar fin a la lectura y comenzar con los trámites de cesión de derechos, así como los tiempos de entrega física de los bienes.

Mi tía Rosa preguntó sobre la fecha del testamento, dijo que tenía un papel firmado por mi abuela, recientemente, donde se estipulaba que la casa sería para Susana, su hija. Mi tío Pedro rezongó, él también tenía un documento que afirmaba que era para Tonatiuh. Empezaron a discutir y a acusarse de manipulación. Con un golpe en el escritorio, el notario detuvo la pelea.  

– Señores, podemos hacer esto tan difícil cómo quieran. Todos están en su derecho de impugnar, solo sepan que el único documento válido firmado por doña Silvana deberá ser posterior a este y contar con el aval de otro notario, para que sea aceptado en un juicio de anulación. Mientras corren las investigaciones y la validación del documento, los bienes serán devueltos o retenidos, y resguardados hasta la resolución del juez.
– ¿Eso solo incluye a la casa, verdad, licenciado?-, preguntó mi prima Rita, la nieta mayor de las mujeres.
– No, señorita. Todo quedará embargado, así sea un chivo o un centenario.
– Pero, yo sí estoy de acuerdo en lo que me dejó mi mamá -dijo Luisa-, ¿por qué no podría disponer de mi herencia si solo está en duda la casa?
– Porque al poner en duda una cosa se está desestimando la voluntad o la salud mental de Silvana.

Nunca había visto cuánta indignación y recelo pueden generar las herencias. Lo que comenzó como un rechazo generalizado porque yo recibiera la casa de la abuela, de pronto se convirtió en la formación de bandos, donde una parte de mi familia quería ver qué más podía sacar de una impugnación, y la otra recibir lo que les habían asignado. Fui divertido ver cómo se olvidaban nuevamente de mí y comenzaban a pelearse entre ellos, solo sentí un poco de pena por mi abuela. Les importaban más sus cosas que lo que ella había deseado hacer con estas. Dudo que se imaginara este escenario.

Con un nuevo golpe en la mesa, el notario regreso a mi familia al orden.

– A reserva de que se pongan de acuerdo en impugnar o no. Los bienes les serán entregados la próxima semana. Mi asistente les entregará la notificación. Si refutan, los buscaremos para que todo quede bajo resguardo. Basta que una persona esté inconforme y demande para proceder legalmente. Mi recomendación es que lo platiquen y tomen una decisión consensuada. Buenas tardes, señores -dijo el notario e intentó abandonar la sala, pero Nacho lo detuvo.
– Disculpe, licenciado, quiero insistir en la pregunta de mi tía Rosa. ¿De cuándo es el testamento? Quisiera saber si lo hizo cuando estaba bien o…
– O si ya presentaba algún grado de demencia senil, ¿cierto?
– Eh, s-sí-, remató titubeante y apenado, el hijo de mi tío Juan, quien había heredado un centenario y dos guajolotes.
– El testamento fue redactado y firmado en 2013. Diez años antes de la fractura de Silvana. Desde entonces y hasta 2022, lo revisamos y ratificamos año con año. En 2023, tras su accidente y considerando su edad, tu abuela decidió proteger sus deseos de su propio deterioro físico y mental, así como de cualquier manipulación o chantaje de terceros. Me ordenó, en mi calidad de notario y salvaguarda del cumplimiento de su voluntad, que cualquier documento posterior a este, que no llevara el aval de su médico y de su abogado, fuera anulado.
– Gracias, licenciado-, remató mi primo.
– Buenas tardes, señores-, volvió a decir el notario y se marchó.

Salí detrás de él, dejando a mi familia en la sala. Antes de llegar a la calle, su asistente me llamó y me entregó un sobre. “Es de tu abuela -me dijo, guiñando un ojo-. Pidió que te lo entregáramos cuando estuvieras sola. No sé qué contenga, pero te sugiero que lo averigües fuera de aquí”.  

Sofía, mi novia, ya me esperaba. Me besó y me preguntó si iríamos a la casa de mis padres. Negué con la cabeza.

– Voy a llevarte a visitar a Silvana, dije.
– ¿A quién?, preguntó Sofía.
– A mi abuela.
– Pero está muerta, ¿no? Y te odiaba, ¿no?
– Sí, está muerta. Y, no, creo que no me odiaba. Me dejó su casa…
– ¡¿Qué?!

Subimos al auto y condujimos hasta el cementerio. Ahí visitamos la tumba de mi abuela y Sofía me leyó su carta. Descubrí que mi abuela me amaba y que estaba orgullosa de mí, por eso me había dejado la casa. A Silvana no le gustó que mis padres me dieran la espalda cuando les conté sobre mi gusto por las mujeres, tampoco que me fuera sola a Ciudad de México donde no podía cuidarme. Un mes después, cuando reaparecí en el pueblo, pasé a visitarla y me recordó que le dije que pese a las dificultades tenía un hogar, un trabajo y que estaba por inscribirme en la universidad; también que tenía una novia y era feliz. Ese día llamó a su abogado y a su notario, al día siguiente firmó su testamento.

La casa, me dijo en el escrito, era un regalo para que terminara de construir mi futuro. Si la vendía podía asegurarme la compra de un inmueble donde yo quisiera. Si la rentaba, el dinero me serviría como un ingreso extra. Si vivía en ella, podría significar el reencuentro con mis raíces y un apoyo para el desarrollo del pueblo. A mí me tocaba elegir, y ella estaba segura de que lo haría bien, porque tenía el coraje de vivir mi vida.

Por Angélica Ponce