El viajero

Subo al tren. Me dejo caer en el único asiento libre junto a la ventanilla. Apenas reparo en mis compañeros de viaje. No me importan. Deben tener vidas tan grises o más que la mía. Prefiero perderme en las imágenes del exterior y soñar en las historias que se están tejiendo. Una mano me distrae. La veo emerger del bolso de una chaqueta. Miro su dorso. Parece un bosque japonés que, entre venas y cicatrices, entremezcla arbustos enanos con raíces de viejos árboles. Imagino la sensación que obtendría al recorrerlo con las yemas de los dedos. El dueño de la mano, me sorprende mirándola fijamente y pregunta: “¿te gusta?”.

Me sonrojo. No sé qué responder. Me siento incómoda e invasiva, quizás hasta grosera. Pienso en mí, en lo que me generan las miradas fastidiosas. Me avergüenzo de mí misma. El hombre ataja mis pensamientos con una sonrisa y dice: “a mí también me hipnotizan las cicatrices ajenas. A la mía me he acostumbrado, pero me costó trabajo. Al principio, experimenté repulsión. Luego, una fascinación mórbida. Las he visto madurar y han llegado a gustarme. Siento que me dan un halo de misterio. Hoy son muy visibles. El frío robustece las venas y las marcas se vuelven frondosas. ¿Lo ves?”.

Asiento con la cabeza. Doy un repaso, sin prisa, por los pliegues abultados e irregulares de la piel. Los ductos venosos y azules, le imprimen un tono lúgubre y, al mismo tiempo, vivo. Siento nostalgia. Pienso en mis cicatrices. Un par de rajas en las rodillas, por trepar un árbol; una luna menguante sobre la ceja derecha, por una pedrada; una estrella de cinco puntas en el codo, por una caída en las escaleras. Son tan obvias, tan poco estéticas, tan insignificantes.

“¿Quieres saber cómo me las hice? —pregunta el hombre, sin esperar mi respuesta—. Era adolescente. Mi madre me abusaba. No la culpo. Mi padre nos abandonó apenas nací. Ella era casi una niña cuando me parió. Él, un anciano. Se volvió alcohólica para sobrellevar su vida. Una tarde, cuando volví de la escuela, peleamos. Ella planchaba. En un movimiento inesperado, estampó la placa metálica y caliente en mi mano. La cicatrización fue dolorosa y larga. No fue bien atendida y eso provocó los pliegues que ahora ves”.

– ¡Qué terrible! Lo siento mucho, dije horrorizada.
– No lo sientas. Es una historia falsa.
– ¿¡Cómo?! No entiendo, por qué…
– ¿Por qué inventaría una cosa así? En realidad, no soy dueño de la historia que acabo de contarte. Es de alguien más. De un desconocido. Hacía el mismo recorrido que tú y yo hacemos ahora. Igual que a ti, lo sorprendí viendo mi mano. Es curioso el tipo de cosas que se le pueden ocurrir a las personas sobre eventos traumáticos.

Al principio me sentí ofendida. Después tuve miedo. ¿Qué tal si estaba frente a un psicópata y yo sola me había puesto en una situación de peligro? Miré a mi alrededor. Había suficiente gente como para que el hombre no intentara hacerme daño…

“No te inquietes, discúlpame —continúo el hombre—. Juro que no soy peligroso. Faltan dos estaciones para que baje y, si tú me lo pides, me moveré de aquí y te dejaré en paz. ¿Quieres que me vaya?”. Moví negativamente la cabeza. Sentí vergüenza por segunda vez. Estaba siendo infantil.

“Si te conté esa historia fue porque me pareció divertido ver tu reacción. No me malentiendas, lo que pasa cuando descubro que alguien mira mi mano, es que sé que obtendré un relato. Tú misma debes estar escribiendo uno en tu mente”. Volví a negar con la cabeza.

“Es una pena —siguió el hombre—, me habría gustado saber qué hay en esa cabeza. ¿Quieres que te cuente otra historia?”. Dudé por unos segundos y pregunté: “¿es inventada?”. El hombre me hizo un guiño y atajó con otra pregunta: “¿te cuento?”.

Venció mi curiosidad y asentí. Entonces, siguió con el relato. “Trabajaba como soldador en una compañía de Seguros Médicos. ¡Qué ironía!, ¿no crees? El día del accidente hubo en apagón en la central eléctrica del edificio. Fue todo un caos. Mi jefe me envío al área de sistemas, uno de los ventiladores reventó y amenazaba con inundar el cuarto de los servidores. Había que desmontarlo. Lo hicimos en minutos. El problema vino cuando una de las secretarias, distraída con el celular, tropezó con el cable de suministro eléctrico y el ventilador se le fue encima. Para suerte de ella y desgracia mía, logré apartarla pero mi mano quedó prensada por el metal. Se reestableció la luz y por esa maldita suerte que a veces me persigue, un golpe de corriente eléctrica me quemó la piel. Un accidente estúpido”.

Un brillo de enojo cruzó por el rostro del hombre. Por un momento, le creí. Luego, algo me hizo suponer que mentía. Solté una carcajada. Me miró desconcertado y, tras unos segundos de silencio, soltó una risa igual de estridente. “Así que sabes que mentí —dijo—. Bueno, lo cierto es que es una cicatriz de ácido. Soy profesor de química en una escuela secundaria. Uno de mis alumnos estaba jugando y nos estalló un experimento. Él se quemó un pie y yo, la mano. ¿Ves por qué me gusta que la gente me cuente qué se imagina que me pasó? Sus historias pueden ser hasta heroicas. Me habría gustado escuchar la tuya, pero se nos acabó el tiempo, como te dije esta es mi parada. Tal vez otro día coincidamos y pueda escuchar tu relato. Adiós, niña, cuídate”. Se levantó del asiento y salió del tren, metiendo sus manos en los bolsillos de su chaqueta. Caminó hacia una mujer y cruzó algunas palabras con ella. Pensé que la conocía. Las puertas se cerraron y mientras el tren avanzaba vi cómo el hombre le lanzaba ácido a la mujer en el rostro. Hubo gritos y confusión. Nadie lo detuvo, pero podría jurar que me sonrío mientras huía.

Por Angélica Ponce