El vidente

Me contó Francisca que Edgar murió tres veces y tres veces regresó. Por eso puede ver cosas que nosotros no, m’ija -me dijo-. Es un muchacho muy raro. ¿Te has fijado que la bolita de su ojo izquierdo desaparece algunas veces, como si se le fuera pa’ dentro? A mí me da harto miedo. A ti, ¿no? El otro día le pregunté qué le pasaba cuando su ojito se le iba a blanco. Me dijo que un tal Higinio se lo llevaba a ver el futuro. ¿Te imaginas? Yo pensé que era una clase de enfermedad o que tenía un ojillo travieso, pero nunca me imaginé que fuera un espíritu comunicándose con él. Aunque eso no es lo peor. Lo peor es que el mentado fantasma se le aparece para anunciar alguna desgracia. ¡El muy maldito! Porque eso pasa, m’ija. Cuando al Edgar el ojo se le va de paseo está mirando de cerquita a la muerte. ¿Te acuerdas cuando tembló y se cayó la torre de la iglesia aplastando la casa parroquial? Pensamos que el cura había pasado a mejor vida y resultó que no, andaba todo muy cuco visitando el pueblo vecino. Y ¿te acuerdas quién sí fue acogido por la Santa Gloria? Ajá, Lucho, el hijo de doña Lola. Estaba re’ joven. Yo había visto a Edgar dos días antes de que la desgracia alcanzara al pueblo. Me dijo que la tierra andaba toda briosa y necesitaba descargarse, que la vería zangolotearse como rumbera. La imagen me dio mucha risa, me acuerdo bien. También me contó que perderíamos a Lucho. Se lo había enseñado el muerto, entre escombros de un jacal todo quebrado. No le creí. Aquí jamás había temblado. Ninguno de nosotros sabíamos que era eso ni cómo se sentía. Recuerdo que ni cuando explotó la mina de Torreblanca se cimbró así de feo, la verdad. Además, la casa que me describió no era la de Lucho. Esa sí que estaba bien cimentada y era fuerte. Cuando lo encontramos entre los escombros, descubrimos que era el jacal de la cusca de Julia, que además ese día ni estaba ahí. Aún siento un poco de culpa por no avisarle a Lucho ni a doña Lola, pero ¿qué iba a decirles? Me habrían tachado de bruja o de loca. ¿Quién iba a saber que Edgar comenzaba a ver cosas? Además, no sé si puedan prevenirse, porque cuando te toca, te toca. Aún me pregunto si habría servido de algo avisarle. Como te digo, m’ija, esas cosas me dan miedo. Me acuerdo y se me pone la carne chinita. Mira, mira mi brazo, parece piel de gallina. Quizás estés pensando que exagero o que todo son coincidencias, pero te juro por mi madrecita y por la Señal de la Cruz que todo es real, que hasta hoy el Edgar no ha fallado ni una. Ahí tienes lo que pasó el otro día en la tienda de la plaza de Santa Catarina. Ya ves que tuvimos dos difuntos. Isela, la güerita, y don Sebas. Los mataron a tiros y a la mala. Pos qué te digo, m’ija, el Edgar lo predijo, también dos días antes de que llegarán los malandros al pueblo. Ahí sí le dije a la güerita que no se fuera a parar por ahí al menos en un mes. La mendiga solo se rio. A don Sebas también le advertí que no abriera la tienda en los próximos días, y que si no había de otra y veía a Isela entrar, que se metiera luego luego a su casa, que la atendiera su ayudante o su mujer. Él muy serio me dijo que lo intentaría, y así lo hizo el domingo y el lunes, pero quién iba a pensar que el martes la suerte la tendrían echada. Sebas tuvo que jugársela. Y pos ya sabemos qué pasó. Llegó la güerita, don Sebas atendió, y lueguito los malandros entraron a robar y se marcharon tirando bala para no dejar testigos. Fue bien triste para todos. A los dos los queríamos rete harto en el pueblo. Pienso que doña Trini, la viuda de Sebas, siempre llevará el luto. También los papás de la güerita y el novio, ¡pobre Nacho! Me contó su hermana que ya había juntado los centavos suficientes para casarse con la muchacha, y que la noche que murió iba a pedir su mano, por eso Isela había ido a la tienda, quería celebrar con un licor de guayaba, con sus suegros y sus padres. Ya estaba en Dios, o el Diablo, que esa boda no se consumara. Ahora, tú te preguntarás por qué te cuento esto y no te dejo comprar tus tortillas, m’ija, pues es que Higinio visitó ayer al Edgar y me dijo que te vio allá enfrente, conmigo…

Por Angélica Ponce