En la piel del otro

Además del fuego, le gustaba el breve sonido de la cerilla para crearlo. La sensación rugosa sobre la lija. El olor a pólvora y el hilillo de humo. El calor abrasando la madera. La ceniza salpicada en los dedos. La posibilidad de destrucción.

***

Había dormido mal. Le dolía la cabeza. Sería un día largo y tortuoso. Se preparó café y pensó en el trabajo acumulado en las dos últimas semanas. Nunca se había sentido tan solo, cansado y deprimido. Deambulaba arrastrando los pies, como si pudiera retrasar el tiempo. Salir de casa fue agonizante.

En un mes y dos semanas, su jefa lo había destruido. La imagen de hombre maduro y respetable que construyó en más de treinta años, ahora era la de un individuo decrépito, miserable e incompetente. De tener la admiración de sus compañeros pasó a la lástima. Julia no tuvo que hacer mucho para socavarlo, él odiaba la confrontación y cuando se dio cuenta que esto lo vulneraba e intentó corregir, era muy tarde. Había perdido.

Cuando Julia fue nombrada subdirectora, se deshizo de la mitad de la plantilla. El ahorro de recursos económicos y humanos, más la promesa de duplicar resultados en un mes sin aumentar sueldos, le habían dado el puesto. Con una charla motivacional y una encantadora sonrisa, los convenció a todos de que eran especiales. Ella los había salvado del desempleo y les daba la oportunidad de demostrar sus capacidades para llegar a la excelencia: si ya daban el cien, qué les impedía alcanzar el mil por ciento. Solo Andrea se mostró reacia. Con la primera exigencia de resultados, quedó al descubierto.

El trabajo de Andrea era impecable, pero no había entregado la cuota extra que le correspondía por el despido de sus compañeros. Julia enfureció y la puso en evidencia ante el equipo. La acusó de perezosa y egoísta. Andrea lloró de frustración e impotencia. Como buena líder, Julia cambió su tono y maternalmente la atrajo a ella. Le limpió las lágrimas y le dio una nueva oportunidad.

El equipo que al principio no entendía qué pasaba, enloqueció con el gesto de nobleza. Julia era una gran persona. Solo Israel se sintió incómodo y comenzó a desconfiar de su jefa. Pese a duplicarle la edad, sintió miedo. A dos semanas del incidente, sabría que no se había equivocado. Su error fue defender a Andrea cuando colapsó por un ataque de nervios y terminó en el hospital. Israel intervino para que no perdiera su trabajo. Fue directo con los superiores de Julia y evitó el despido. Después de ser un desconocido para su jefa, tras el desafío a su autoridad, Israel se convirtió en su objetivo.

Al principio, Israel intentó ignorar las agresiones. Casi lo logra, pero Andrea tuvo una recaída. Con los nervios destrozados y un tratamiento siquiátrico interrumpido por los horarios extendidos de trabajo, atacó a Julia y a uno de los directores del corporativo. Oculta en el estacionamiento, le prendió fuego a una antorcha que lanzó contra el auto en movimiento de su jefa. Aunque nadie fue lastimado, Andrea fue aprehendida por la policía e internada en un siquiátrico.

Días después, Julia le compartió al equipo el incidente y cómo, contradiciendo a sus jefes, había retirado los cargos contra Andrea. Pidió su pronta recuperación y organizó una colecta para la familia. Israel le recriminó el acoso a su compañera. Julia comenzó a sollozar, no entendía por qué él era tan cruel y la acusaba del desequilibrio mental de Andrea. Algunos de sus compañeros lo odiaron y otros lo compadecieron, pero todos lo dejaron solo.

***

“Llegará como fuego para purificarnos contra los que juran mentiras y defraudan al jornalero”. Cómo no amar al fuego si acaba con los impuros, se dijo repasando a Malaquías. Tal vez estaba en sus manos que esa pequeña afición, ese gusto por las cerillas sirviera para algo.

***

Llegó a su trabajo antes que todos. El guardia lo saludó con fría sorna. Él ni siquiera respondió, siguió su camino rumbo a los elevadores. Su portafolio le pesaba más que de costumbre. Mientras ascendía, se preguntó si tendría el valor de seguir con su plan. Sacudió la cabeza. No podía dudar, no ahora. Lo que haría no era por él, era por Andrea. A las tres de la tarde todo habría terminado. Nada podía salir mal si se mantenía lejos de Julia.

Nadie sospechó que Israel estuviera en el edificio, nadie lo buscó ni preguntó por él, ni siquiera Julia. Ella se dejaba alabar por sus subalternos que, maravillados, escuchaban cómo los padres de Andrea la bendijeron por ser tan buena con su hija; cómo los había salvado del escarnio al retirar los cargos contra ella y, ahora, los ayudaba económicamente. El más cariñoso y agradecido había sido el hermano. Les contó que era un joven guapo y atento, sin los rasgos desquiciantes de la hermana. Entre tanta felicidad y compartiendo el crédito en equipo, poco a poco se fueron dispersando para cumplir con sus tareas.

Faltando diez minutos para las tres de la tarde, Israel salió de su cubículo. Sus compañeros apenas lo notaron. Se dirigió a la oficina de su jefa, pero ya no estaba. Sabía que tenía una reunión y debía marcharse a las tres. La vio dirigirse al elevador y corrió para alcanzarla. Apenas se cerraron las puertas, Israel comenzó a sudar. El estrés lo invadió. A mitad del camino se aferró al portafolio y bloqueó el descenso.

Por un momento, Julia titubeó. Estaba encerrada con un empleado que la odiaba y que podía hacerle daño. No sabía que había en el portafolio, pero él se veía descompuesto y era incapaz de articular una palabra. Primero pensó en insultarlo, luego en gritar solicitando ayuda, optó por fingir que nada pasaba. Entonces vio cómo Israel jugaba con un encendedor.

El elevador era el único lugar donde no había cámaras de seguridad ni un sistema antiincendios, Julia sacó una cajetilla de cigarros y le ofreció uno a Israel. Desconcertado, lo aceptó y fumó con ella, en silencio. Ella le contó que iría a comer con unos inversionistas y se ofreció a llevarlo. Era una buena oportunidad, le dijo. Él no contestó. Le preguntó si quería hablar con ella, él asintió.

Julia cruzó su cuerpo frente a él para quitar el seguro del elevador y retomar la marcha. Él la dejó hacer. Ella dijo que hablarían mientras llegaban al estacionamiento y la acompañaba al auto. Él volvió a asentir, pero tampoco pronunció palabra. A punto de llegar al sótano, él abrió el portafolio. Ella se estremeció. Él sacó un fajo de papeles. Desconcertada, Julia se recompuso y espero a llegar a su destino, odiándolo por el mal rato y la pérdida de tiempo.

Las puertas del elevador se abrieron. Ahí estaba el hermano de Andrea, vestido y maquillado como ella, empapado y tapándoles el paso. Tenía un bidón. Julia e Israel se miraron llenos de terror, mientras eran rociados con gasolina. Israel entendió que la demanda que acababa de entregarle a su jefa, era una treta. Lo habían utilizado para emboscar a Julia. Él no debía estar ahí. El hermano de Andrea le había recalcado que no subiera al elevador, que solo entregara los papeles. La justicia se haría cargo de Julia y no quería involucrarlo.

Mientras la pareja intentaba cerrar las puertas, el joven se prendió fuego y corrió a abrazarse de una Julia que intentaba esconderse detrás de Israel. Un flamazo, gritos, caos.

Tal como lo pensó Israel, esa tarde terminó todo.

Por Angélica Ponce