
El 25 de abril concluyó el ciclo de Mercurio retrógrado que, según los entendidos en estos menesteres astrológicos, trae problemas de comunicación interpersonal, así como con los aparatos eléctricos, electrónicos y con las telecomunicaciones. Aunque su sombra se quedó suspendida por siete días, pensé que tras este periodo mayo sería más noble conmigo. Había sobrevivido a esta confusa y caótica etapa. Sin embargo, me topé con la entrada de otro retrógrado: Plutón.
Este retardatario llegó el 2 de mayo y se irá el 24 de octubre, y ya no veo lo duro sino lo tupido. Quien lo conoce dice que es un ciclo donde a uno le da por guarecerse y reflexionar, sin embargo, no todo es calmo, pues con tanta introspección se es proclive a la intensidad y al drama de los extremos: o todo es muerte y destrucción, o renacimiento y creación.
El primero en sufrir las consecuencias del halo mercurio-plutoniano, fue mi refrigerador. Entró en un estado comatoso y yo, en estrés. Hay quien dirá que fue culpa de la variabilidad del voltaje o de los apagones eléctricos o de la tormenta solar más intensa sufrida en las últimas décadas, pero yo sé que fue la conjunción de Mercurio y Plutón.
Durante mayo, hemos roto varias veces los récords de altas temperaturas en Ciudad de México. Casi ningún alimento sin procesar puede conservarse sin refrigeración. Buscar un técnico y tiempo para arreglar el electrodoméstico, no fue opción. Estoy saturada de trabajo. Así que compré otro: gordito, chaparrito y bonito. Tardó dos días el envío.
Todo iba muy bien hasta que el refrigerador llegó a casa y hubo que meterlo. Por tres centímetros no entraba, incluso sin empaque. Había que desmontar la puerta o el aparato se quedaría en el pasillo. Nunca se me ocurrió medir el ancho del refrigerador ni su profundidad; menos la puerta. Hay un meme que me gusta mucho que reza: “las cosas simples que me mantienen humilde”. En esta frase caben todas las sutilezas, como los tres centímetros del marco de la puerta. Pocas veces me he sentido tan desamparada e inútil ante una nimiedad. Mis neuronas se pasmaron. No sabía qué hacer. Ante mi turbación, los chicos de entrega me contaron que esas cosas pasan con más frecuencia de lo que uno puede imaginarse. No soy la única persona sin sentido de proporción y que no mide los espacios antes de comprar muebles y electrodomésticos; por eso si yo quería, ellos podían ayudarme. En 15 minutos quitaron y montaron nuevamente la puerta.
El refri nuevo ya está en mi cocina y ahora toca reordenar el espacio, para lograrlo lo primero era deshacerme del aparato comatoso. Mientras pensaba en cómo hacerlo, recibí una llamada de mi madre preguntándome qué haría con el refrigerador descompuesto. Le dije que quizás lo vendería como fierro viejo[1] o lo tiraría a la basura. Mi madre bufó y tomó aire antes de hablar. Fueron cinco segundos de silencio incómodo.
– Regálamelo-, dijo al fin.
– Si quieres, pero no sirve-, recalqué.
– Lo sé. Tu padre lo va a arreglar. Te aviso cuándo vayamos por él.
Pasaron unos días y mis papás se llevaron el refri. Llamaron al técnico para su reparación y voilà, lo conectó y funcionó. Extrañado por no encontrar ninguna rareza, lo mantuvo bajo observación por media hora. Como no dio ningún problema, el técnico les recomendó a mis padres vigilarlo por dos semanas, pero casi podía jurarles que no tendrían que llamarlo de nuevo. Tal parecía que el refri solo quería mudarse de casa y el cambio le había caído bien.
Uno diría, ¿qué más puede pasar si Mercurio retrógrado ya fue y a Plutón esto de las comunicaciones y los aparatos eléctricos nomás no le interesan?
Lo primero que aprendí fue a dejar de hacer invocaciones sobre el futuro, ya que apenas pensé esto, perdí comunicación con Monterrey, en medio de una crisis de dudas y bomberazos laborales en CDMX. Más de la mitad del equipo con el que trabajo todos los días, está en la ciudad regia. Sin importar las distancias todo el tiempo estamos intercambiando información y apoyándonos. En cuestión de minutos somos capaces de resolver cualquier asunto. Interrumpir este flujo, por ende, retrasa los procesos y debemos improvisar. Fue un día muy largo y cansado, pero la cosa no paró ahí. Llegué a casa y me encontré con que no tengo servicio de internet.
Llamé a la asistencia y luego de revisar conexiones, así como de reiniciar mi módem decenas de veces, me levantaron un reporte por falla de servicio. Para mí es caótico y estresante porque dependo mucho de internet, por trabajo y entretenimiento. Salvo por un par de noticiarios matutinos, casi no escucho radio sino podcasts. Tampoco tengo ningún sistema de televisión ni público ni privado. Solo consumo streaming, incluso cuando se trata de algún telediario o evento deportivo. Además, tampoco tengo teléfono fijo. Mis interacciones personales las realizó por WhatsApp o redes sociales. Es decir, sin internet estoy semiparalizada y semiaislada. En veinte años en casa, nunca había pasado una semana sin entrar a la matrix.
Ahora que lo escribo, me doy cuenta de que quizás sea la forma en que Plutón, en modo retrógrado, me esté pidiendo parar un poco para iniciar mi ciclo de introspección… espero que no, ¡qué ansiedad!
Por Angélica Ponce
[1] Fierro viejo.- En México existen compradores de cosas viejas, usadas o descompuestas, que rondan por las calles en camionetas y que, con altavoces, pregonan: “se compran colchones, refrigeradores, estufas y fierro viejo que vendan…”.