
Eva fue hija de la Revolución. No solo porque nació el día en que Francisco Villa irrumpió en la hacienda de Chavarría, en San Andrés, Chihuahua, sino porque a partir de ese 17 de noviembre de 1910 se uniría intermitentemente a la insurgencia.
—‘Ora, ‘ora… ¿vio eso compa?
—¿Qué?
—El canasto…
—¿Qué con el canasto?
—Se movió.
—No invente, compa. Sea serio. Ya no somos unos chamacos, ahora somos hombres de armas, y uste’ ya anda briago.
—Le juro por mi madrecita que ni una gota de sotol me he zampado… ‘ire, ‘ire, ahí está otra vez…
—No sea coyón… aséstele con la culata o ya de plano con un tiro.
—¿Oyó?
—¿Qué?
—¡Shhhh!, es… ¿¡un escuincle!?
—¡Nah!, ¡cómo cree! Nadie arrumba a un escuincle entre ollas y frijoles.
—¡Shhhh!
—Bueno, que, ¿me lo trueno o salimos de dudas?
—Pos salimos de dudas. Somos hombres de armas ¿qué, no?
—Pos, sí.
—A la cuenta de tres jalo la manta: Uno, dos, tressss…
—Tssss… ¿y ‘ora?, ¿qué hacemos?
En el interior del cesto y envuelta en una sábana, Eva fue descubierta por los miembros más jóvenes del cuerpo villista. Sin atreverse a tocarla, salieron de la cocina en busca de instrucciones sobre qué hacer con ese fardo carnoso que, evidentemente, no formaba parte de sus filas y tampoco podía serles útil.
Hacía varias horas que la correría había terminado. Las cenizas y el polvo comenzaban a asentarse sobre los cuerpos de los fusilados, los muertos en combate y las mujeres ultrajadas y mutiladas. Los pocos sobrevivientes, casi todos niños, fueron encerrados en los chiqueros, en tanto ocurría el saqueo de armas, cuacos, dinero, granos, joyas, ganado, provisiones y todo lo que pudiera usarse para mantener a las familias de los partisanos y a ellos mismos.
—Par de mocosos ¿’ón ‘tá eso tan importante que dijieron allá juera?
—Allí, en el cesto, doñita.
—¡Ah, jijos!
—Ya vio, doñita, no exageramos cuando le dijimos que la necesitábamos.
—A ver, tu Saúl, quédate aquí y vigila bien el encargo, no vaya a ser…
—No invente, doñita, ¿pos dónde cree que se va a ir la creatura?
—¡Hijo de la guayaba!, si no es porque se vaya. No seas menso. Es pa’ que nadie se la eche. Así que cuida que no llore. Por ahí debes encontrar avena, agua y un pocillo por si le da hambre y chilla. De las meadas ni te apures, esas se secan solitas y a esa edad ni huelen. Y, tú Demetrio, cuida la puerta y onde dejes entrar a alguien…
—Ya, ya, doñita, nosotros nos encargamos, ¿verda’ Saúl?
—Sí, doñita. Vaya sin pendiente. De aquí nomás no nos mueven.
Sin cavilar, Cipriana decidió que cuidaría a la niña cuando —arriba de la raja del sexo— vio un fresco trozo de tripa colgando del ombligo. Durante años había ayudado a decenas de mujeres a enviar pequeñas almas al purgatorio, por lo que encontrar a Eva debía significar algo.
Pensó en su difunto marido: Adán.
En sus 54 años de vida, la doñita tuvo una sola vez un recién nacido en los brazos. El niño se llamaba Porfirio y era su ahijado. Lo veía ocasionalmente por ser también su sobrino, pero solo lo cargó cuando hubo que llevarlo con el párroco a que le quitara el pecado original. Fue entonces que quedó viuda. Tenía 23 años y una tristeza que la aisló de cualquier situación o sentimiento que no pudiera solucionarse o sustituirse.
Cipriana aprendió a ganarse el pan arreglando la reputación femenina, mas nunca pudo dormir sola y tampoco acostumbrarse a un solo cuerpo, así que asida al insomnio de otros se sumergió durante años en el intrincado y corpóreo ritual de la noche, hasta irrumpir en la escena revolucionaria.
De una de las recámaras, Cipriana tomó sábanas, jabones y un aceite corporal, más algunos que otros trapos que pudieran arropar a Eva. “Eva, Eva, Eva, Eva…”, no se cansaba de repetir el nombre que había elegido para su protegida.
La nueva tarea que había asumido apuntaba a peligrosa y cansada, pero no podía dejar el regimiento. No todavía.
Saúl y Demetrio eran unos escuincles a quienes Toribio Ortega recogió en Cuchillo Parado, tres días antes de que Villa tomara la hacienda de Chavarría, y que donó a la causa en un brevísimo encuentro, para engrosar las filas: “Mándalos de primera con sendas cananas, y fíjate bien cómo los reciben. A según las balas y su dirección sabrás a qué enemigo te enfrentas. Por los mocosos ni te agüites, ya conseguiremos más allá dónde lleguemos. Hay hartos.”
Cuando llegaron Saúl y Demetrio se los dejaron a Cipriana y a otras dos mujeres para que las ayudaran en la cocina, en tanto los hombres planeaban el asalto. Al ir a buscarlos, los encontraron pelando papas y jugando. Les ordenaron dejar los quehaceres, los vistieron de paisanos y cuando iban a entregarles los cintos con cartuchos, la doñita intervino. Nadie le quitaba a un soldado sin terminar su jornal. Disciplina y respeto, eso le habían enseñado y eso le habían pedido. Si querían usarlos, tendrían que esperar al otro día. Villa, divertido, ordenó dejar a los chamacos y atacar de frente.
Al término de la faena, la doñita debía alimentar y despachar a los combatientes, apoyar al curandero con agua caliente, compresas y vendajes, además de preparar las provisiones para la marcha. Había que moverse rápido. Era la madrugada del día 18 y todo parecía indicar que la gran guerra comenzaría el 20 de noviembre. Así se lo habían dicho los hombres del general, y esos sí que no se andaban con asegunes.
Cuando hubo que irse, Demetrio y Saúl llenaron el tompiate de Eva con pinole, carne seca y tortillas sobaqueras. Mientras la niña, convertida en un tenate, viajaba entre los senos y las cananas de Cipriana. Con un par de mulas de apoyo, el cuarteto cerraba la línea de retaguardia. “Mejor para todos”, pensaba la doñita en cada desplazamiento.
Eva se acostumbró al arrullo de los viajes. En el día se mantenía despierta apenas lo necesario. Era en las noches cuando exploraba su entorno y reconocía a sus acompañantes, aunque estos casi siempre estuvieran abandonados al cansancio. Durante las refriegas, se aferraba a su sábana y volvía al vientre de mimbre. Ahí, con el ulular de la gente y los silbidos de las armas iba enroscándose en la tela hasta crear un capullo y dormía. Con casi dos meses, sabía cómo sobrevivir.
El 13 de enero de 1911, tras enterarse de que Villa ya no estaba entre los vivos por causa de los federales, Cipriana casi desertó. Pocas veces se veía en el futuro, pero esta vez pensó en los críos que traía pegados a las enaguas. De confirmarse el dicho de Albino Frías y refrendar su mando en la tropa villista, Demetrio y Saúl pasarían al frente, Eva sería abandonada, vendida o ejecutada, y ella… apartó la imagen de su cabeza.
A Cipriana nunca le gustó Frías, y menos cuando llegó solo, todo apurado y dando órdenes de levantar el campamento de Santa Cruz, argumentando la muerte del general. A ella le sonó a traición. Apenas dos días antes, Villa había salido con él y con Encarnación Martínez para medir las fuerzas enemigas en Parral.
Aunque disfrazados, Frías les contó cómo un fulano los descubrió e incitó a un grupo de milicianos a perseguirlos hasta el rancho de Taráis.
—Mi yegua se partió el lomo y las patas por sacarme de aquel lío. Pensé que no la contaba y que mi general Villa sería quien les diera parte de mi muerte, y no yo la de él, pero la vida es canija…
—¿Sentiste miedo, Albino?
—¿Que si sentí miedo?, ¡me cagaba de miedo!, Cipriana.
—¿Por eso los abandonaste, Cleto?
—No los abandoné, Cipriana. Si no hubiera visto caer a mi general Villa, ahoritita mesmo seguiría echando bala a su lado.
En la rencilla y sin saber cómo, rompen el cerco y se separan, y es así cuando de reojo, Albino ve caer a Villa. De Encarnación no sabe nada, pero es casi seguro que tampoco la libra. Por eso es que hay que irse antes de que los federales les caigan encima y se conviertan en un peor enemigo que la nieve que los azota desde el día 12. Mientras averiguan, la mayoría coincide en jalarse hacia otro despoblado. Si el general está vivo sabrá hallar a su gente.
La noche de la tormenta le sirve a Pancho Villa para deshacerse de sus últimos perseguidores y refugiarse en la casa de Santos Vega. Ahí, además de un techo y comida, recibe un caballo para regresar con su tropa, esa que Frías se había llevado en su huida y por la que casi es enviado al camposanto, de no ser porque el general se arrepiente cuando descubre las ventajas del nuevo campamento para el ejercicio militar.
En pocos meses, los éxitos revolucionarios se van sumando. El gobierno de Porfirio Díaz arrinconado, va cediendo a las presiones, y es entonces que la insurgencia obtiene sus mayores triunfos: la renuncia y el exilio del dictador.
Todos festejan en las fuerzas villistas. Hasta el general se toma la foto con Madero, porque después del 25 de mayo de 1911, todos saben, se convertirá en el primer mandatario de México. Todos festejan, menos la doñita. Ella sabe, por ese maldito instinto que tienen las viejas, que las cosas no son más fáciles solo por cambiar de monigote en la presidencia. Y no yerra. Apenitas se da el anuncio maderista, Pascual Orozco lo desconoce y se levanta en armas.
Villa se reagrupa. Cipriana toma a sus niños y se enlista otra vez en la legión.
Angélica Ponce