Gabriel

Mientras acomoda la cámara lo observo. Pocas veces es tan meticuloso y entregado. Incluso haciendo el amor nunca es tan cuidadoso. Es despreocupado. Alguna vez pensé que era falta de experiencia o interés. Hoy sé que es su forma de querer.

La cámara es una extensión de sí mismo. Sólo cuando quiere una imagen, sus ojos brillan con la intensidad de los enamorados. Es un egoísta y yo una tonta que espero ser un nuevo cuadro para él. Una vez me preguntó si era feliz. Mentí y lo creyó. Le hice la misma pregunta y sonrió. Besó mi frente. Lo odié.

Ahora que mi maleta va emprender un nuevo viaje, lo veo solo y compadeciéndome, sin ira, desconcertado, pero incluso entonces ese maldito brillo vuelve a aparece y quiere arrebatarme mi duelo. No lo soporto. Le doy la espalda. No quiero quedarme como una más de sus imágenes. No dice nada y creo escuchar como gira sobre sus talones. Se desplaza pesadamente hacia el estudio. No intenta detenerme y deseo que lo haga.

Me quedo suspendida en el umbral de la puerta. No lo hará, no lo hace. Prepara la cámara, introduce el rollo, desplaza las vistas y apunta. Dejo la maleta. Volteo. Él dispara y yo sueño que me desea. Termina las exposiciones y apaga su mirada. 

Por Angélica Ponce