
Sin drama, sin catástrofe,
sin depredador.
Varada en la ausencia
aprendí a reconstruirme.
Cultivé narcisos, violetas
girasoles y rosales.
Vi nacer el sol y ocultarse.
Me rendí a la luna,
a la quietud del silencio,
a la lectura de estrellas.
Tracé destinos lácteos:
primero el mío,
luego el de otros;
me olvidé del tuyo.
No sé si era feliz,
pero tenía el alma calma.
Dejé de esperar,
de necesitar lo que no me diste.
De tu andar por espinos,
volviste con el alma rota.
Quisiste una sutura
para juntos, dijiste,
reinventar el cielo.
Hurgaste en mis entrañas,
revolviste escombros y recuerdos.
Hallaste una mortaja,
acurrucaste tu cuerpo.
Me pediste que soñara,
que me abandonara al fuego.
Purificación de condenados,
ofrenda de cuerpos.
Sumisión desquiciante
de lo que nunca fuimos.
¿Para qué nos sirve ser dioses?
si no existe el cielo,
ni ahora, ni antes, ni nunca.
Incrédulos de una falsa fortuna.
Cansada de enmiendas
sorbí tus sesos,
comí tus ojos,
agrandé tus llagas,
lamí tu sangre…
Me volví infierno.
Por Angélica Ponce