Habemus Papa

Acabo de descubrir, gracias a mi amiga Malu “La regia”, que en mi breve existencia llevo cuatro cónclaves y voy por mi quinto Papa. ¡O sea, cómo! Si bien es cierto que estoy a nada de rebasar las cuatro décadas que enamoraron a Ricardo Arjona y que dejó patente en una de sus canciones más famosas, las cuentas nomás no me daban.

En mi cabeza, cuando yo llegué a este mundo, la Iglesia católica era encabezada por Juan Pablo II. Yo era pequeña y él ya se paseaba por todo el planeta. Incluso, mi madre y una de mis tías me llevaron a mí y a mis primos a verlo en un recorrido por la Ciudad de México. Y juro que yo era una niña.

En 1975, año de mi nacimiento, el polaco Karol Józef Wojtyła lejos estaba de imaginarse que en tres años se convertiría en Papa. Incluso tras la muerte de Pablo VI, dudo que lo haya sospechado.

Cuando yo tenía dos años ocho meses y veinticuatro días de vida, el penúltimo italiano en encabezar el gobierno del Vaticano, Juan Bautista Montini, cerraba sus ojos para encontrarse con Dios. Dicen que su partida fue repentina y consecuencia de su avanzada edad, tenía 81 años. Vino el relevo. Sin embargo, el nuevo Papa tampoco duró mucho en el cargo. Prácticamente, nada. Después de treinta y tres días, un infarto agudo de miocardio le hizo abandonar el mundo y dejar la puerta abierta para la elección de un nuevo pontífice: Juan Pablo II.

Es decir, Juan Pablo I no se mantuvo con vida el tiempo suficiente para que yo lo recordara: ni en mi niñez ni en mi adultez. Su sucesor, curiosamente, se convertiría en uno de los Papas más longevos y con más años en la regencia del Vaticano. Por poco llega a los 30 años en el poder, que trasladados a mi edad representan más de la mitad de mi existencia, al menos por ahora.

Antes de mi Primera Comunión, e incluso algunos años posteriores, el asunto religioso me atrajo mucho, hasta consideré la vida religiosa. Yo creo que por las historias y el arte. Eran fascinantes los relatos: en todos había drama, suspenso, castigo, amor y felicidad eterna, fraternidad, traición, destrucción, tentaciones, redención, perdón y la promesa del paraíso. En la plástica y en la arquitectura también hay una belleza increíble y otro tipo de chismecitos o narrativas. Y el silencio, me gusta mucho el silencio de los jardines y atrios de las parroquias, donde monjas -con rostros llenos de paz- venden rompope y galletas.

Aunque casi no voy a misa y apenas tengo imágenes religiosas en casa, sigo visitando y admirando templos. Soy fan de la Virgen de Juquila y rezo. Me gustan las derivaciones místicas de los pueblos originarios, como el otomí, al cual casi pertenezco y aunque he practicado muy poco el turismo religioso, tengo un par de lugares por visitar.

Quizás por eso es que tengo tan presente a Juan Pablo II, en mi adolescencia y como adulta joven me tocaron los jubileos organizados en el Estadio Azteca. Cuando murió, para mí se terminó el papado que yo había conocido, del que tuve conciencia, así que solo entendí la sucesión cuando llegó Benedicto XVI. Para entonces yo estaba muy cerca de los treinta años de edad. Era más crítica con la Iglesia e intolerante con los abusos, incluso hasta reacia a los ritos religiosos y ciertos sermones. Aunque me alejé de los templos y dejé de creer ciegamente en la clerecía, nunca contemplé la posibilidad de volverme apostata. Ahora mismo sigo declarándome católica.

Lo interesante fue mirar al Vaticano como un ente político, más allá de lo religioso. Un defecto periodístico, quizás. Aun así, el Papa alemán me era indiferente. Volví a prestar atención cuando llegó Francisco, el pontífice argentino. Yo, aunque más curtidita por la vida y siguiendo con varios cuestionamientos de comportamiento eclesiástico, que no cuestiones de fe, lo adopté y pensé que duraría tanto como Juan Pablo II. Me equivoqué.

A su régimen le tocó el verano de mis años cuarenta, y por cosa de meses no lo completó. Con el Papa Francisco viví la muerte de clérigos mexicanos en manos del crimen organizado y, quizás, como venganzas políticas también. La que más me marcó fue el asesinato de los sacerdotes Joaquín Mora y Javier Campos en Cerocahui, Chihuahua, en 2022[1].

Hacía menos de un año que yo había visitado esa comunidad tarahumara, enclavada en la sierra. No es algo que se diga, pero tiene una fuerte presencia del narcotráfico. Fui de vacaciones con mi amiga Lissete. Hicimos el recorrido del Chepe, partimos de la ciudad de Chihuahua y culminamos el trayecto en Sinaloa.

Cuando paramos en Cerocahui, a Liss la obligué a acompañarme a presentar mis respetos y curiosear en la iglesia. Es un templo pequeño, rústico y bonito. Cuando uno busca una referencia del poblado su foto enmarca las presentaciones turísticas y ahora también la de crímenes. Después, fuimos a una escuela internado jesuita para niñas tarahumaras. La población más vulnerable. Cuando se quedan a vivir en la sierra, la mayoría de las veces, son condenadas a la muerte prematura, el analfabetismo o el matrimonio infantil.

En esta escuela se les recibe de pequeñas y se les da educación y alimentos, mientras aprenden oficios. Un grupo de monjas y madres tarahumaras, las cuidan. Se mantienen de trabajos artesanales, costura y repostería, así como de donaciones. También hay niños indígenas, pero solo si son muy pequeños duermen ahí. Los varones tienen más oportunidades y suelen migrar apenas son adolescentes. La población de Cerocahui es principalmente de viejos, mujeres y niños. Hay pocos jóvenes y menos hombres.

Hacia mediados de mis años 30 y durante los 40, he viajado tanto como he podido y cuando me topo una iglesia siempre entro. El arte religioso mexicano es sumamente interesante. Los templos los veo como museos, cosa que no me sucede en el extranjero. Estando fuera de mi país, además de admirar los recintos y todo lo que guardan, me emociona mucho encontrarme con la Guadalupana. Ver los altares de la morena, me recuerda a mi gente y a México. Tengo la sensación de estar cerca de casa y de ser apapachada.

Será a León XIV a quien le corresponda mi cincuentenario. Con los años que tengo y los que me quedan -espero-, me pregunto: ¿cuántos cónclaves más viviré y a cuántos Papas sobreviviré?

Por Angélica Ponce


[1] Hasta 2024 se tenía un registro de 80 sacerdotes asesinados en México, desde 1990. De ellos, 29 fueron muertos cuando Francisco encabezaba el Vaticano, y durante los sexenios de los presidentes Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador.