La carretera

Fui incapaz de controlar mis impulsos cuando Emmanuel insinúo mi falta pericia frente al volante. Enfurecí. Más que un golpe a mi ego o a mis habilidades, sentí que insultaba la memoria de mi padre. Él me enseñó a conducir y todavía no supero su ausencia.

Confieso que fui infantil e imprudente al salir del motel en medio de la noche y lanzarme a la carretera, sin nada más que el auto. Olvidé que no teníamos llanta de refacción y ahora estoy varada en la nada. Tengo frío. Llevo demasiado tiempo aquí y solo atino a pensar en Emmanuel, en su desconcierto cuando me levanté de la cama para vestirme; también, en su enojo cuando azoté la puerta de la habitación y me escuchó irme.

Al abandonar el estacionamiento, vi a Emmanuel por el retrovisor: descalzo y en calzoncillos intentando alcanzarme, maldiciendo. Me pregunto si seis meses de relación serán suficientes para que sigamos juntos después de esto o, al menos, para que reporte mi desaparición y alguien me busque. Sé que solo han sido unos minutos, pero odio imaginarme hecha un ovillo esperando a que termine la noche. Ni siquiera me veo caminando, sin teléfono, ni cartera, hacia ninguna parte cuando amanezca.

Siendo honesta, sí quise que Emmanuel se asustara, se sintiera culpable, se humillara y me pidiera perdón. Ahora solo quiero que me encuentre o salir de aquí y disculparme con él, pero nadie ha aparecido, creo que no existe un poblado o una caseta cercanos o que, donde estoy, ni siquiera es una fracción de la carretera, sino apenas un trazo de lo que fue o será un camino.

Una parte de mí trata de convencerse que es buena la ausencia de personas. Mi abuela siempre me decía que si hay algo a lo que uno debe tenerle miedo es a los vivos, pero ¿cómo saldré sin ayuda para mover el auto?

Quisiera dormir un poco, pero la noche tiene tantos sonidos que me mantienen alerta. Tampoco es que sean estridentes o molestos, solo no me imaginé que fueran tantos y tan diversos, apenas distingo a los grillos, a un tecolote y el movimiento de maleza. No sé si sabré detectar el andar de un coyote o algún otro depredador nocturno. Me estresa esa posibilidad porque, aunque tengo puestos los seguros, en algún momento querré orinar y deberé salir del auto.

Dicen que en el monte viven algunos espíritus y brujas, también que hay avistamientos ovnis y abducciones. De niña lo creí y anhelé toparme con alguno de estos fenómenos, pero hoy, en mí condición no tengo ganas de confirmar ninguno. Supongo que el peor escenario sería un rayo de luz cayendo sobre el auto, perder la conciencia y descubrir que mi reloj dejó de funcionar. Luego, con sesiones de hipnosis, encontraría que tuve un rapto y fui víctima de experimentos alienígenas. Escribiría un libro y sería bestseller. Pensándolo bien, no es tan malo.

Si el encuentro fuera con brujas, quizás sería incluida en su aquelarre. Una cuestión de género. De ser hombre no creo que tuviera la misma suerte o ventaja. Comprobaría si pueden volar convertidas en guajolotes; también sabría si se alimentan de sangre de niños recién nacidos y no bautizados, y si es este elixir el que vuelve incandescentes sus panzas y las hacen parecer bolas de fuego mientras planean en el aire.

Temo a los espectros. No imagino fantasmas amigables en despoblados. Deben ser aterradores y haber sufrido muertes horribles. Y si lastimaron a otras personas o hicieron pactos con demonios, eso aumentaría su grado de terror. Confío en no encontrarme con ninguno. Intentaré dormir.

-¡Señorita!, ¡señorita!, ¿necesita ayuda?, ¡señorita!

El golpeteo en la ventanilla del vehículo me despierta y escucho a un muchacho que intenta llamar mi atención mientras se asoma. Es de día. Abro lo ojos y lo miro sin entender qué es lo que pasa. Me recompongo y bajo un poco el cristal. Viste de policía.

-Se me ponchó una llanta y no tengo refacción, ni celular, oficial. ¿Podría pedirme una grúa?

-¿Está, usted, bien?-, pregunta.

-Sí, sí, perdone mis modales. Buenos días, oficial. Me quedé varada y agradecería su ayuda con una llamada a algún servicio mecánico.

-Puedo llevarla al pueblo, pienso que será mejor que dejarla aquí mientras espera-, dice el policía.

-¿De verdad?-, pregunto. Él asiente y cuando estoy a punto de quitar los seguros, jala de mi portezuela. No sé por qué, pero me asustó. Dudo y me excuso: “sabe, preferiría esperar a la grúa, oficial, no quisiera dejar el auto aquí”. Me mira fríamente. Guarda silencio por unos instantes y revira: “le aseguro que no le pasará nada a su coche y será mejor que me acompañe y se reporte con su familia, debe estar muy preocupada por usted. Además, no podré acompañarla hasta que lleguen por el auto, debo seguir con mis rondas”.

-Gracias, oficial, pero será mejor que espere. He pasado toda la noche aquí y un rato más, no hará gran diferencia, solo ayúdeme con la llamada. Yo puedo quedarme sola…

-No sea necia, señorita, yo sé lo que es mejor para usted, baje por favor-, dijo el policía tirando nuevamente de la manija.

Vi su enojo mientras rodeaba el auto e intentaba con el resto de las portezuelas. Frustrado, regresó a mi lado e intentó bajar el cristal con las manos, pero apenas lo tenía entreabierto, así que logré subirlo. Se puso furioso cuando casi le prenso los dedos. Se dirigió a su patrulla. Ninguno de los dos hizo nada. Él solo se sentó a mirarme. Supongo que apeló a mi cansancio o a mi futura desesperación. Dudo que hubiera llamado a la grúa. Yo quería llorar. Moría de miedo e intentaba pensar en cómo salir de la situación.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, luego oí su motor y lo vi marcharse. Me tranquilicé un poco, aunque me instinto decía que algo no estaba bien. Esperé un rato y luego bajé a estirar las piernas e intentar tomar una decisión. Caminé unos cuantos pasos y entonces lo vi. El hombre había estacionado metros adelante, supongo que pensó que seguiría su camino tras perderlo de vista. Regresé a mi vehículo llorando.

El calor comenzó a ser insoportable, quería bajar o dejar el auto abierto, pero no podía confiar en el policía. Era evidente que no había llamado una grúa. Entonces lo vi regresar. Me cercioré de tener cerrados los seguros y los cristales. Estacionó a poca distancia y caminó hacia mí, con una sonrisa que me aterró. Traía una barra de acero, de esas que se usan para forzar puertas, y golpeó suavemente la ventanilla.

-¿Ya está lista para bajar, chula? No me haga forzarla. Es mejor que sea por las buenas, ¿no cree? Acaso, ¿ya no quiere que la ayude a salir de aquí?

Negué con la cabeza, me abracé las piernas y me arrinconé en el sillón, intentando controlar mis lágrimas y mocos. Ni siquiera grité. Ver al hombre, rondando el auto, me enmudeció. Primero golpeó la lámina del maletero, luego fue reventando uno a uno los faros. Antes de intentar con los cristales, rayó chasís y destruyó los espejos laterales. Yo solo alcancé a cubrirme los oídos con cada golpe, mientras sollozaba frenéticamente. Él parecía disfrutar de mi miedo, como si alargar el asalto reforzara su poder sobre mí. Entonces, se trepó al capó y comenzó a arremeter contra el parabrisas, entre carcajadas. Sentí que moriría. 

Los cristales caían a cascadas y algunos comenzaron a lastimarme, hasta que se cimbró el suelo y con él, el vehículo. Levanté la cara y vi a mi agresor caer. Sentí que la tierra se abriría y nos tragaría a ambos, pero no era un sismo ni un socavón, era una revolución canina. Decenas de perros ¿o coyotes? levantaban polvo y sacudían mi entorno, en medio de un intenso ruido de patas. No había gruñidos ni ladridos ni aúllo, solo un sordo golpeteo y resoplo.

Vi al hombre intentando ponerse de pie, pero era arrollado y derribado una y otra vez. No sé si gritó, pero sí que chilló, aunque sus lamentos eran ahogados. Los sonidos eran raros, de patas, de ventisca, de roces eléctricos y choques contra la lámina del auto. Yo solo sentía el balanceo de un mar de pelos revueltos de colores ocres, grises, blanquecinos y negros. Sé que eran caninos por su sudoroso aroma, ese que es una mezcla de almizcle dulzón y picante, aunque ahora que trato de recrear la escena no puedo ver las caras de los animales. Es como si solo hubiera existido una masa amorfa de pelos arrastrando el cuerpo del oficial. Pero, incluso, tampoco puedo verlo a él. Sé que fue tragado por la marea porque, de vez en vez, un trozo de tela o de piel sobresalía aquí y allá.

Entonces, un estridente pitido me hizo temblar y acurrucarme nuevamente en el asiento. Protegí mi cabeza y el resto de cristales del auto reventaron. Creí que explotaría mi cabeza también. Me sentí sorda y con un zumbido que no cesó hasta pasada una semana. Cuando pude recomponerme, el auto ya no se movía, solo estaba hecho añicos. Me sacudí el vidrio del cuerpo y me asomé al campo. No había nada. Ni un rastro del policía ni de los animales. Tampoco había sangre o vísceras regadas, ni siquiera pelos o huellas sobre la superficie. La única prueba de que había tenido un acosador era la patrulla. Tenía los vidrios reventados como mi auto, pero estaba ahí, muy cerca.

Tras esperar unos minutos, cautelosa me dirigí a él. Vi que tenía las llaves pegadas y sin pensármelo, puse la patrulla en marcha y salí de ahí. Cuando llegué a una caseta, reporté el incidente y la policía de caminos examinó el vehículo. Encontraron en la cajuela señalamientos carreteros falsos con desviaciones, así como puyas terrestres para reventar neumáticos, también un sinfín de licencias y otras identificaciones. Yo había tenido suerte. Emmanuel llegó por mí dos horas después y me acompañó a levantar la denuncia, aunque nadie me creyó cuando conté lo sucedido.

Después de un año, el reporte policial se archivó como un incidente de carretera. Nunca encontraron el cuerpo del oficial o señas de él, solo mi auto destrozado. Emmanuel y yo seguimos juntos, incluso compramos una casa cerca de un lago y sin gente. Vamos cuando hay luna llena y yo puedo correr desnuda en medio del bosque.

Por Angélica Ponce