La censura

Todas las cosas que son capaces de despertar pasión
en su defensa levantan, igualmente, pasión contra ellas.
-Ernest Hemingway

Tal y como la mítica España, orgullosa y aguerrida taurómaca, sufrió un revés cuando el Ayuntamiento de Barcelona declaró la ciudad como antitaurina, en la primavera de 2004, recientemente la Ciudad México enfrentó un nuevo atentado contra su fiesta —mismo que revocó el pasado miércoles 6 de diciembre de 2023—, aun cuando la censura esperaba latente desde la Colonia. Y de este primer intento es que vengo a contarles.

El 20 de noviembre de 1567 el papa Pío V estableció por primera vez la supresión de las corridas de toros en los países católicos, so pena de sufrir excomunión en caso de desacato; sin embargo, a diferencia de Francia e Italia, España sólo obedeció parcialmente y en sus colonias nunca aplicó.

Cuando comenzó la fiesta brava en Europa un toro era reutilizado tantas veces como su condición se lo permitía, dándole oportunidad al astado de aprender y volverse peligroso[1]. Y no fue hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX que el toreo a pie acabó de configurarse[2] como un ejercicio de técnica, estética y reglas, ya sin la improvisación de varilargueros[3], diestros y asentadores que si bien lograban excitar al respetable propiciaba los accidentes y decesos. La Iglesia del siglo XVII no podía justificar la muerte de sus fieles en una ofrenda religiosa o festejo real, solo porque el toro reutilizado sabía lo suficiente para intercambiar su vida por la de un noble. Pío V tenía que hacer algo y lo hizo: censuró las corridas de toros, aunque con el mayor tiento posible, y promulgó la Bula De salute gregis. Cosa que no importó, porque al vetarlas sutilmente dejó un pequeño hueco que facilitó seguir con ellas sin culpa o miedo de morir en pecado. A veces ser políticamente correcto crea ambigüedades, y qué mejor ejemplo que el caso de Pío V, quien al tratar de suprimir las corridas sin “pisar callos”, les concedió cierto valor, por este carácter eclesiástico que las acompañó y que no podía negar de buenas a primeras, dando pie a que cada quien interpretara la Bula a su conveniencia. Con palabras más, palabras menos, ésta reconocía la fortaleza y valor de aquellos que se entregaban al toreo, así como los votos hechos en honor a Santos o solemnidades eclesiásticas, pero, también, recriminaba que por su práctica murieran personas y por eso prohibía absoluta y perpetuamente a cualquier autoridad, so pena de excomunión, permitir tales espectáculos, así como la participación, a pie o a caballo, de cualquier persona, incluyendo nobles y clérigos, que de morir en una lidia se verían privados de cristiana sepultura. Pero, como señala Iván Ríos Gascón: “las pasiones son las únicas que mueven al individuo a romper el orden, al sacrificio ritual”[4], y la tauromaquia no siendo ajena a ellas, cumplió con esta premisa. Los afectados por la disposición papal “quebrantaron” las reglas o, mejor dicho, le dieron la vuelta a la censura, cuando menos en España y en sus colonias en América. Se sabe que no pocos miembros del clero y nobles recurrieron al disfraz para seguir asistiendo a las corridas, sin embargo, era imposible ir por la vida ocultándose, negando algo tan sagrado, tan innato, como la afición a las lidias, y presionaron lo suficiente a Felipe II para que encontrara una solución en España. Como si se tratara del sabio Salomón, el rey cayó en la cuenta de que el Papa había prohibido las corridas de toros, pero nada había dicho de las vacas, si se daban lidias con hembras, nadie incurría en desacato y menos en pecado. Los mismos clérigos buscaron las fallas de la Bula y lo que es mejor, las hallaron. Así, por ejemplo, fray Luis de León tras examinar la historia, determinó que España ya se había ganado su derecho a ejecutar corridas de toros, argumentando que se estaba libre de pecado por ser una costumbre tan antigua que parecía estar en la sangre de los españoles[5]. En tanto que los catedráticos salamantinos, al abordar el tema de la moralidad de las lidias, determinaron que no debían ser prohibidas en España pues por derecho natural les pertenecían y eran hábiles en ellas. Los españoles eran diestros y ágiles, por lo que solo per accidens podía existir peligro de muerte. Es decir, per se las corridas no eran algo pecaminoso para los españoles porque el toreo es una actividad que requiere de habilidad, resolución de ánimo y destreza manual para salir avante y con vida, cualidades que sólo se dan en los habitantes de sus regiones y no así entre los franceses, ingleses y alemanes, quienes al exponerse al peligro de muerte sí delinquían moralmente. Quien también encontrara una falla en la Bula decretada por Pío V, ratificada y modificada por Clemente VIII, fue nada menos que fray Marcos de Santa Teresa, quien señaló que si bien se les prohibía a los clérigos torear, nadie hablaba de ir a las corridas y menos si no eran asistentes frecuentes; empero, por cualquier cosa, aconsejaba a sus fieles y compañeros acudir a las corridas de vacas y novillos, que por sexo y edad no son propiamente toros. Tampoco se podía ser culpable, señalaba el fraile, si por casualidad un noble o un clérigo se encontraba con una lidia en su camino o si al salir al balcón se presenciaba una, pues todo era fortuito y no premeditado. Por lo que respecta a México, la Bula fue más sencilla de omitir ya que al quedar determinada la superioridad de habilidades españolas para el toreo y su derecho innato para practicarlo, se dejaba fuera el papel de indios y mestizos, con lo que la fiesta brava podía seguir su rumbo.

Luego de las ambigüedades y disgustos ocasionados por la Bula, la Iglesia veía reducido su grupo de seguidores, que de por sí eran cada vez menos por la extensión de los hugonotes. El catolicismo enfrentaba una pérdida en su hegemonía, porque los protestantes calvinistas habían logrado sumarse las simpatías de miembros de la nobleza, clases intelectuales y media de Inglaterra, Alemania y Suiza. El movimiento religioso que iniciara en Francia se extendía prontamente por Europa y a la Iglesia católica no le hacía mucha gracia, así que, entre persecuciones, luchas y ejecuciones, Roma necesitó un aliado. Volteando hacia un lado y hacia otro, el Papado se encontró con la fiel España, que sabiéndose deseada negociaría un par de concesiones y favores para ratificar su lealtad, entre las que se encontró la anulación del veto a la tauromaquia, bajo la promesa de no realizar las corridas en días festivos y de tomar las medidas oportunas para evitar muertes. La fiesta así comenzaba su evolución y consolidación hacia un toreo de a pie y la participación del pueblo, con el ordenamiento de las lidias, la jerarquía de las suertes, las funciones de picadores y peones y el desarrollo de los tercios[6], lo mismo en la nación ibérica que en México.

Por Angélica Ponce


[1] En la contemporánea crianza el toro jamás convive con el hombre hasta el arribo a un coso, y aún ahí es brevísimo el contacto.

[2] Montes, Francisco Paquiro. Tauromaquia completa. Ed. Turner / El Equilibrista, 1994. Madrid. Pág. 9.

[3] Varilargueros. Picadores de toros.

[4] Ríos Gascón, Iván. Luz estéril. Ed. Praxis, 2003. México. Pág. 99.

[5] Moreiro, J. Historia, cultura y memoria del arte de torear. Alianza Editorial, 2004. Madrid. Pág. 169.

[6] Montes, Francisco Paquiro. Tauromaquia completa. Ed. Turner / El Equilibrista, 1994. Madrid. Pág. 9.