
“Nuestro crimen, en realidad, consiste en tratar de comprender
el mundo en el que vivimos, y en tener el descaro de hacerlo
en nuestros propios términos, por nuestros propios medios y,
cosa imperdonable, partiendo de nosotros mismos”.
Anónimo, Manifiesto conspiracionista
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“Si no crees que hay alguien conspirando
en tu contra, no estás prestando atención”.
-Anónimo
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Miles de millones de seres incautos enmarañados en historias ficticias es el sueño húmedo de cualquier escritor, quizás por eso amo las teorías de conspiración, pero no soy conspiranoica ni conspiracionista. El talento y la imaginación que se requieren son extraordinarios y carezco de ambos. Genuinamente envidio la capacidad que tienen algunos de estos grupos para recopilar y acumular información dudosa o intrascendente para construir narrativas coherentes, e historias creíbles cuando se trata de fake news.
En mi etapa más ingenua e influenciable, léase pubertad, me aficioné a los relatos de fantasmas y extraterrestres. Luego me convertí en cazadora de ovnis y fenómenos paranormales. Incluso creé, junto con un amigo, una sociedad de observación e investigación parapsicológica y alienígena. La cual, citando a mi socio: “al final chafeó”.
Aunque renuncié a cualquier intento de contacto extrasensorial, sigo consumiendo literatura, podcasts y cine de horror, ciencia ficción, conspiración y fantasía. Tengo especial fascinación por las invasiones extraterrestres, las abducciones, los zombis y las historias apocalípticas y persecutorias de gobiernos infames y con intereses oscuros. Así fue como me topé con el fenómeno Taylor Swift. Es decir, sí sabía quién era Taylor y hasta había escuchado alguna de sus canciones, pero no era alguien que me interesara. Por edad, sus letras y su música me eran y son ajenas. Aunque, confieso que en otro tiempo yo habría enloquecido armando y compartiendo los friendship bracelets[1] con otras swifties, pero no se dio.
La primera vez que escuché hablar de Swift y que le puse atención, fue cuando le dio la vuelta a una cláusula gandalla de la disquera que produjo sus primeros álbumes y la despojaba de cualquier derecho sobre ellos. Inteligentemente, Taylor les hizo nuevos arreglos y los regrabó. Sus fans se volcaron hacia estas grabaciones y la empoderaron como marca. A partir de entonces, la cantautora no solo se destacó como una figura mediática y artística, sino además como empresaria exitosa e influencer.
Con un toque de esa toxicidad que hay en las relaciones de pareja disfuncionales y montadas en el feminismo radical, donde los malditos siempre son ellos, Taylor reinterpretó el #MeToo y la denuncia (o más bien queja) sobre los amores fallidos, situaciones en las que cientos de miles de teenagers se identificaron. Además, con ello también fortaleció a su grupo de amigas, a quienes más de una vez ha defendido en entrevistas y en el escenario.
El fandom o seguidores de Taylor Swift es uno de lo más numerosos alrededor del mundo, tanto que comenzó a cimbrar a los conspiracionistas. La joven nacida en 1989 de pronto no solo no era humana, sino reptiliana y formaba parte de esos lagartos pensantes que intentan apoderarse de nuestro planeta. Teoría que se sustentaba en el hecho de que la cantante nunca había mostrado su ombligo, a diferencia de otras intérpretes que suelen usar tops o transparencias.
También se le ha acusado de satanista, luego de que se “descubriera” que es un clon de la sacerdotisa Zeena LaVey Schrek, dado el parecido físico que tiene Taylor con la adoradora del diablo. Y siguiendo con esta línea, también podría ser una representante de la Orden de los Iluminados o illuminati, ya que esta sociedad secreta controla las decisiones políticas y acontecimientos sociales desde las sombras, influyendo y alterando gobiernos, religiones, instituciones y economías, para garantizar el orden mundial o crear uno nuevo. ¿Se acuerdan del Código Da Vinci, de Dan Brown?
Taylor también ha sido acusada de ser un agente de la CIA, ese perverso ente gubernamental que espía, ataca y mueve sus piezas a cualquier costo. Sin este recato, la compositora e intérprete no solo se mueve entre el grupo élite, sino además tiene entre sus misiones reclutar a jóvenes capaces de hacer el trabajo sucio del gobierno o el sistema oculto del poder político y militar. Cosa que se supone ha hecho bastante bien con sus swifties.
En esta extensión del alcance que tiene Taylor y dado que se decantó por Joe Biden, Donald Trump la emprendió contra ella, señalándola como agente del Pentágono que manda mensajes ocultos a los votantes para restarle votos en las elecciones de noviembre de 2024. De ahí que el exmandatario señalara que el romance con Travis Kelce, jugador de Kansas City, fuera una estrategia para que Swift obtuviera los reflectores que necesitaba para su campaña durante los partidos de la NFL.
Lo que no me esperé fue la reacción de los aficionados al futbol americano. Más de uno la emprendieron contra Taylor y sus swifties, con un disgusto y desprecio casi rayando en odio, sobre el fenómeno que llevó al fandom a los estadios y a buscar las emisiones de los encuentros de Kansas. Tanto que al llegar los Chiefs al Super Bowl, varios espectadores se sumaron a San Francisco por desprecio a Swift, porque -según ellos- las cámaras la enfocaban más que al terreno de juego.
En estos tiempos donde nada le acomoda a nadie, el hecho de que Taylor viajara en un avión privado, desde Japón hasta Las Vegas, para ver jugar a su novio y besuquearlo, emputó a tanta gente que Adele, en pleno concierto en Nevada, salió en su defensa afirmando: quiero que gane Kansas solo porque Swift está con ellos y, añadió, para los que se quejan de que ella esté en el partido ¡consíganse una vida!
Y sea como sea, la edición LVIII del Super Bowl no la perdió San Francisco, la ganó Taylor, con teorías conspirativas de poderes ocultos detrás de ella… o no.
Angélica Ponce
[1] Friendship bracelets – Brazaletes de la amistad, de bisutería, creados por los propios seguidores de Taylor -principalmente mujeres-, autollamados swifties, que coleccionan e intercambian en los conciertos de la cantante y compositora.