La manda

No sé cuándo tuve más miedo de doña Elo, si cuando vivía o ahora que tiene más de un año muerta. Mi hermano Bruno se burlaba de mí, decía que para ser un mocoso contestón y peleonero también era un gallina. Él es el mayor de los cinco que somos; yo, el más chico. Nos separan diez años. Cumplo 14 en mayo.

Bruno es el consentido de mis padres y de los vecinos: el señorito perfección. “Guapo, inteligente, cariñoso, atento…”, dice mi madre. “Ingenioso, buen muchacho, gran arquero…”, dice mi padre. Puro bla, bla, bla. La misma doña Elo decía que era “increíble que fuéramos hermanos, él tan educado y yo…”, ¡bah!, no vale repetirlo. Ya no me duele que el tendero de la esquina o mi catequista, o cualquiera otra gente del barrio pensara que él era el mejor de nosotros. Al final, Bruno resultó más estúpido que yo. Sus más de veinte años no lo salvaron de caer como mosquita en telaraña, complicando nuestra vida. No todo fue su culpa, creo que fue una víctima de las circunstancias, como dijo mi tía Marta. No sé bien qué significa eso, pero sí sé que sus ganas de ayudar a todo el mundo le ganaron la maldición de doña Elo, porque -aunque sigan negándolo-, nadie me quita de la cabeza que era una bruja. Mi madre me prohibió decirlo en voz alta, argumentando que a los difuntos se les respeta, pero sé que teme por mí. No quiere cargar con dos malditos, “con uno es suficiente”, escuché decir a mi padre. “No sabemos el alcance que pueda tener la muerta”.

Hasta que se murió, mi familia decía que doña Elo era buena persona. De nada me servía quejarme porque reventara mis pelotas cuando caían en su jardín; o que la sorprendiera maltratando perros porque podrían orinarse frente a su casa; ni que la acusara de arrancarle los bigotes a Sandro. Estoy seguro que debió hechizarlo o darle algo para persuadirlo, porque era el gato más listo e intocable de toda la cuadra.

A los pocos días, mi amiga Ana y yo encontramos a Sandro más tieso que una momia en medio de su jardín, parecía un muñeco de peluche sucio y desinflado, como si le hubieran extraído las tripas. Mientras decidíamos qué hacer con el cuerpo, apareció doña Elo. Nos dijo que era una suerte que muriera el “maldito gato” y se alejó tarareando. Pero, realmente lo que me hizo tenerle miedo fue una noche que no podía dormir y su aparición al día siguiente en mi puerta.

Frente a mi casa vivía Sofía. Era la muchacha más bonita que había visto en la vida, también era la más popular. Todos los que la conocimos nos enamoramos de ella. Bruno y ella fueron novios en la secundaria, luego en la prepa rompieron. Ella, después, conoció a un trailero, se enamoraron y hace menos de un año se casaron y se fue del barrio.   

La ventana de la recámara de Sofía quedaba enfrente de la mía y debo confesar que, una vez buscando estrellas con el telescopio que me regaló mi papá en mi cumpleaños 9, la sorprendí dibujando. Se veía tan bonita que empecé a espiarla antes de dormirme, hasta que me sorprendió la mujer más horrible y metiche de la calle: doña Elo.

Hacía un calor infernal y yo no podía dormir. Me levanté a mirar el cielo. Eran como las tres de la madrugada. La hora del Diablo, dicen. Despejé mi ventana y, tras unos minutos, vi encenderse la luz del cuarto de Sofía. Pensé que estaría llegando de una fiesta o algo así, entonces una piedrilla me rozó el cachete, alguien desde la calle la había lanzado. Dejé el telescopio y me asomé, pensando en que sería alguno de mis amigos, pero a quien me encontré fue a la anciana de mi vecina, con una sonrisa de loca y un cartel que decía “SE LO QUE HACES”.

Dudé. Cerré de golpe las cortinas, la ventana y me metí a la cama. No pude dormir, me angustiaba la idea de que me acusara con mis padres, con los papás de Sofía o algo mucho peor, con la misma Sofía. Mi vida estaba a punto de arruinarse. Lloré. Veía la palabra pervertido, tatuada en mi frente.

Cuando bajé a desayunar, mi madre me vio y se asustó un poco. Tenía los ojos hinchados y con ojeras. Me tomó la temperatura y me preguntó si me sentía bien. Asentí. No tenía ganas de hablar, ni de comer, ni de ir a la escuela, pero tampoco quería quedarme en mi casa, así que me dirigí al comedor. Mis hermanos peleaban como siempre, menos Bruno, que ayudaba a mi papá a controlarlos. Me senté y comencé a jugar con la fruta picada. Mi mamá me miraba de reojo hasta que sonó el timbre. Se me encogió el estómago. Bruno, el acomedido, fue abrir.

Tras unos segundos gritó desde la puerta llamando a mis padres. Doña Elo quería hablar con ellos. Sentí que moría. Mi papá salió sin mi madre y Bruno regresó. “Pero, quita esa cara -dijo-, solo es tu persona favorita”. Quise responder pero no podía moverme, si alguno de mis músculos cambiaba de posición, caería al piso.

No sé cuánto tiempo tardó en volver mi papá, pero entró muy serio. Me miró con tristeza, más que con enojo o decepción, y sin decir nada se fue a la cocina a hablar con mi madre. Eso me dolió más. Aun así permanecí tieso, fingí que comía y agaché la cara. Mis hermanos seguían con su alboroto; ninguno se dio cuenta de qué pasaba. Mi mamá se asomaba de vez en vez. Me miraba con lástima. Yo quería gritar mi delito, llorar. Entonces oí el nombre de Bruno, quien se reunió con mis padres en la cocina. Se consumaba mi ruina.

Bruno salió muy serio. Ni siquiera pudo o quiso mirarme. A empujones y entre chillidos arrastró a mis hermanos con sus mochilas, para llevarlos a la escuela. A nadie le importó que no se lavaran los dientes, ni que se despidieran, ni que yo siguiera sentado. Quise pararme y salir con ellos, pero Bruno me detuvo moviendo negativamente la cabeza, me dirigió una sonrisa triste. Lo perdí de vista y oí cómo cerraba la puerta. Me vi exiliado de mi familia.

Un día acompañé a mi abuelo a los toros y vi cómo uno de ellos se negaba a morirse. Se quedó rígido, como una escultura. Pensé que era inmortal y que la espada apenas lo había lastimado, pero mi abuelo me explicó que el toro estaba muerto, solo que se había amorcillado, por eso estaba tieso. “De tanto resistirse a morir -dijo- sus articulaciones comenzaron a endurecerse y por eso no puede recostarse sobre sus patas o caer muerto”. Sentí que yo era ese toro.

Cuando mis padres se acercaron, casi lloro. Me contuve. Debía pensar mis respuestas a las acusaciones de mi vecina. Justificar mis actos. Quise hablar pero mi mamá cortó mi murmullo: “Tu papá me dijo que doña Elo le pidió que no fueras a la escuela hoy, está preocupada por ti”. “¡¿Qué!? -pensé-, ¿qué clase de cosas está planeando la vieja loca?” Estuve a punto de decir algo, pero otra vez mi madre me atajó. “Ni siquiera sé cómo comenzar”, dijo mi madre y se le quebró la voz. Mi padre continúo: “Ana sufrió un accidente, hijo. Iba con su papá. No sobrevivió, su papá tampoco. Por eso vino doña Elo, sabía que eran buenos amigos y pensó que sería mejor que nosotros te lo dijéramos y no que te enteraras en la escuela. Lo siento mucho”.

“¿Qué? Debía ser una broma de la bruja, una venganza por espiar a Sofía. Habíamos hablado ayer. Ana estaba de viaje con sus papás. Me había comprado unos chocolates y un libro ilustrado. Debía ser un error. Y si era cierto, ¿qué pasó? No entiendo. ¿Y su mamá, dónde estaba?, ¿por qué no se cuidaron?”, las preguntas se acumulaban en mi cabeza, atropellándose. No salieron, en su lugar aparecieron arcadas y lágrimas. Me lancé a los brazos de mi mamá. Había perdido a mi mejor amiga.

Tardé una semana en volver a la escuela. Me sentía roto. Al regresar a clases supe que un camión me había quitado a Ana, impactándose contra el auto de su papá. Su mamá los esperaba en la casa que habían alquilado el fin de semana. La vi un mes después. Me regaló algunos libros de mi mejor amiga y su reloj de Mickey Mouse. A los pocos días se mudó, llevándose las cenizas de su familia, y no la volví a ver.  

En algún momento pensé que con la muerte de Ana, doña Elo y yo estábamos en paz, pero comencé a darme cuenta de que me vigilaba. Desde el incidente de Sofía, yo no había vuelto a espiarla, ni siquiera me atrevía a mirar las estrellas, aún así mi vecina se empeñaba en acosarme. La encontraba en todos lados mirándome de reojo. Se lo dije a mis padres y a Bruno, pero ninguno me creyó, mis otros hermanos me ignoraron. Todos estaban en lo suyo. Cuando no los escuchaba, decían que la ausencia de Ana me hacía imaginarme cosas. Hasta que pasó lo de mi hermano mayor.

Doña Elo vivía sola. Su marido había muerto mucho antes de que yo naciera. A Bruno lo conoció chiquito. Sus hijos -tuvo tres- hacía varios años que no vivían con ella. El mediano era él que más la visitaba, al menos dos veces por año. La última vez que vino fue cuando pasó todo, cuando doña Elo pasó a mejor vida, como dice mi mamá.

Doña Elo salió a la calle a despedir a su hijo, quien regresaba a su casa con su familia. Se subió al taxi y apenas se alejó de la cuadra, mi vecina empezó a tambalearse. De casualidad, Bruno estaba afuera y alcanzó a sujetarla para que no se estrellara en el piso. Gritó horrible y todos salimos a ver qué pasaba. Me quedé pasmado, la mujer tenía la cabeza torcida, babeaba y me miraba fijamente. Mi madre me quitó del paso y me empujó, junto con mis hermanos, hacia nuestra casa. Mientras mi papá y mi hermano metían a doña Elo a la suya. Mi mamá intentaba llamar a una ambulancia. Llegaron los paramédicos 15 minutos después, luego la policía. Era un caos.

Mi vecina murió en el hospital días después. Mientras estuvo internada, mi mamá buscó llamar a sus hijos para avisarles, entonces encontró un altar con fotos nuestras y de Ana, y bueno, de todos los vecinos. Oí decir a mi mamá, que había cosas muy raras y que le había dado mucho miedo. No tocó nada, pero sí se asustó. Luego llegaron sus hijos y cerraron la casa. No supimos qué hacía doña Elo ni nada, pero entonces Bruno comenzó a soñarla, a veces hasta despierto.

La primera vez que la vio, pensó que era una pesadilla. La mujer estaba junto a su cama y lo miraba, luego quiso agarrarlo y decirle algo. Mi hermano gritó y todo corrimos a verlo. Mi madre nos sacó a mis hermanos y a mí de su habitación, mientras mi padre se quedaba con él. Así pasaron muchas noches. En todas ellas, doña Elo visitaba a mi hermano vestida con la bata que usaba cuando murió, con el rostro torcido y mucha baba escurriendo de su boca. Bruno estaba aterrado y mis padres muy preocupados. Sobre todo porque empezó a verla despierto. A veces, mientras estaba en el campo de fut, la encontraba en las gradas o cerca del baño. Eran instantes, en los que ella balbuceaba y él se paralizaba.

Mi mamá, desesperada, buscó a unos médiums y a unos brujos para que la ayudaran pero nada resultó. Entonces, llamó a uno de los hijos de doña Elo y le contó lo qué sucedía. El hombre se disculpó con ella, le dijo que tal vez era su culpa porque había incumplido una promesa que le había hecho a su madre, y como ella confiaba y quería Bruno, le había transferido esa responsabilidad a él.

Mis padres, le preguntaron a mi hermano si doña Elo le había hecho alguna petición en vida y si él había aceptado. Bruno les contó que sí, que mi vecina le había pedido que la acompañara a la Iglesia del Cerrito porque tenía ese pendiente. De eso hacía como cinco años, pero nunca pasó.

Siguiendo con las instrucciones del hijo de doña Elo, mi hermano debía ir a la iglesia y llevar unas flores y una veladora en nombre de mi vecina, solo así lo dejaría en paz. Esa era su manda. Y así lo hicimos como familia. Fuimos al Cerrito y mi papá hasta le pagó una misa. Después de eso, mi hermano dejó de ver a doña Elo, pero no aprendió la lección y siguió igual de confiadote que siempre. No cambió nadita. Sigue siendo él mismo. Y por cualquier cosa, en cada aniversario de mi vecina, mi madre le prende una veladora.

Por Angélica Ponce

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