
Heredé la sazón de mi madre y su gusto por la cocina. Soy muy buena entre sartenes y cacerolas. Puedo copiar casi cualquier plato sin receta, salvo el pozole de doña Cuquita. Mi vecina es una mujer mayor, viuda. Vive con una de sus tres hijas y se mantiene de vender comida en el barrio.
Nuestras casas están separadas por un pequeño corredor. Mi cocina apunta hacia la suya, con la diferencia de que mi lavabo da hacia la ventana, y en su caso es la estufa. Pocas veces la veo cocinar, pero cuando sucede no dejo de pensarla como esa hechicera que habita un santuario, siempre aromático, donde la bruma da paso a la alquimia.
A doña Cuquita la busco cuando su menú incluye mole de olla, menudo o pozole. Tres de mis comidas favoritas. El menudo y el mole de olla me quedan mejor que a ella, pero requieren tanto trabajo que prefiero comprarlos. El pozole es otra cosa, nunca pude replicarlo aun cuando mi vecina me compartiera la receta y me invitara a cocinarlo. Fue una sola vez. Creo que se sintió obligada.
Una semana antes habíamos coincidido en la carnicería. Doña Cuquita compraba callo de res y encargaba una cabeza y surtida de cerdo para el viernes siguiente. Intuí que habría pozole. Estaba tan contenta que me ofrecí a acompañarla a su casa y cargar sus bolsas. Accedió.
Aunque no es un camino largo, pude enterarme de la vida de doña Cuquita. Llegó muy joven a la capital huyendo de un novio, para casarse con otro que resultó peor que el primero. Durante los veinticinco años que duraron juntos, no hubo uno en el que no le diera una paliza. Su marido era trailero y en una ruta por el norte del país, desapareció. Aunque le preocupaba el dinero y que sus hijas se quedaran sin padre, sabía trabajar. Empezó con un puesto de tacos y fue creciendo el negocio. Un día regresó el señor, pero pronto desapareció otra vez.
-Cuando lo vi, mija, se me fue el alma a los pies. ¿Yo pa’ qué lo quería de vuelta? Se lo dije e intentó golpearme, pero saqué mi sartén -ese que es de puritito hierro-, y me defendí. Lo bueno fue que llegó mi hija Azucena con el novio y tuvimos que apaciguarnos, que si no le reviento los sesos-, me contó doña Cuquita.
No puedo imaginármela como una mujer intimidatoria. Es chaparrita y delgadita, delgadita. Si no fuera por su vestimenta y su pelo cano, si se le mirara a lo lejos o de espaldas, uno pensaría en un adolescente.
-Supongo que se marchó su marido de inmediato, doña Cuquita-, dije.
-No, qué va a ser. Me duró como unos quince días más en la casa. ¡El muy sinvergüenza! Aunque debo admitir que lo habría soportado por mis hijas. Todas las niñas merecen crecer con un padre y aunque las mías ya estaban grandes, habría sido lindo que las entregara en el altar. Me habría aguantado por ellas, pero no sé qué mosca o mosquita muerta le picó y, de pronto, una mañana ya no estaba. Se fue como llegó. Clara, la hija que ahora vive conmigo, no me lo perdonó por mucho tiempo, siempre dijo que mis malos modos lo habían echado. Quizás por eso se lio al poco, con el malandrín con el que se casó, y ya ve, la tengo de vuelta en casa. Diez años se echó con ese mal hombre… afortunadamente, tiene a su madre para responder por ella y gracias a Dios bendito, no le hizo ningún niño.
-¿Y cómo supo que se murió su marido, Cuquita?, ¿qué tal que no, y vuelve?-, pregunté.
-¡Cállate, niña!, ¡Dios me libre!, -dijo mientras se persignaba-. Mi marido era correoso, pero también viejo, y haciendo cuentas yo creo que ya se murió. Pero quita esa cara, mija, he vivido lo que me ha tocado y estoy bien. Anda, vete, que se te va a hacer tarde para el trabajo. Te espero mañana para que te comas un menudo, y la próxima semana un pozole.
Me despedí de doña Cuquita. Era la primera vez que realmente hablábamos, me sentía extraña. No estoy acostumbrada a intimar con mis vecinos. Aunque ella es muy amable, me di cuenta que no la conocía y apenas habíamos cruzado más de tres frases desde que yo me convirtiera en su vecina.
Esa noche, cuando regresé a casa, vi a doña Cuquita desinflamando los kilos de callo que había comprado: primero la tallada con un cepillo, el enjuagado, otra tallada y el remojo, antes de saltar al recipiente previamente preparado con agua, vinagre y limón. El tueste de chiles, jitomate, cebolla y ajo. El ramo de epazote, la sal de grano y el Knorr. Repasé uno a uno los pasos y la faena de mi vecina, mientras lavaba los platos. Antes de que terminara de cocinar, me fui a dormir.
En mis sueños vi a doña Cuquita como un ángel. Aunque no recuerdo el contexto, confirmé pronto la santidad de mi vecina: era demasiado buena con la gente. La vi regalándole atole y tamales a unos indigentes.
El día que tocó preparar pozole, no pude evitar espiarla de cerca. Si bien mi ventana me daba una buena perspectiva, quería saber exactamente qué ingredientes usaba, en qué cantidades y qué pasos seguía. Salí de mi casa y me arrellané cerca de la ventana. Cuando llegó el chico del molino con el maíz, pensé que era crudo y había que curarlo con cal. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que usaba precocido, igual que yo. La carne y la cabeza habían sido cocidas en olla express y después troceadas. Ahí tampoco radicaba el secreto. De pronto, doña Cuquita me descubrió. Ni siquiera intenté huir. Me miró desconcertada y en silencio. Quise encontrar una excusa para salvar mi dignidad, pero terminé confesando mi avaricia culinaria. Tardó tantos segundos en decirme algo, que solo atiné a bajar la cabeza y a disculparme. Gire mis talones para irme y ella soltó una carcajada.
-Niña tonta, pasa. ¿Por qué no me pediste que te enseñara a preparar pozole? Deja por ahí la libreta y el lápiz ese que traes. Lávate las manos, ponte el mandil que está sobre la mesa y vámonos a la cocina. Harás todo lo que te pida, guardarás silencio y, lo más importante, solo te responderé tres preguntas. ¿Entendiste?
Asentí y la seguí dócilmente. Doña Cuquita se movía con rapidez, mientras me explicaba los tiempos de cocción del maíz con sal, aceite de girasol, hojas de laurel, cebolla y una cabeza de ajos, antes de agregar los trozos de cabeza. Admiré su trabajo, es sumamente meticulosa.
Luego tocaron a la puerta. Me estremecí. Sin saber por qué me acordé de su marido. Pensé: ¿qué tal que apareció el muerto? Doña Cuquita fue a abrir. Intenté asomarme, pero no pude ver nada ni oír más que murmullos. Aunque mi curiosidad era mucha, pude reprimirme. No iba a arriesgarme a que doña Cuquita se enojara conmigo y me echara por andar husmeando nuevamente. De pronto, mi vecina me pidió acercarle una hielera azul que tenía junto al refrigerador. Yo debía abrirla y dejarla junto a sus pies. Eso hice. Pensé que vería a su interlocutor, pero no, este se ocultaba en la sombra del pórtico. Era una mujer.
Doña Cuquita metió una bolsa negra en la caja con hielos y me despachó con ella a la cocina. Alcance a ver a la sombra acercarse y entregarle un fajo de billetes a mi vecina, quien se lo guardó en el sostén. Cerró la puerta y fue al baño a lavarse las manos, luego me alcanzó.
-¿Y bien, mija?, ¿cómo vamos?, ¿ya está bueno el maíz, suave e inflado?-, preguntó.
-No sé… yo…
-No lo has revisado. Ven, toma ese cucharón y prueba. Primero pellízcalo y ahora sí sorbe el caldo. ¿Qué tal?, bueno, ¿no? Ves ese mueble con frascos de hierbas, tráeme estos tres. Haremos un manojo con ellos y lo pondremos para que termine la cocción.
El pozole quedó listo hacia la medianoche. Hice mis preguntas y cuando iba a anotar la receta para no olvidarla, doña Cuquita me sorprendió con ella. Tenía anotados los ingredientes, las porciones y los pasos. Me dijo que iba a regalársela a alguna de sus hijas, pero ninguna la merecía más que yo. “A ellas ni siquiera les gusta cocinar”, remató y me mandó a mi casa.
Cuando iba a despedirme, me preguntó: “¿qué pasa, mija?, sé que quieres preguntarme algo más, anda, suéltalo”. “Sí -dije-, ¿por qué no sabe igual el pozole que otras veces?”. Muy seria, respondió: “porque le toca reposar toda la noche para agarrar sabor. ¿Quieres quedarte y comprobar que no le agregaré nada?”. Reí nerviosamente y negué con la cabeza, pero le pedí que me permitiera ayudarle a despachar el pozole al día siguiente. “Solo sí dejas que te pague -dijo-. Si vas a trabajar conmigo, deberé pagarte”. Acepté.
Llegué dos horas antes del servicio. Todo estaba como lo habíamos dejado. Le hice los honores al pozole, poniéndolo a hervir nuevamente. Trabajé junto a Clara, que me veía con recelo. Acabamos temprano con la venta. Estaba exhausta, pero había que limpiar la cocina y los trastos.
Me armé con cazuelas, cuchillos y platos y me fui al lavadero del patio. Ahí me encontré la hielera boca abajo, escurriendo agua, y la bolsa negra tendida en uno de los mecates. Al principio no les presté atención, fue cuando terminé de lavar que vi junto a ellas, una argolla de matrimonio con una costra de algo parecido a sangre. La levanté e intenté leer la inscripción, no se entendía. Pensé que era de Clara y se la llevé.
Mientras me acercaba, oí discutir a Clara con su madre. Le reprochaba mi presencia y el hartazgo que le generaba la cocina. No escuchaba las respuestas de doña Cuquita. Cuando me decidí a interrumpirlas, la mayor de mis vecinas levantó la voz, para recordarle a su hija que ella había limpiado los desastres que dejó cuando se deshizo de su padre y de su marido. Le recordó por qué el pozole era tan especial y no se preparaba con frecuencia, por qué recibían bolsas negras de mujeres que jamás volverían a ser golpeadas, por qué gracias a ella esos hombres que de pronto desaparecían, habían servido para darles vestido, educación y casa a ella y a sus hermanas. “Dicen que los cerdos son los únicos animales que se comen todo, hasta los huesos, pero qué hay de los humanos, engullen lo que sea”, remató, doña Cuquita.
No escuché más. Me desvanecí. Desperté en el hospital tres días después. El médico dijo que sufrí una crisis de agotamiento y estrés. Doña Cuquita estaba a mi lado.
-Mija, nos diste un buen susto. Clara está muy apenada contigo, cree que fue su culpa. ¡Pobrecita!, hasta mandó a hacer una misa por tu salud para exculparse. Fíjate que la pagó con su argolla de matrimonio, esa que encontraste… pero, ¿cómo te sientes? El médico dijo que mañana podrás ir a casa. Me alegra mucho. Lo único que lamento es que no hayas probado el pozole que preparamos juntas, sabrías que pudiste recrear mi receta. Pero no te me vayas a agüitar, otro día podemos prepararlo ¿quieres?
Por Angélica Ponce