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“¿De qué color vamos a pintar nuestra muerte?”
“De rosa mexicano”, propuso Palinuro. “¿No sería mejor…?”
“De rosa mexicano, punto.” “Bueno –dijo Fabricio,
aunque esta vez menos filosóficamente–: si hay una Vida en Rosa,
¿por qué no va a haber también una Muerte en Rosa?”
– Fernando del Paso
¿Si les preguntaran en qué piensan cuando alguien menciona el color rosa, qué dirían? Yo pienso en merengues y en mi fiesta de XV años. Poco antes de mi presentación en sociedad, mi madrina me llevó a escoger mi vestido, y mientras eso sucedía me la pasé jurando que jamás elegiría uno rosa, no quería parecer un pastelito ni mucho menos verme demasiado “nena”, es decir, demasiado débil o femenina, quería verme… no sé, no sé cómo quería verme, pero definitivamente no me imaginaba enfundada en un color que acentuara mi condición de niña, de ser vulnerable. Sin embargo, uno no siempre puede mantenerse en lo dicho cuando encuentra el vestido perfecto y éste es de color rosa…
Eso no significa que me haya reconciliado con él, aún prefiero los azules y los negros, con todo y que poco a poco el color se ha vuelto andrógino. He de confesar que amé cuando la Ciudad de México se volvió rosa: los taxis, el metro, el logo y las señalizaciones en las calles… es un color más bonito, vivo y lleno de significado que el actual y deslucido verde con que la vistieron y que, por desgracia, es fiel reflejo de la parquedad de quien se ostentó como regenta capitalina y sirve al señor que vive como okupa en Palacio Nacional.
Hasta hace no mucho volví a pensar en el rosa y en las ideas preconcebidas que trae consigo el color, porque soy fan de Barbie, la muñeca de Mattel, que estrenó su live action movie. Cuando niña y adolescente tuve varias, en las versiones de maestra, fashonista, ejecutiva… Ken, nunca me interesó, porque como tuve dos hermanos sus muñecos de acción se convertían en novios perfectos.
De Barbie me gustaba que fuera empoderada y con trabajos increíbles (ahora, en sus versiones recientes, también es curvi, morena, negra, con vitíligo y trans, por no hablar de aquellas que rinden homenaje a la catrina mexicana, Helen Keller, Frida Kahlo, Bowie, Cher, Katherine Johnson, entre otras); además, sigue teniendo su convertible, una casa enorme y mucho outfit rosa.
Curiosamente, siempre pensé que el rosa había sido un color femenino o relacionado con la comunidad LGBTQ+, incluso cuando iniciado el siglo XXI comenzó a llenar los clósets de hombres heterosexuales. Afortunadamente, descubrí que no era así, pues era un color de tendencia en tiempos de María Antonieta. El Palacio de Versalles lo amaba y hombres y mujeres lo vestían sin distinción. Y no es hasta el siglo XIX, que el mundo de la moda empieza a encaminarlo hacia la feminidad, dándole el puntillazo de sumisión y sentimentalismo hacia principios y mediados del siglo XX.
En los campos de concentración nazis, por ejemplo, se marcaba con triángulos rosas a los homosexuales. Mientras que Dior y Balenciaga vestían a iconos como Marilyn Monroe y Jayne Mansfield con este color, Funny Face, con Audrey Hepburn, termina de firmar la alianza rosa con el filme. Y Edith Piaf la romantiza con la Vie en Rose.
Luego están las causas sociales, movimientos rebeldes y obras arquitectónicas y plásticas que hacen que uno se desdiga de sus propios prejuicios o ideas preconcebidas: el rosa, representa el mes del combate al cáncer de mama; Picasso tuvo una etapa rosa; el capote y muchos trajes de luces son rosas; el punk jugó con el rosa como emblema; Barragán y Legorreta lo usaron para vestir México; en 2017, cientos de mujeres con gorros rosas se manifestaron en contra de Trump y su ataque a las mujeres en lo que se llamó movimiento “pussyhat”; mujeres israelís impulsan el Code Pink y protestan a favor de la paz, y hasta Hillary Clinton llegó a hacer campaña enfundada en todo un movimiento rosa. Por si esto fuera poco, Pantone tiene más de 50 tipos de tonos de rosa en su catálogo… así de poderoso y multifacético es.
¿Y ustedes en qué piensan cuando les hablan del color rosa?
-Por Angélica Ponce