Le fallé a mi ser chilango

A quienes somos nativos de Ciudad de México nos llaman chilangos. Pertenecer a esta categoría, en una urbe de más de nueve millones de personas, nos brinda una suerte de habilidades de supervivencia por demás interesantes y creativas. Desde críos somos entrenados a adaptarnos a las circunstancias y a sortear casi cualquier eventualidad. Somos sobrevivientes de la polución y de los exabruptos terrestres.

Para bien y para mal, cuando rebasamos las fronteras nos fluye el ser chilango y se nos nota. La primera vez que fui identificada como tal, fue en Vancouver. Me había separado del grupo de prensa con el que viajé. Teníamos un par horas libres y aproveché para pasear. Andaba yo metida en un mercado abierto, cuando un hombre muy sonriente me abordó preguntándome: ¿mexicana? Sonreí, asintiendo con la cabeza.

-No digas nada-, continúo el hombre. “Déjame adivinar: eres chilanga”.

Me reí y volví a asentir. Entonces pregunté: ¿cómo lo supo?

-Por como caminas, explicó. “Háblame de tú, somos paisanos. Aunque yo soy de Puebla. Por cierto, soy Miguel ¿Tú eres…?”

-Angélica-, respondí y antes de que pudiera interrumpirme otra vez, pregunté: ¿cómo camino?, ¿cómo caminamos los chilangos?

Miguel soltó tremenda carcajada que la gente volteó a vernos. Yo me sonrojé. Él paró de reír y me dijo, emulando nuestro andar: “los chilangos caminan rápido, rápido, rápido dando miradas de soslayo, esquivando cualquier roce, además, sujetan las correas de sus mochilas o bolsos con fuerza. Son incapaces de relajarse entre multitudes, aunque parezcan apacibles. Van más alertas que cualquier otro mexicano fuera de su tierra. Dime si me equivoco”. No pude desmentirlo.

II

A los pocos días de mi primer viaje a Nueva York ya dominaba el metro. Aunque el de la Ciudad de México es más amable, una vez que aprendes a moverte en la red chilanga -con sus transbordos y conexiones con otras líneas y sistemas de transporte- puedes desafiar un nuevo sistema de colores, letras y señalizaciones en otro idioma. También eres capaz de sortear y sobrevivir las horas de mayor afluencia de pasajeros sin asustarte. En CDMX desarrollamos la capacidad de apretarnos como sardinas para viajar en el transporte público.

La familiaridad con la que adopté el metro neoyorquino, llevó a una pareja de mujeres a platicar conmigo cuando descubrieron que era mexicana, y luego a preguntarme por la movilidad de la ciudad, pensando que yo vivía ahí. Les confesé que yo también estaba de paso. Ellas se rieron y me preguntaron si era de Ciudad de México, les dije que sí. A lo que remataron “por eso te ves tan segura”. Ellas eran de Guadalajara.

En Brooklyn tuve mi primera oferta de trabajo sin buscarlo. Había encontrado una cafetería donde desayunar antes de iniciar mis paseos. Me gustaba sentarme en la barra. El primer día estuve platicando con un sonorense, que tenía más de tres años viviendo ahí, cuando se fue me abordó una colombiana. Era una mujer muy simpática, también con varios años instalada en este barrio neoyorquino. Terminé mi desayuno y me fui. Al día siguiente volví a encontrármela. Esta vez ocupaba una mesa y al verme entrar, ella muy sonriente, me hizo señas para que la acompañara. Lo hice. Platicamos de infinidad de cosas, luego me preguntó si pensaba quedarme a vivir en Nueva York. Me reí mucho y le dije que me encantaría, pero no estaba en mis planes, no sabría en qué podría trabajar. Entonces, ella continúo: “sí te quedas, yo te contrato. Traigo café de mi tierra y te pagaría por ayudarme a venderlo. A los gringos les gustan las mexicanas. No me digas nada, te dejo mi tarjeta. Piénsalo, tal vez decidas quedarte”. Se despidió de mí. Me deseó suerte en mi viaje y pagó ambas cuentas.  

III

El lugar donde puedo decir que fallé como chilanga fue en San Francisco. Me apena mucho reconocer que me faltó valor para fluir como esa intrépida raza capaz de desafiar la fuerza de gravedad y los pronunciados declives colgada de sus famosos tranvías. Aunque alguna vez, siendo muy joven, experimenté la adrenalina de aferrarme como mosca a un camión para viajar varias calles, lo cierto es que nunca lo intenté en pendientes y no me atreví a hacerlo en San Francisco.

Para lo que sí sirvió mi encanto latino y mi desfachatez chilanga fue para treparme al tranvía en unos de sus pasos y paradas, sin tenerlo previsto. Uno de los conductores nos sorprendió a mi amiga y a mí tomándonos fotos y nos preguntó si queríamos subirnos. Cosa que hicimos sin pensarlo dos veces y sin saber a dónde llegaríamos. Nos preocuparíamos después e improvisaríamos. Fluimos y adaptamos nuestro itinerario exitosamente.

Si bien he fallado como chilanga y no pude completar el desafío de San Francisco, también estoy segura que podré redimirme en algún otro lugar del planeta.

Por Angélica Ponce