
-¿Madame Nonúo?
-No, señorita, se equivoca.
-¡Dios mío!, no puedo creerlo. Es usted. Debe ser mi día de suerte.
-Me confunde, señorita. Si me permite, estoy ocupada…
-¡Qué descortés soy!, discúlpeme. Solo le haré una pregunta rápida y me iré, lo prometo -dijo la mujer, jalando una silla para sentarse entre la pareja que interrumpía su cena.
-Señorita, no me haga pedir que la echen.
-Solo contésteme y me voy, lo prometo.
-Cálmese y retírese, por favor -interrumpió el hombre que acompañaba a Daniela, mientras hacía señas a los meseros para que intervinieran.
-Solo necesito que me diga: ¿voy a morir en las próximas horas? Por favor, Madame Nonúo, dígame: ¿voy a morir?
Sin obtener una respuesta, la mujer fue arrastrada fuera del restaurante gritando su pregunta. Aturdida, Daniela la miró con compasión y un dejo de miedo, su alter ego comenzaba a meterla en problemas. Marco la tomó de la mano para tranquilizarla.
-Parece que ya no puedo ir a ningún lado sin que alguien me pregunte por su futuro. Aunque confieso que esta mujer ha superado a todos -dijo Daniela.
-La gente es rara y siempre busca quién les dé claridad o certezas, amor. No te conflictúes.
-Marco, es que parece que no han entendido que Madame Nonúo es solo un personaje que me he inventado. No existe. No leo el futuro, ni el pasado, ni tengo contactos con el inframundo.
-Tranquila, eso solo significa que haces un trabajo increíble. Solo me inquieta algo.
-¿Qué cosa?
-Esa mujer…
-Suéltalo ya, Marco.
-Esa mujer ¿va a morir en las próximas horas?
-¡Eres un bobo! ¡Yo qué voy a saber!
La pareja caminó a casa. Era una noche tranquila. Daniela pronto olvidó el incidente del restaurante. Le gustaba su rutina. Le daban paz y equilibrio las cosas mundanas, tras deshacerse del bullicio que siempre traía consigo Madame Nonúo.
Aunque siempre gustó del tarot y de los horóscopos, Daniela nunca se imaginó depender de ellos para pagar sus gastos. Todo había comenzado como un juego, cuando el astrólogo del diario para el que trabajaba decidió tomarse un par de meses de juerga. Al principio, su editora recicló las predicciones astrales de meses anteriores, pero pronto descubrió que representaban más trabajo y se corría el riesgo de repetirse, así que les encargó los textos a tres de sus reporteros.
Al descubrir el talento natural de Daniela para inventarse el futuro, su editora despidió al astrólogo y le dio la sección a ella.
-Dany querida, ahora solo te falta un nombre. Daniela no funciona. ¿Qué te parece Madame Nonúo?
-¿Madame qué?
-Nonúo, querida.
-¿Por qué Nonoo?
-No, Nonoo, escucha y mira mi boca cuando pronuncio Nonúo. Úo. Anda, inténtalo tú: Nonúo.
-¿Por qué Nonúo?
-Porque cuando no quieres hacer algo que te beneficia, tuerces la boca y dices nonono. Y yo, con mi habilidad para descubrir talentos y nombres, sé que te viene perfecto, ¿no crees?
-Estás loca, Carolina, pero me encanta. Seré tu Madame Nonúo.
-Por cierto, toma. Es un regalo para Madame Nonúo.
-¿Un cráneo?
-Sí, se llama Benito. Toda bruja que se precie de serlo, debe tener un cráneo.
-No me digas que también un gato negro y un caldero, Caro.
-No, eso es cliché. Pero un cráneo. ¡Uf!, impone. Anda, quédate con Benito, te traerá suerte.
Luego de mucho pensarlo y tras recibir su primer cheque, Daniela se entusiasmó por el aumento que significó para su nómina y, por primera vez, por convertirse en pitonisa. Así comenzó a trazar los destinos de Aries, Géminis y Leo según sus estados de ánimo. Más de una vez les ponía pequeños obstáculos a los Virgo, Piscis y Acuario, pero siempre fue condescendiente con los Tauro, los Libra y los Capricornio, aunque sus consentidos eran Escorpio, Cáncer y Sagitario.
Para sus especiales de fin año y predicciones del venidero, usaba el sentido común, el ejercicio de observación y análisis periodístico, así como las revistas y portales conspirativos. Nunca recurrió a los astros, ni a la ouija, no habría sabido cómo. Sin embargo, con sus fuentes, era difícil equivocarse con el futuro masivo, así que pronto Madame Nonúo obtuvo la credibilidad necesaria para convertirse en un referente para otros medios.
Daniela dejó el diario y fue invitada por una cadena de televisión para hacer lo mejor que sabía: interpretar y ponerle rostro a Madame Nonúo. Se acompañó de Benito. Fue un éxito. Aunque más de una vez le sugirieron que abriera un consultorio esotérico, se negó. Nunca haría cartas astrales, ni lecturas de tarot, ni nada personalizado para nadie. Ella jamás leyó el futuro ni lo leería. Entonces ¿quién era Madame Nonúo?
Como Madame Nonúo necesitaba una vida se la inventó y comenzó a circular una biografía. No debió hacerlo. A partir de ese momento, para la gente Daniela dejó de existir. Incluso sin la caracterización de la pitonisa era abordada por los seguidores de su personaje, en busca de respuesta sobre sus trabajos, infidelidades y estancos energéticos.
Madame Nonúo. Como es bien sabido, Madame Nonúo nació un 13 de febrero en la ciudad de Niš, poco antes de la desaparición de Yugoslavia, por eso no hay registro de ella. Su padre, un férreo combatiente por la unidad, fue expulsado por el naciente gobierno serbio y tuvo que migrar con su familia. Llegó a México sin hablar la lengua y con apenas dinero, pero también con uno de los 952 cráneos que una vez formaron parte de la Torre de Ćele Kula.
Él contaba que la calavera era la herencia de su bisabuelo, quien a su vez la había recibido de su padre, el cual, cuando era un niño, había participado de la defensa de su pueblo, en mayo de 1809, frente a los otomanos. El cráneo era de su hermano mayor, fallecido en combate y empotrado en la torre por órdenes del visir Pasha, para persuadir a los rebeldes.
Hacia 1938 el cráneo de Srecko se desprendió de la pared, pero a diferencia de lo que pasó en otras familias que también recuperaron la osamenta de sus padres, de sus hijos, de sus hermanos, y la sepultaron, la calavera permaneció en casa, convirtiéndose en la salvaguarda de los suyos.
Nunca estuvo en los planes de Madame Nonúo hacerse cargo del cráneo. No era la primogénita, ni la segunda en la línea sucesoria para recibir y responsabilizarse de éste. Tampoco se imaginó viviendo de la suerte de los otros, de hurgar en su pasado y de asomarse a su futuro; no tenía un antecedente místico, ni la sensibilidad esotérica y, sin embargo, aquí está trazando cartas astrales y echando el tarot.
Su maestra le dijo que había sido el propio Srecko quien la había elegido y, cuando esto sucedió, levantó un puente entre los vivos y los muertos. Habitando el infinito podía mirar cualquier plano y susurrarle las respuestas que atormentaban al mundo.
A mitad de la noche, Daniela despertó sobresaltada. Algo no andaba bien, le costaba respirar. Tenía miedo. Marco despertó y trató de calmarla. Incluso sugirió llevarla al hospital. Ella se negó y atribuyó su inquietud a un mal sueño. Su marido le preguntó por él. Aunque se negó al principio, terminó contándole: había visto a la mujer del restaurante, en medio de un charco de sangre. Agonizante, la miraba acusándola por no haberle dicho que moriría.
Marco abrazó a Daniela hasta casi calmarla. Fue cuando oyeron una serie de detonaciones de arma de fuego en su edificio. Gritos y el movimiento de la gente. El conserje les pidió que permanecieran en sus departamentos. La policía y el forense no tardarían en llegar. Había muerto una mujer. Parecía un crimen pasional, pero no podía afirmar nada. Al poco tiempo supieron que uno de los vecinos le había disparado. Sin intentar huir, el hombre musitaba incoherencias, era detenido y llevado al ministerio público mientras era levantado el cuerpo.
Pese a los ruegos de Marco, Daniela quiso mirar y salieron al pasillo. Al igual que otros vecinos, la pareja husmeó el traslado del cuerpo. Cuando los camilleros pasaron junto a ellos, uno de los brazos de la muerta resbaló y jaló la sábana que le cubría el rostro. Daniela se quedó paralizada cuando los ojos sin vida se toparon con los suyos. Era la mujer del restaurante.
Por Angélica Ponce