
Mi carrito naranja para hacer el super es, por mucho, mi mejor adquisición. Voy y vengo con él sin arruinarme la espalda y las uñas. Nunca había sido tan feliz con una compra de señora. Tengo 47 años. No son tantos, creo.
Hasta el año pasado, el éxtasis lo alcanzaba comprando zapatos. Tenía cientos de tacones, flats, zuecos, botas, deportivos, sandalias, botines… eran mi única pasión. A mi marido le desquiciaban. Nunca entendí por qué, siempre usé mi dinero y nunca tomé un peso del fondo compartido. Mis excesos y sus consecuencias eran solo míos.
Es verdad que alguna vez me metí en un lío financiero y tuve que recurrir a mi marido. Sobregiré la tarjeta y se me dificultó su pago. Él intervino y lo solucionó, pero juro por Dios que le pagué hasta el último peso. Él no quería que le devolviera el dinero, solo me pedía que admitiera que me había excedido y que yo no eran tan autosuficiente como presumía. No quise. Recuerdo que le dije: “no dudaré en tragarme mi orgullo y aceptaré todas tus condiciones para que me rescates cuando verdaderamente no pueda salir de un embrollo”. Sonrió, levantó los hombros, me besó la frente y remató con un “como quieras”.
Él ganaba mucho más que yo, de hecho, se encargaba de los gastos de la casa. Mi dinero era solo mío. Hice bien en casarme con él. Mis amigas envidiaban mi posición, siempre se quejaban de lo miserables y tacaños que eran sus esposos.
Yo tenía un matrimonio cómodo y privilegiado, hasta que ya no lo tuve. Fue cuando dejé de comprar zapatos y empecé a mal vender los centenares que acumulé por años. Fue uno de los momentos más tristes y desesperanzadores de toda mi existencia. Tuve que aprender a sobrevivir. La casa no era mía ni tampoco tenía ahorros, solo el fondo compartido, pero pasarían meses antes de que pudiera cobrarlo. Apenas mi sueldo me daría para tener un inicio decente. El divorcio me arrebató no solo la idea del amor eterno, sino mi estabilidad emocional y financiera. Empecé a hacer compras de señora. No eran placenteras. Más de una vez mi alacena se quedaba vacía, mientras vegetales agonizantes se eternizaban en la nevera. Fue un año difícil.
Lo que más me molestaba era ir al supermercado. Cargar bolsas y bultos arruinó rápidamente mi manicura y mi presupuesto. Subir cinco pisos por las escaleras, con las compras, afectó mis articulaciones y mi autoestima. No sé cuántas noches lloré de impotencia.
Algunas de mis amigas me motivaron a conseguir un reemplazo masculino, incluso me presentaron varios candidatos. Tuve algunas citas, pero su aroma a desesperación arruinó cualquier posibilidad de emparejarme. De las aplicaciones salí menos decepcionada. Al menos tuve buen sexo un par de veces, sin el compromiso de repetir o hacer planes a futuro. Luego, compré mi carrito naranja para hacer el super. Mi vida empezó a componerse, hasta volví a hacerme manicura.
Tras la firma del divorcio, volví a ver a mi exmarido dos veces más. La primera vez fuimos al banco a liquidar el fondo compartido, luego a cenar. La pasamos bastante bien. Me acompañó a casa y descorchamos un vino, como hacía mucho tiempo no hacíamos. Antes de despedirse me besó y pensé que tendríamos futuro, pero no, remató con “discúlpame. No debí”. Sonreí agriamente y lloré apenas cerré la puerta.
No creí volver a verlo, pero dijo que tenía una urgencia. Pese a la separación le tenía cariño e imaginar que pudiera necesitar un trasplante de riñón o desahogarse por una enfermedad terminal o por perder su trabajo, hizo que cediera. No podía pensar en qué otra cosa mereciera que habláramos. No teníamos hijos, ni mascotas en disputa y tampoco tenía padres, ni hermanos como para estar de luto.
Pensé en citarlo en un café, pero antes de sugerirlo me preguntó si podríamos vernos en mi casa. Dudé. Él insistió. Sin mucho ánimo y pensando en que habría drama, terminé cediendo. Llegó puntual, sonriente, con un ramo de orquídeas, carnes frías, quesos y tapas. No supe qué decir, apenas atiné a dejarlo pasar y mirar cómo entraba a la cocina por un florero, para luego preparar una tabla de degustación, tomar el sacacorchos, dos copas, un vino y abrirlo, mientras preguntaba: “no te molesta, ¿verdad?”. Mientras me decía que me veía linda. Yo estaba paralizada junto a la puerta, en silencio. Sintiéndome ridícula en pants, sin maquillaje y mirándolo desenvolverse en mi casa como si fuera suya, mientras hablaba de cualquier cosa.
Me invitó a sentarme a mi mesa. Poco a poco fui relajándome. No me di cuenta de cuánto extrañaba sus tablas de queso y carnes frías, ni la familiaridad de una velada. Volví a ser feliz y me sentí muy orgullosa de mí misma cuando me felicitó por mis logros. Luego lo arruinó, tras confesarme que tenía miedo de que no lo lograra. Me molestó, pero lo ignoré.
Descorchó otra botella. Se puso serio y dijo que había algo que quería contarme. ¿Cómo supe que no iba a morir ni que era pobre? No sé, solo pensé: “aquí viene”. Pregunté “¿vas a casarte?”. Silencio incómodo. Asintió. “No tenías que decirme. Ni montar este numerito. Salvo que la conozca». Silencio. «Eso es, la conozco y demasiado. Mira, han sabido liarse”. Silencio. “Yo no quería lastimarte… ella, tampoco» -dijo-, «fueron las circunstancias. Cuando nos separamos, me vio tan afectado que…”, -lo interrumpí-, “anda, vete. Tienen mi bendición. Estamos separados”.
“No quiero que la juzgues, ni que tú y yo estemos mal”, continúo, “podemos ser amigos”. “Bien, seamos amigos. Vete, por favor”, rematé, mientras mi enojo se convertía en ira.
Él estaba aferrado al piso. Hablaba y hablaba y hablaba. Dejé de escucharlo hasta que comenzó a culparme por nuestra ruptura, e incluso de lo mala amiga que era y había sido con su nueva novia. Azoté la puerta y me abalancé sobre él. Dio un manotazo y dejó su mano marcada en mi cara. Enloquecí. Tomé el sacacorchos y tuve el buen tino de reventarle la aorta. Desconcertado, comenzó a removerlo. Grave error. Aceleró la fuga de sangre y su ahogamiento. Su cuerpo no se desplomó en seco, cayó en cámara lenta, doblándose como un títere. No hubo gritos, solo gorgojeos. Ninguno de los vecinos notó la disputa.
Me serví otra copa de vino y terminé la tabla de quesos, mientras evaluaba el desastre. Debía actuar antes de que la duela se manchara con sangre y fuera imposible quitarla. Mis caseras enloquecerían y no me devolverían mi depósito o me harían pagar extra por los daños. Pensarlo me dio escalofrío y derramé un poco de vino en el mantel. Dejó de ser blanco. Maldije mi suerte. Era la única herencia de mi abuela materna. Amo los tintos pero odio su marca, se parece tanto a la sangre.
Trabajé toda la noche. Nunca había sido tan meticulosa con la limpieza. La duela parecía recién encerada. En unas horas me gradué como ama de casa. Aprendí a quitar manchas difíciles. Mi mantel quedó como nuevo. También, aprendí a cortar carne y a deshuesar, incluso le encontré otra utilidad a mi carrito naranja. Con él me estoy ayudando a deshacerme de bultos indeseables sin arruinarme la espalda y las uñas. Definitivamente, el cochecito ha sido y es mi mejor compra de señora.
Por Angélica Ponce