Operación carmín

Siempre he tenido problemas con los números. Específicamente con aquellos que recuerdan fechas. Así que no sé con exactitud, cuándo me convertí en un ser menstruante. Lo que sí tengo claro es la ansiedad que me provocó, primero, porque no llegaba —pensé que tenía algo descompuesto o roto—, luego, porque la menarca o primer periodo, me tomó por sorpresa en medio de una comida familiar —creí que me había orinado. Salí corriendo al baño y al ver el desastre en mis calzones, me puse a llorar. Una tía fue en mi auxilio—. Superado el primer trauma, vendrían los cólicos y las maldiciones: ¿en qué momento pensé que ser mujer sería fácil? Han de saber que estaba convencida de que menstruar era equivalente a convertirme en mujer. No fue así. Yo era exactamente igual que antes del sangrado. Mi cuerpo era el mismo: una espiga corta. No me crecieron las caderas ni el trasero ni las chichis. Además, no pensaba diferente. Conmigo seguían los mismos miedos y gustos. Ni siquiera el romance o los besos me interesaban. Lo único es que ahora tenía acné, dolor en el vientre y una kotex tan grande entre las piernas, que me obligaba a caminar como un vaquero recién bajado del caballo.

Eran mediados de los años ochenta del siglo XX. Nadie hablaba de la menstruación. Todo era cuchicheo entre amigas. Y con los niños imposible, eran morbosos y humillantes si se enteraban de tu periodo. El farmacéutico envolvía en capas y capas de periódico o papel de estraza las toallas sanitarias. Además, yo tenía la precaución de guardarlas en una bolsa oscura o negra y de verificar, de un lado y de otro de la calle, que nadie que me conociera me viera salir y quisiera ayudarme con mi paquete o me preguntara que llevaba ahí. Comprar kotex fue peor que buscar condones por primera vez.

Nací y crecí en Ciudad de México, donde en 1986 vivíamos 18.6 millones de personas, de las cuales poco más de la mitad éramos mujeres. Sin embargo, aun siendo mayoría no se hablaba de nuestra salud sexual ni reproductiva, y lo que llegaba a ventilarse estaba lleno de ignorancia, prejuicios y vergüenza. Aunque esto, por desgracia, no era exclusivo ni de la capital, ni del país.

Tan lentas eran las investigaciones sobre el cuerpo femenino y su funcionamiento sexual, que fue hasta 1998, cuando la uróloga australiana Hellen O’Connell mapeó por primera vez el clítoris. Yo, por entonces, tenía alrededor de 10 años menstruando y bendiciendo la aparición de modelos y marcas de toallas sanitarias acordes a mi escurrido y petit cuerpo.

En la universidad descubrí y amé a Simone de Beauvoir. La primera de sus obras que cayó en mis manos fue Memorias de una joven formal y para mí fue toda una revelación sobre el papel de la mujer. Por entonces yo estudiaba en la facultad de Ciencias Políticas en Ciudad Universitaria, mientras me casaba. Mi plan era perfecto: tendría un marido que me mantendría a mí y a mis dos hijos, una casa, un perro y una camioneta. No sucedió. Luego, llegué a El segundo sexo y descubrí que desde 1949 cuando yo ni siquiera formaba parte de los planes de reproducción de mis padres— que no estaba sola en las dudas sobre mi cuerpo y mi papel en la sociedad. Beauvoir llegaba tan lejos en su ensayo que vislumbraba la brecha de género por algo tan normal como la menstruación. Cada 28 o 30 días, en promedio, los trastornos pre y menstruales atacaban a más del 85% de las féminas, con dolores de vientre, senos, espalda baja y cadera; elevación de la presión arterial; estreñimiento; diarrea; sudoraciones; dolor de cabeza y un largo etcétera, a veces incapacitante.

Para entonces yo estaba reconciliada con mi periodo. No había sorpresas, ni dolor. Podía enfocarme en mis estudios, en mis sueños y nuevos proyectos: vivir sola y viajar. Así fue como descubrí que no sabía hacer nada. Fue terrorífico. Lo único que se me ocurrió hacer fue cerrar los ojos y seguir. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Cambié varios miedos por otros y fui aprendiendo y reaprendiendo cosas.

Mi madre es oriunda de Temoaya, Estado de México, perteneciente a la comunidad otomí. Apenas fue adulta migró a Ciudad de México, donde conoció a mi padre, se casó y me tuvo a mí y a mis dos hermanos. Sin quererlo, conmigo rompió el destino marcado para las indígenas mexiquenses: poca escolaridad y una vida resignada. El día que coincidió mi periodo con mis estudios, ella se negó a que faltara a clases por cólicos menstruales. Pese a mis súplicas y contradiciendo a mi padre, me preparó un té de orégano, me puso una mantita caliente en el vientre y me mandó derechito a la escuela. Mes con mes, se repetía el ritual.

Hablando con mis primas mexiquenses, ya de adultas, varias de ellas me contaron como las aislaban y no les permitían ir a la escuela. Estaban enfermas, les decían. Casi todas renunciaron a los estudios, entre el segundo y tercer ciclo menstrual. Crecieron con mucha vergüenza y viviendo su periodo como algo sucio. Aprendieron a aislarse del mundo —del mundo que te permite elegir—, y dejaron de soñar. Se casaron y se reprodujeron porque era lo que seguía, lo que les tocaba, y hoy, muchas de ellas se parten el lomo trabajando en cosas que odian para sostener a su familia. Y un par de ellas sufren violencia doméstica, pero “ni pensar en dejar a mi marido. Con estos años (45 a 50), quién me va a querer. Y ya déjate tú el cariño, de qué voy a vivir si no tengo ni un peso, ni casa, ni nada, todo es de él”.

En 2019, los Oscar hollywoodenses nos dieron una grata sorpresa al premiar como Mejor Cortometraje Documental la cinta Period. End of Sentence, de la directora Rauka Zehtabchi, que cuenta cómo cambia la vida de las mujeres de una pequeña comunidad rural india, al tener acceso a los productos de higiene menstrual. Las niñas pueden ir a la escuela y las mujeres trabajar. Nadie interrumpe su vida por el periodo. Pueden decidir.

México va a paso lento, sobre todo en las comunidades rurales e indígenas. Sin embargo, en 2021 aprobó una propuesta de ley de Menstruación Digna, para facilitar en las escuelas de educación básica y media superior del país el acceso gratuito a toallas sanitarias, tampones y copas menstruales. Las niñas y las adolescentes ya no tendrán que renunciar a sus estudios por su periodo. Además, en 2022, siguiendo con esta misma línea, se propuso la eliminación del IVA a estos mismos productos de higiene femenina. En 2023, se sigue debatiendo la posibilidad de implementar una ley que garantice a las mujeres permanecer en casa durante su periodo, en caso de ser incapacitante. Mientras se pugna que los hombres que cambian su cuerpo para convertirlo en femenino, sean tratados como mujeres relegándonos a nosotras al calificativo de seres menstruantes (pero esa es otra historia).

Sea como sea, ser menstruante no es sencillo. Quizás la menopausia me traiga mayor claridad.

Reseña de la cinta Period. End of Sentence en FILMPARADIGMA: https://filmparadigma.blogspot.com/2021/01/una-revolucion-en-toda-regla-period-end.html

Por Angélica Ponce