#Mi primera chamba

“Nadie lo mira en aquellos momentos, pero él se comporta
como si alguien lo estuviese contemplando. Es la forma correcta de
proceder. Pórtate como lo harías si estuvieras siempre bajo la mirada
crítica de una persona conocida impresionable pero intrascendente.”

-Toni Morrison, en “Jazz”.

Sin llegar al estruendoso bling bling[1] pero casi, debo confesar que tuve una etapa dorada. Aunque esta fue más cercana a la de Paulina Rubio que a la del hip hop. Acababa de regresar al periodismo luego de una pausa de dos años. Con un ejercicio y escenarios completamente diferentes al ámbito cultural y literario, donde yo me había estrenado como periodista y en el que fluía bastante bien, ahora tocaba cubrir sociales y estilo de vida.

El reto no era menor. Lo descubrí apenas tuve que asistir a mi primer evento socialité y redactar la nota. Había ido a una fiesta a la terraza del Habita de la Condesa. El fotógrafo tenía más claro qué hacer que yo. Parecía cuete tronador: se colaba por todos lados, lanzaba flashazos y recolectaba nombres. Los anfitriones fueron unos lindos. No paraban de sonreír y charlar y, sin embargo, yo no sabía cómo iba a servirme o utilizar toda la información que ahí se vertía. Está de más decir que mi primer texto fue un rotundo fracaso. Los 1500 caracteres que plasmé en una hoja en blanco y que me llevaron alrededor de seis horas, eran intrascendentes y aburridísimos. Una lista para hacer las compras del super era más atractiva que mis dos párrafos de cinco líneas cada uno.

Mi editora arregló el desastre y comenzó a entrenar mi pluma. Al poco tiempo me relajé y descubrí que la banalidad tiene su lado culturoso, artístico, profundo y delicioso. También que los sociales dicen tanto o más como las columnas de negocios y de política. De los viajes y las entrevistas de perfil ya ni hablamos. Las posibilidades y recursos de escritura, más los temas que pueden desprenderse son interminables. Y el glamour ¡qué cosa!

Más allá de las marcas de lujo había que fijarse en la calidad, los materiales y las hechuras. Si bien las tendencias son importantes, nunca hay que desprenderse de los clásicos. Son básicos en cualquier guardarropa. Siempre lo salvan a uno, así como un buen bolso. Esto último se lo aprendí a Viviana Corcuera.

Resulta ser que fui a su casa para platicar del Bazar Vintage que organiza cada año en beneficio del Museo de Arte Popular, junto con otras socialités mexicanas. Ella es de origen argentino. Hablamos de muchas cosas: de su llegada a México, del pádel, del MAP, de sus básicos para el vestir… y fue que surgieron los bolsos y los accesorios. Yo que me estaba estrenando en esas áreas, entendí que necesitaba un buen bolso para mis coberturas de eventos. Mis morrales de manta y otros tejidos, así como las mochilas, los usaría solo para ir a la redacción y salir los fines de semana. Me puse a ahorrar varias quincenas.

Tenía poco de haberme comprado un celular. Su carcasa era dorada. Lo quería rosa o violeta, pero estaban agotados y ni el verde ni el gris me gustaban.

Cuando por fin tocó el turno al bolso, me tardé otro par de semanas en decidirme cuál comprar. No es fácil escoger uno y yo era nueva en el shopping del glamour. Quería algo discreto y terminé comprando un bolso dorado que iba perfecto con mi celular y mi harto conocida vestimenta negra. Mi propósito de usarlo solo en eventos pronto lo dejé de lado. Amaba mi bolso e iba de arriba para abajo con él en el transporte público.

Una noche regresaba a casa harta del trabajo y con un pésimo humor. Caminé por una de las calles más solitarias de la colonia. No quería ver a nadie. Traía audífonos, cosa que normalmente no hago porque soy muy distraída y elevo las posibilidades de chocar con objetos inmóviles.

Mientras revisaba el celular y rumiaba, una alargada figura iba a mi encuentro. Apenas mirando de reojo, calculé el movimiento para no estrellarme contra ella. Decidí que era más importante leer mis mensajes que hacerme a un lado. De pronto, la sombra se detuvo frente a mí y yo tuve que parar. Me moví a la izquierda y el joven de unos 16 o 18 años de edad, hacía lo mismo bloqueando mi paso. Yo por entonces tenía alrededor de 24 pero ese día, particularmente parecía teenager. Estaba más que enojada, así que le pedí que se moviera. Él balbuceó no sé qué y yo, sin entender, me quité uno de los audífonos y le pregunté qué quería. Desconcertado me dijo que mirara hacia abajo. Me emputé, pensé que era un maldito exhibicionista. Pero no. Volví a mirarlo al rostro y con una seña insistió en que bajara la vista. Lo hice. Entonces lo vi, en su bolsillo traía algo con lo que me apuntaba. Ante mi desesperación y enojo creciente, el chico solo atinó a pedirme el celular, señalando primero mi teléfono y luego mi panza con el objeto. Volví a mirarlo a los ojos con más fastidio y dije: “estás pendejo”. Me puse el audífono otra vez, bajé de la banqueta y seguí mi camino sin voltear. Solo recuerdo que pensé: “qué imbécil escuincle, mi bolso vale más que el pinche teléfono”. Llegué a casa. Creo que fui su primera chamba.

Por Angélica Ponce


[1] Bling bling – movimiento fashonista relacionado con el hip hop y el rap, caracterizado por el uso excesivo o evidente de joyas, principalmente de oro, plata y/o diamantes. El bling bling hace alusión al sonido metálico del brillo.