
Una infancia trunca
con malos sueños,
donde perecen ilusiones
y deambulan almas.
Me cuentan que mi madre me amamantaba,
pero, era mi abuela quien me acunaba,
quien dejaba los espejos
y las tijeras abiertas bajo la almohada.
Era ente que devoraba pesadillas,
del mal dormir se alimentaba.
Aprendió a cazar guajolotes
y a extinguir el fuego de sus panzas.
Con historias de quien me maternaba,
Tejí y destejí mi destino;
trencé mi cabello, me hice un cintillo
y me amarré el ombligo.
En sucesión de días y noches,
fui envuelta en un enredo de lana,
que jugaba a ser faldón
y otras veces manta.
Con la madre de mi madre,
entre líneas verdes, amarillas y anaranjadas,
probé el néctar de los dioses,
y recé con voz pagana.
Vuelta gentil por un cincuate
o sorda serpiente mexicana,
que robó la leche de mi madre,
mientras su cascabel me daba.
Escamoso ser reptante,
mimetizado en milpas y guajes,
entre parturientas se encuentra
para ovar en sus enaguas.
Con hipnotizante siseo,
prensada de las tetas,
la culebra de cien cabezas
desafía a las nanas.
Mi abuela era matrona de tierra ñhäñhu,
con olor herbal y piel de vaina de vainilla.
Cortaba cabezas de ofidios,
repitiendo cantos y hechizos.
Arrullos aprendidos
por generaciones de madres,
mi abuela cuidó del barro
con el que se confeccionaban los niños.
Por Angélica Ponce